Instructivo, ¿Cómo lavar los platos?

Escribe desde Argentina: Ricardo Gómez

Es muy probable que usted, mi querido lector, algún día no pueda seguir huyendo a la hora de hacerse cargo de los desperdicios resultantes de una buena comida. A tal efecto, y para que no tenga que pasar un momento desagradable, deberá tener en cuenta unas simples técnicas para no parecer un antropopiteco contorsionista suelto en la cocina. Si usted es del género masculino, viejos esquivadores de esa zona específica de la casa, deberá prestar mucha atención a estos sanos y útiles consejos, y quizás le ofrezcan un café una vez finalizada la jabonosa tarea.

Deberá elegir un día apropiado para desarrollar tamaña empresa. Dicha ocasión será memorable, se comentará a sus futuras generaciones, quienes escucharán absortos sin saber a ciencia cierta si los comentarios son producto de la realidad o de la excesiva ingesta de alcohol etílico. Si, en efecto, se hará el canchero frente a los suyos, elija un día en el que los comensales sean pocos. Ni siquiera se le ocurra pretender lavar los trastos un 25 de diciembre a la noche, ya que usted solo quiere demostrar sus habilidades, no llegar a la beatificación.

El primer paso será juntar todos los utensilios utilizados en el descuartizamiento de la víctima, digámosle por caso: el pollo con papas. Esta tarea, el descuartizamiento, fruto de miles de años de evolución, le demostrará que a la hora de engullir los alimentos poco nos distanciamos de un velociraptor hambriento. Notará, no sin asombro, que casi ningún accesorio utilizado habrá escapado al tuco, aunque el adminículo en cuestión no tenga relación directa con el acto de llevar el bolo alimenticio a la boca. Encontrará restos de la salsa en las servilletas, vasos, manteles, sillas, floreros, cuadros y cuanta cosa haya estado cerca de la actividad de manducar propiamente dicha.

Una vez individualizados y organizados los elementos a limpiar, trate de ubicarlos de forma tal que queden cerca del lavadero de la cocina. Notará que en esa pequeña habitación, donde tantas horas al día pasa la mujer de la casa, hay una especie de tacho de acero que sale de la pared en forma tal que resulta en un ángulo de 90° en relación con la pared. Por lo general, este asunto está a una altura conveniente para realizar la tarea que a usted le tiene allí parado. Verá salir hacia el cielo y luego volver hacia abajo una especie de caño de entre los dos tachos de acero, a eso se le denomina canilla. Aunque usted no lo crea, con solo abrir hacia la izquierda la parte superior del adminículo brotará un líquido inodoro e incoloro al que la mayoría de los mortales denomina agua. La misma viene en dos presentaciones: caliente y fría. Este instructivo no podrá decirle de qué forma podrá usted optar por alguna de esas opciones habida cuenta la enorme variedad de canillas existentes en el mercado. Deberá tener en cuenta que el color rojo se relaciona con el calor, mientras que el azul con el frío. Use, aunque más no sea una vez en su vida, su poder de raciocinio.

La forma más ortodoxa de comenzar es lavar los vasos en primer lugar. Para ello deberá localizar el detergente. Como imaginará, no le explicaremos aquí los intrincados vericuetos bioquímicos mediante el cual el detergente logra su objetivo de quitar la mugre, ese es un tema mucho muy complicado para explicárselo a usted, que no sabe lavar un vaso. Por lo tanto, solo coloque agua caliente en algún recipiente de forma cóncava y agréguele el detergente. Notará que al entrar el agua en contacto con el producto se produce algo llamado espuma. No se asuste, no mata. No es “La Mancha Voraz”, no le hará daño, confíe en nosotros. Proceda, entonces, a introducir los vasos de a uno para que tomen contacto con el agua enjabonada. Algunas féminas suelen usar guantes de goma para protegerse las manos. Desaconsejamos esta costumbre para evitar cargadas molestas de por vida.

Utilice para este fin un artículo que posee varios nombres comerciales, pero que básicamente es una esponja con un lado suave y otro más duro. Por lo general, el lado suave es de color amarillo, mientras que el lado duro es verde. Para los vasos utilice el color amarillo. Si hubiere en las cercanías de la cocina algún pato trate de fijarse bien lo que hace, percátese de estar usando el amarillo correcto. Una vez realizada esta simple tarea proceda a enjuagar los vasos. El propósito de esto es quitarles el jabón que, se supone, ha quedado impregnado a los mismos. Una vez retirada el agua enjabonada, busque un sitio en donde los vasos puedan escurrir todo el líquido excedente. Trate de que ese sitio esté cerca suyo. Es sabido por todos que en la Cordillera de Los Andes corre un viento que resultaría propicio para secar los vasos, pero también es cierto que la lejanía del sitio nombrado afectaría el correcto desenlace de este trabajo.

El paso siguiente son los cubiertos. Trate a estos artículos con suma paciencia y cuidado, ya que la mayor parte de estos adminículos cortan y lastiman todo aquello que tenga ciertas características de pulposidad, como su mano, por ejemplo. Dicho esto, arroje los cubiertos de lleno en el mismo recipiente con agua enjabonada que usó para lavar los vasos para que la porquería se vaya despegando. Para eliminar alguna cochambre más persistente que otra deberá utilizar una especie de bollo de lana, pero fabricado con viruta de acero. Este asunto es adecuado para la extracción de pringue que pudiere aferrarse a los cubiertos de forma más pertinaz. Recuerde siempre realizar esta labor con cuidado, no se corte alguna extremidad en el afán de superarse. Repita el proceso de enjuague con los cubiertos como hiciera oportunamente con los vasos.

Para esta altura el agua estará llena de residuos y porquerías incontables. Deshágase de ese líquido maloliente lo más rápido posible antes de que mute de formas que usted no comprendería. Proceda a renovar el agua jabonosa a fin de seguir adelante con la limpieza de los artículos restantes. Continúe con los platos. Al llegar a este punto trate de cerciorarse al tirar los restos de ave muerta a los residuos que no vaya con la misma algún diente, anillo, o pertenencia que pudiera haber caído de las manos o las bocas de los comensales presos del frenesí de manducar. Pregúnteles a los más ancianos si cuentan con la dentadura completa y cosas por el estilo. Una vez desechados los residuos será tarde para los lamentos.

Y continúe así hasta haber completado su inusual tarea. Seguramente a esa altura el resto de su familia seguirá mirándolo con los ojos desorbitados, sin poder creer aun que usted haya hecho lo que suponemos ha hecho. Evalúe los daños. Si su intrusión en la cocina ha producido más del 40% de daños colaterales será cuestión de que analice seriamente la posibilidad de no volver nunca más a tratar de encarar una tarea tan complicada como es lavar los platos.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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