Adiós a Darwin. Parte I

Alberto Sáenz Enríquez

albertosaenz84@hotmail.com

Se concluye ya el año que se ha dedicado a conmemorar el 200 aniversario del natalicio de Charles Darwin y el 150 de la publicación de la obra fundamental de su teoría evolutiva: “El origen de las especies”.

Charles Darwin fue un científico honesto y un ejemplar investigador. Sus teorías las propuso como tales y no como hechos incontrovertibles que ni en su tiempo, ni hoy día, se han podido demostrar, ni se demostrarán nunca.

Él no tuvo la menor responsabilidad en la conducta de sus seguidores, como Ernst Haeckel, quien llegó a alterar imágenes de embriones humanos para ilustrar su teoría filo-ontogenética, que sostenía que el desarrollo embrionario recapitulaba la historia evolutiva de los organismos.

O en la de Dawson, que llegó a ensamblar un cráneo humano a una mandíbula de simio, adosando al ensamblaje sulfuros y sales potásicas para aparentar antigüedad, con lo cual engañó a legos y expertos por cerca de medio siglo.

Darwin tampoco fue culpable de los insultos que Richard Dawkins profirió contra los no-evolucionistas; ni del extravío, voluntario o no, de los supuestos originales de vaciados en yeso del “sinantropos pekinensis” de Davidson Black; ni del fraude del “pithecantropos erectus”, en que Dubois adosó la calota de un orangután a una tibia humana a 20 metros de distancia y en cuyo yacimiento se encontraron restos absolutamente humanos, ocultando el hecho hasta poco antes de su muerte.

Tampoco es responsable de la obstinación de sus seguidores actuales, que niegan validez a los descubrimientos en biología molecular que demuelen sus argumentos; o de los enfrentamientos entre Johanson y Leaky sobre las pretensiones de cada uno de que sus fósiles son los legítimos ancestros del “homo sapiens”. Tanto el “zinjántropo” del segundo (como “Lucy”), como los otros restos del primero, no han sido sino 100 por ciento de monos.

A Darwin debe recordársele, no por ser el autor de una teoría caduca en Biología, como lo son el geocentrismo en Astronomía, el éter en Física o el flogisto en Química, sino por su honestidad y su acucioso sentido de la observación, por errados caminos a los que lo llevaron estas sanas directrices.

Las primeras observaciones del gran naturista se centraron en los abedules londinenses, que al ennegrecerse por el humo de las fábricas, cambiaron el color de las mariposas que se posaban en ellos. Cuando Darwin era un niño y no abundaban esas factorías, las mariposas marrón dominaban en dichos parajes, mas en su edad adulta, éstas parecieron desaparecer y las negras dominaron.

La existencia actual de las mismas mariposas en sus diferentes variedades de color dan cuenta de que esto no era ninguna evolución, sino que permanecían las variedades más oscuras, porque las más claras se hacían visibles a los pájaros, ya que los troncos eran ennegrecidos por el hollín fabril.

Darwin observaba también cómo los granjeros solían producir especímenes de cerdos cada vez más gordos, apareando por generaciones a los más robustos; y ovejas cada vez más lanadas, aislando para su apareamiento a las que tenían esa característica.

Todos conocemos la gran variedad que hay de perros, gatos, caballos y razas humanas y cómo se acentúan los rasgos por generaciones, aislando a las que tienen características semejantes, hasta alcanzar el límite de sus vectores hereditarios.

A esto los genetistas, a partir de las leyes hereditarias descubiertas por Gregor Mendel, le llamaron el “gene pool”, pila genética, es decir, el caudal hereditario que sólo llega a hacerse manifiesto al agotarse las variedades implícitas en cada especie, por el repetido aumento de genes recesivos, por generaciones sucesivas o en otras tantas por hibridaciones ya naturales o controladas.

Darwin no conoció nada sobre leyes de la herencia y no supo sobre la irradiación del caudal genético de cada especie, por lo que extrapoló sus observaciones hacia una evolución que implicaba la transformación de una especie en otra.

A él le pareció muy razonable –y a sus seguidores hasta la fecha también– que si un lobo puede diversificarse a través del tiempo desde un San Bernardo hasta un Chihuahua, del mismo modo un pez podría transformarse en batracio, éste en reptil, y posteriormente sería un ave o un mamífero; de igual manera un simio podría convertirse en un ser humano.

Pero Darwin no alcanzó a comprender –y aún hoy los mismos darwinistas no comprenden– el abismo que existe entre la irradiación del caudal genético de cada especie y el salto de una especie a otra; cuestión que ningún genetista de ayer u hoy tienen elementos para explicar (Continúa en “Adiós a Darwin. Parte II).

Visto en:


Yo Influyo

Anuncios

2 thoughts on “Adiós a Darwin. Parte I

  1. ¡Excelente artículo! Muy bueno para contrarrestar el pensamiento generalizado de la veracidad sobre la “Teoría de las evolución” de Darwin. ¡FELICITACIONES!
    Muchas gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s