Historias de los Padres Verdaderos para Niños (3)

Un niño muy especial

Era ya tarde por la noche cuando la señora Kyung Kye Kim estaba aún muy atareada confeccionando una nueva camisa para su hijo. Ese era el momento más tranquilo del día. Los niños estaban durmiendo y así podía adelantar muchas de las cosas que tenía que hacer. Siempre estaba muy ocupada durante todo el día con la cocina, limpieza, lavado de ropa, costura; en fin, todos los deberes de una ama de casa y madre de una familia numerosa. No paraba de trabajar, incluso hasta que se le hinchaban las piernas de estar de pie todo el día. Aún así, siempre encontraba más cosas para hacer, que se acumulaban de un día para otro. La mayoría de las tareas tenía que hacerlas con los niños pequeños alrededor, que le tiraban de la falda para reclamarle su atención, o para pedirle de comer o beber. Siempre hacían travesuras, como cuando se acercaban demasiado al fuego obligándola a correr para rescatarlos. Bueno, había veces que pensaba que se iba a volver loca.

Por la noche, cuando solo había silencio a su alrededor, era el único momento en el que podía respirar tranquila y pensar en sus cosas. Se había preparado una taza de té de cebada caliente, pero cosía con tanta rapidez y sin interrupción que el té al final se enfriaba a su lado. La camisa era para su hijo Sun Myung. A sus espaldas, el chico había dado su camisa a otro niño que la necesitaba. Así que no tenía más remedio que hacerle otra. Aquel era un hábito ante el cual ella era impotente. Sabía de quién lo había heredado. Su marido siempre atendía a cada mendigo que se acercaba a la puerta.

El abuelo había hecho siempre lo mismo. Un mendigo era como algo sagrado para ellos. Le ofrecían la mejor comida que tenían. A veces, su marido incluso le gritaba a ella para que se apresurara a servir a los mendigos.

Había ocasiones en las cuales preparaba algo especial para su familia con mucho esmero y con la esperanza que les gustara mucho. Entonces, Sun Myung tomaba su parte y se la daba a otros. Solía dar las cosas a otros niños que pasaban necesidades. Cuando le preguntaba por qué lo había hecho, él le respondía — ¿No es bueno dar comida a quién la necesita? — Entonces, no podía decirle nada.

¡De tal palo tal astilla! Podía comprender que diera su comida, pero, ¿tenía que dar también su ropa? Aún así, ¿qué podía decirle? Siempre tenía una buena respuesta preparada que ella no podía rebatir. Había consultado con el abuelo acerca de esta costumbre de su hijo de darlo todo, pero él le había dicho que lo dejara dar lo que quisiera, pues quizás en el futuro sería un gran hombre. Así que, por ese lado, no consiguió apoyo. Se enderezó y movió su cuello, pues le dolía por estar agachada tanto rato para ver bien la costura que estaba haciendo a la luz de un pequeño candil. Entonces, apareció una dulce sonrisa en sus labios.

— ¡Qué hijo tan especial tengo! — susurró para sí misma. No era igual que sus hermanos ni que ninguno de los niños del pueblo. Siempre tenía algo que decir. Cada día le contaba algo interesante. Aunque estuviera muy cansada, le escuchaba atentamente, pues sus historias le fascinaban. A ella le gustaba conocerlo todo, así que, cuando le contaba algo, le preguntaba — ¿Qué ocurrió entonces? ¿Y luego qué pasó? — Su hijo ya era famoso en todo el pueblo, pues había hecho muchas cosas especiales.

Una vez le contó que, sin haberlo visto, predijo que alguien venía por el camino y resultó cierto. Siempre era el primero en llegar a la escuela, aunque tenía que andar varios kilómetros para llegar allí. Sabía cuando iba a llover y conocía las costumbres y peculiaridades de todas las clases de pájaros y animales que vivían en los alrededores. Predecía también si a una pareja de novios les iba a ir bien o mal. Como siempre acertaba, la gente venía a consultarle antes de comprometerse en matrimonio.

Si, era un chico fuera de lo normal. A veces, después de un día de duro trabajo. Sun Myung se fijaba en sus hinchadas piernas y la miraba con un corazón lleno de tanta compasión y amor, que ella sentía deseos de reclinar su cabeza en su pecho buscando consuelo. Se inclinó sobre la costura de nuevo y siguió con su trabajo. Algo que le preocupaba eran las peleas. Siempre se enfrentaba a los niños mayores que él, cuando estos maltrataban a los niños más pequeños. Ella temía que le hicieran daño y aunque trataba de impedirle que saliera de casa, no podía retenerlo. Pero al final siempre vencía, y ella se maravillaba de que nunca le pasara nada.

La gente del pueblo decía que si él seguía el camino del bien, podría ser un rey, y si seguía un camino malo podría ser el peor de los criminales. Si, ¡Sun Myung Moon era realmente un problema! Sin embargo, lo amaba como ninguna madre amaba a su hijo. Siempre estaba pendiente de él, de cada cosa que decía o hacía. Para ella, era lo más guapo del mundo, incluidas las pecas de su cara. Sus ojos, siempre llenos de amor y simpatía, eran la luz que iluminaba su vida. Cuando estaba exhausta y tremendamente cansada, a punto de decirle a todos que se apañaran como puedan y la dejaran en paz, Sun Myung Moon le decía o hacía algo para animarla, o simplemente al ver su actitud de dar y preocuparse siempre de los demás, la consolaba y le daba fuerza para seguir adelante. Una vez, su hijo había estado llorando durante tres días cuando se enteró que un niño se había suicidado. Ella pensaba que alguien que se preocupaba tanto por los demás tendría que llegar a ser una persona muy buena. Pero, ¿por qué tenía que dar siempre su ropa a los demás?

Se afanaba en la costura aunque tenía los ojos muy cansados. Cada puntada la hacía con mucho amor y cuidado. Tenía la esperanza que quizás esta vez, Sun Myung se quedara con la camisa para él. Pero… sabía que volvería a dársela a alguien. Aunque esta costumbre de Abonim de dar todas las cosas a los demás, hacia trabajar más a su madre, ella tenía un amor muy profundo por este hijo suyo tan especial.

Nunca olviden Dabury! Pidió nuestro Padre Verdadero

Fuente

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