Aun no recuerdo su nombre

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

Probablemente usted haya tenido que leer alguno de mis artículos anteriores, de ser así, se habrá anoticiado que en mi juventud viví algunos años en Sierra de los Padres. Ya he contado numerosas experiencias en ese hábitat tan generoso para las aventuras. Como he dicho, los perros siempre fueron una compañía valiosa en esos días calurosos sin colegio. Compañeros inigualables a la hora de pasar las tardes, los perros fueron oportunos sustitutos de mis primos, sobre todo en esas temporadas en las que, por diversos motivos, no podían venir a veranear.

Hubo uno de esos compañeros con el cual prácticamente no pude tener ninguna experiencia para recordar. Ahora que quisiera nombrarlo no me sale su nombre, ya que no tuvimos el tiempo suficiente para que se me grabe. Por esas cosas de la vida los posibles juegos quedaron en sala de espera. No pudo ser. Era chiquito, con mucho pelo y llamativamente lindo. Hasta entonces todos los canes que había tenido habían sido “marca perro”, sin muchas más pretensiones que saber ladrar y traer algún que otro palo tirado a lo lejos. Pero este parecía ser de otra alcurnia. Nunca pregunté de dónde lo habían sacado. Esas cuestiones a la edad de ocho años son irrelevantes, carecen de importancia. El perro estaba allí, y eso era más que suficiente.

Recuerdo que, a pesar de vivir en pleno campo, nuestros perros nunca entraron a la casa. Distinto es ahora, que mientras escribo estas líneas observo a nuestro perro durmiendo placidamente en el sillón, más cómodo que muchos civiles. Lo cierto es que por entonces mi madre no permitía que los perros ingresaran a la casa, por tal razón, todos tuvieron una cucha a unos diez metros del domicilio. Incluso este, aunque chiquito, también se vio obligado al exilio. Por las noches se lo escuchaba llorar, aunque solo por un rato, luego, al darse cuenta que la compasión no estaba dentro del listado de nuestras virtudes, se dormía. Antes de eso, se podía oír el ruido de la cadena mientras el can daba vueltas alrededor de su casa durante algún tiempo.

Ese día volví del colegio como de costumbre. El trayecto desde el establecimiento educativo a mi casa lo transitaba a pie, razón por la cual llegaba casi arrastrándome. Lo usual era revolear los útiles en algún rincón y salir afuera mientras mi mamá ponía la mesa para almorzar. Detrás de los libros, cuadernos y cartuchera volaba el guardapolvo, y, si la temperatura lo permitía, salía afuera con el torso desnudo. Ese día, si mal no recuerdo, hacía bastante calor, así que, casi seguro, salí en cueros a la búsqueda de mi perro. Soltarlo era para mi un momento precioso, ya que me sentía un poco el héroe de la película. Los perros suelen ser muy agradecidos per se, pero mucho más cuando se los libera de las cadenas que los oprimen y no les permiten ser libres. Así que, a eso fui, a desatarlo de la opresión para empezar nuestro día de aventuras. Lo que nunca pude calcular, quizás por la temprana edad que ostentaba, era que algunas cosas no se pueden prever. A veces la vida tiene otros planes, muy diferentes a los nuestros.

A pocos metros de llegar noté que algo no estaba bien. El silencio era poco frecuente a esa hora. Más aun cuando el animalito sabía que sería liberado. Poco a poco recorrí el camino que me separaba de mi amigo, aunque al notar que no se escuchaba el acostumbrado ruido a cadenas me preocupé. Fui modificando mi trayectoria hacia la izquierda, estirando el cuello cosa de poder ampliar mi rango visual, y allí lo ví. El pobre perro, tan inquieto que era, siempre se subía al techo de su cucha para verme ir al colegio. Ese día seguramente se había resbalado, con tanta mala fortuna que quedó colgando del otro lado de su casa sin poder hacer pie. Mi papá no había calculado esa posibilidad al atarle la cadena, así que el pobre perro quedó colgando allí, mirando hacia el camino por donde yo me iba cada mañana al colegio. Frente a tan dantesco espectáculo solo pude quedarme allí de pie, como observando el Péndulo de Foucault. Posiblemente haya sido esa mi primera aproximación a la muerte, a ver un ser querido sin ese halo de vida que lo nutre. Seguramente fui corriendo a mi casa a buscar a mis padres con la esperanza, más bien la certeza, de que ellos podrían solucionar el problema. Sin dudas ellos podrían arreglarlo. Esa sería mi segunda gran decepción.

No recuerdo su nombre, solo sé que estuvo unos pocos días en casa. Su desaparición se solucionó con otro perro que lo reemplazó, como casi siempre solucionamos las cosas: emparchando. Sin embargo, a pesar del poco tiempo que vivimos juntos, nos tocó a ambos experimentar sentimientos muy fuertes, inolvidables. Lo único que aun no recuerdo es su nombre.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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2 thoughts on “Aun no recuerdo su nombre

  1. ¡Qué bello recuerdo!. A los amantes perrunos desde la infancia nos has llegado al alma. Y la foto de las manos es preciosa… Gracias por compartir esta parte de tu pasado.

  2. sabes que antes de tener a mi perro Ringo y actualmente a Meica, jamas habia reparado en lo hermoso y especiales que son estos seres, y a partir de aqui es que no puedo dejar de crear vinculos con los animales, son seres maravillosos, no solos los perros, tengo a mi Telenke Yenú ( pequeño amigo) en tehuelche, un canario con mucho caracter, y si hay algo que aprendo de ellos a diario, es a respetarlos, valores que no todos los seres humanos podemos trasmitir a pesar de ser “superiores”.

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