El Quiebre del Ego

Cualquiera que trate de avanzar en un camino de crecimiento descubrirá tarde o temprano que el gran impedimento a su trabajo no se encuentra en los otros, sino en sí mismo. Descubrirá que sus tendencias espirituales y las inclinaciones de su ego no están en armonía, sino que son divergentes. El ego busca lo transitorio, manteniéndonos polarizados en el mundo temporal, a pesar de que teórica o prácticamente estemos trabajando en alguna línea de crecimiento personal. Una y otra vez experimentamos la incapacidad de nuestro ego para someterse a la guía del maestro interior, del Yo Superior, para actuar revelando lo trascendente y no lo personal perecedero. El ego vive en y para lo temporal, mientras el núcleo que origina y sostiene nuestra vida – la chispa divina, el Yo Superior – permanece en lo intemporal y eterno, que es lo que quisiéramos alcanzar.

De ahí la dificultad de conciliar ambas posiciones, lo que produce la gran inquietud y aun las angustias más profundas que pueda experimentar el hombre que busca expandir su consciencia. Para «ser» en lo eterno, debe morir conscientemente en lo temporal. Su ego debe perecer. La conquista del punto de vista del Yo Superior, la polarización paulatina en nuestro núcleo superior de origen como resultado de la «domesticación» creciente del ego, es la meta e inspiración de todos los caminos de crecimiento.

Quienes se esfuerzan en crecer, saben de las dificultades que hay para mantenerse conectados con su propósito de avanzar, para desechar lo que atenta en su contra o que es inútil en su camino, para estar disponible permanentemente a las necesidades espirituales propias y de quienes nos rodean, para reconocer la presencia de lo trascendente en sus múltiples manifestaciones, para estar atentos a la tarea que nuestro desarrollo nos demande en el momento presente. Debido a las distracciones del ego, el Yo Superior no puede manifestarse a través nuestro. Cuando el ego no ha sido dominado, todo anhelo, buenos propósitos, firmes convicciones y acciones son nada más que un permanecer dormidos mientras actuamos. Por eso decimos – junto a todos aquellos que a lo largo de la historia lo han logrado – que hay solamente un camino mediante el cual el hombre se puede capacitar para ser útil a la tarea evolutiva: el sometimiento del ego. Esto es a lo que se refiere San Pablo cuando nos dice: «Aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior, no obstante, se renueva de día en día» (2 a Corintios 4:16).

Egoismo
Podríamos decir que el Yo Superior se «reviste», en un período dado, de nuestras características temporales o externas – intelecto, emociones, cuerpo físico – las que tenemos como tarea pulir y purificar para servir de medio de expresión adecuado al Yo Superior. Esa encarnación temporal del Yo Superior es nuestra vida, de la que podemos hacer un cristalino lente o permanecer como un basto ladrillo.

El trabajo para someter al ego, y llegar a ser capaces de manifestar la divinidad sin distorsión, se realiza a través del fortalecimiento de la voluntad, comenzando por la observación de sí. El antiguo adagio: «conócete a ti mismo y conocerás a Dios» no es una metáfora. La observación creciente de nosotros mismos no sólo nos permite conocernos, saber con qué contamos, qué nos pertenece por naturaleza y qué hemos adquirido por otras vías (defensa, imitación, etc.), sino que crea y fortalece la voluntad, y la voluntad es el vínculo que puede establecer el contacto, polarizar el yo hacia el Yo, realizar lo que se ha discernido como propicio al crecimiento. Pero no debemos olvidar nunca que el ego no renuncia espontáneamente, debe ser dominado por la voluntad.

Habitualmente somos mucho más conscientes de las necesidades y requerimientos del ego y su cuerpo, que de las del Yo. Cuando crecemos, el anhelo por el Yo Superior es también creciente, pues las expansiones de consciencia apuntan hacia una verdad apenas intuida o susurrada con el temor de que no sea cierta: que yo soy El, o que Tú eres Eso, que el Yo Superior en verdad soy yo, mi Yo real, y que todo el trabajo de crecer es tomar consciencia de ello. En los comienzos de la búsqueda, el Yo Superior es una deidad trascendente, lejana, inalcanzable, a quien se piden favores, pero a medida que el ego va quedando atrás, y que se realiza la transmutación, se comienza a presentir como posible el que podamos llegar hasta Él hasta fundirnos con Él. Algún día esto será una certeza.

