Como la Luna y el Sol

Escribe desde Argentina:

Ricardo Gómez

Con mi madre espiritual, Mónica, en Tucumán, Argentina

Todo comenzó una fría tarde de abril del año 1983. Nunca supe bien por qué, pero allí estaba yo, sentado en la costanera mirando el mar. El viento frío hacía que casi nadie estuviera en ese sitio, y me hacía preguntarme qué era lo que yo hacía precisamente en ese lugar. Esta parte del relato es propicia para insertar la idea de que seguramente yo estaba allí presa de profundos pensamientos y análisis existenciales, pero no. Aunque no recuerdo qué era lo que estaba pensando en ese preciso instante, seguramente no tenía nada que ver con cuestiones providenciales. El hecho es que estaba allí, y que mi soledad duró poco.

A los pocos minutos de estar allí frente al mar noto que una señorita se sienta a mi lado. A mi derecha, para ser precisos. Me pareció extraño, así que esperé a ver qué pasaba. Este también sería un buen momento para insertar la idea de que era común que las chicas se sentaran a mi lado, pero no. A los pocos segundos de haberse sentado la señorita me preguntó sin más:

­—¿Cómo te llamas?

Haciendo uso de mi proverbial y conocida elocuencia le contesté:

—Ricardo.

La joven no pareció inmutarse ante mi apatía, y continuó indagando haciendo oídos sordos a mi natural desconfianza.

—¿Cuántos años tenés?

—20

—¿Vivís aca?

Ese fue el instante en que decidí que las preguntas ya eran muchas, así que hice algo políticamente incorrecto, contestar una pregunta con otra.

—Pará. ¿Vos quién sos?

La joven se presentó como Mónica. Me dijo que quería invitarme a escuchar unas conferencias. Me preguntó si creía en Dios y cosas por el estilo. Le conté que mi posición ante esos asuntos era cercana al agnosticismo. Le conté que tenía muchas dudas al respecto, y le hice preguntas sobre Dios tan elementales y evidentes que hoy me avergüenzo de haberlas hecho. Me propuso contestar todas esas preguntas, con lo cual consiguió sacar a luz una sonrisa irónica en mi cara. Decidí acompañarla. Si lo tuviera que hacer hoy no estoy seguro que accedería tan fácilmente a seguir a una desconocida, pero ese día se habían conjugado muchos factores diversos. El ballet cósmico en movimiento, diría alguno. Así que la seguí, preso de una curiosidad que no cabía en mi cuerpo.

Fuimos al lugar donde vivían los hermanos en ese momento. Se trataba de un departamento muy céntrico de la ciudad de Mar del Plata. Era un quinto piso. Entramos y fuimos directamente al cuarto. Todavía me asombro de la confianza que le tuve. El cuarto era de dimensiones muy escasas. Posteriormente me enteraría que ese era el cuarto de oración. Un pizarrón, una silla y una ventana hacia la parte interna del edificio. Ni bien me senté, Mónica empezó con la introducción. Confieso que fui con la intención de rebatir cada palabra que saliera de su boca. Pero no pude. Cada posible pregunta que iba formulando me era respondida sin que tuviera la posibilidad de expresarla. No recuerdo cuántas conferencias ví ese día, pero seguramente hasta los Principios de la Creación. Todas las dudas que siempre me habían atormentado eran derretidas como hielo al sol. Tan impresionado había estado por el caudal de información que no había notado la imagen que colgaba de una de las paredes. Era un cuadro pequeño. Desde esa imagen un oriental me observaba atentamente. El primer día pregunté quién era, y Mónica me dijo que era quien había enseñado las conferencias por primera vez.

Seguí asistiendo cada fin de semana hasta que, finalmente, llegó el gran día. Yo no lo sabía, pero ese día que tenía que escuchar la conclusión estaban todos allí. Para entonces ya era mi tercera visita, así que nos conocíamos bastante. Por entonces no solo asistíamos a las conferencias, sino que pasábamos gran parte del día allí charlando. Así que pasé al cuarto a escuchar la conclusión. Mónica nunca fue diplomática, al menos conmigo. Cuando llegó a la parte final no lo hizo diciendo el acostumbrado: “Para esta fecha estaba todo preparado para que el Mesías naciera” Ella fue más allá. Simplemente me dijo que el Mesías ya había nacido en Corea en el año 1920. Con mi natural poder de asociación le pregunté dónde había nacido el oriental del cuadro. Ella contestó: “En Corea, en 1920” Nunca más tuve ninguna duda al respecto.

Quedé en estado catatónico, no podía creer lo que estaba viviendo. Volví a mirar el cuadro. El Padre me seguía observando. No olvidaré nunca esa imagen ni su mirada. En ese preciso instante se fue creando un lazo invisible ente él y yo. Como le ha pasado a todos en algún momento de su vida de fe, hay un momento preciso, un instante único en el que uno se enlazó con el Padre para siempre. Ese fue mi instante. A partir de allí la relación se iría haciendo más y más profunda con el paso del tiempo. Luego vendrían los seminarios, la profundización de la ideología. Pero ese primer instante de epifanía permanece guardado como un tesoro. Mi vida de fe no resultaría lineal ni mucho menos, pero aun así, nunca pude olvidar ese instante en mi vida. Ese momento en que observé por primera vez esa cara redonda como una Luna, y ese brillo como un Sol saliendo de los ojos del Padre.

Rev. Sun Myung Moon
Mónica, yo, el Rev Field y esposa, mi mamá y mi papá en Lobos, Argentina
Anuncios

One thought on “Como la Luna y el Sol

  1. Se me hace la piel de gallina… será porque he pasado por un proceso similar yo tambien… entonces SOMOS HERMANOS!!! Finalmente te encontré gracias a Dios y a los Padres Verdaderos! Un fuerte abrazo, Gregorio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s