Para que la acción del Yo Superior se realice, debemos ponernos al alcance de su elevada posición. Esto es lo que hacemos mediante el entrenamiento de la voluntad. A través de la lucha constante por permanecer despiertos, por observarnos, por ser los amos de nuestros aspectos temporales y no sus esclavos, por ir superando las emociones negativas y todo el condicionamiento automático, se va creando una persona unificada, que actúa bajo el comando de una sola voluntad y no de un sinfín de subpersonalidades. Esta voluntad unificada es el compendio de la persona, de todo su aspecto temporal – que es lo que conoce – concentrado en un yo, y este yo es el que puede ser ofrecido a la voluntad del Yo Superior. La esencia de mi ser temporal se ofrenda a mi Ser eterno. Esta es la gran renuncia, la inmolación del ego, la aniquilación personal, el exterminio de la máscara. Hay que trabajar muy duro para convertirse en una persona unificada, individuada, para contraer todo el ser temporal en un punto, y luego dar el salto al vacío: entregarlo al Yo Superior, en quien debemos confiar plenamente, aunque en verdad no Lo conocemos, sólo Lo presentimos, intuimos, vislumbramos. Esto sería del todo imposible de realizar para el hombre si en verdad el Yo superior y el yo no fueran Uno desde siempre.

Narcisismo
Una vez que se ha tomado consciencia de esta verdad, luego de un largo y azaroso camino, entonces el Yo Superior puede manifestarse, utilizando a la persona como su vehículo, en forma paulatina pero creciente. Nuestra dificultad básica yace en la imposibilidad del Yo para aflorar a través del ego. Si nuestra consciencia permanece en nuestro ego, dispersa en miles de necesidades y deseos, es como si el Yo Superior no existiera para nosotros, como si un grueso muro impidiera la comunicación. Pero cuando nuestra consciencia permanece en nuestra meta – nuestro Yo Superior – está unificada, porque el Yo Superior es Lo-Uno para el individuo, y entonces es posible una relación, se establece un vínculo que traspasa lo personal, hasta que se alcance el momento en el que esa relación ya no sea necesaria porque ha desaparecido la dualidad: Él – yo.

Nuestro Yo Superior parece tropezar con una cáscara dura que le impide abrirse paso. Si nuestro trabajo es fructífero, nuestro ego debe resultar fracturado para que el Yo pueda filtrarse: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él queda solo; pero si muriere, mucho fruto lleva» (Juan 12:24). La vida está latente en el interior de todo grano, pero sólo se hará realidad una vez que la cáscara se haya partido. Esa cáscara, el poderoso ego que se ha entronizado tan arraigadamente en nuestras vidas, dominándolas, es la vida temporal y, por lo tanto, origina el sufrimiento, los deseos siempre renovados, el miedo al fracaso, la sensación de importancia personal que será puesta a prueba una y otra vez, causándonos dolor. La vida verdadera late en el interior, es la del Yo Superior, que debe ser liberada para que seamos liberados.

Con la liberación perdemos todo en el mundo temporal, ofrecemos todo lo que nuestro ego valora. para obtener la vida real que trasciende la apariencia. Así, «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.» (Juan 12:25) Si lo exterior queda intacto, lo interior nunca podrá hallar salida.

Cuando decimos «perder» nos referimos naturalmente al apego a la vida exterior; no es lo mismo tener y disfrutar un bien que temer perderlo, no es lo mismo amar a alguien que desear poseer a una persona, y sufrir si no lo logramos, lo que es la antítesis del amor verdadero. Así. cada vez que «perdemos» no hacemos más que ganar. «El que va desgastando su duro caparazón», como decía Unamuno, cultiva un estado permanente de aceptación a lo que acontece a su alrededor; nada de lo que pase o deje de pasar, nada de lo que tenga o deje de tener es capaz de hacerlo feliz ni desgraciado. Cada problema frente al que no reacciona irritado, cada insulto frente al que no se altera, cada logro que no lo excita, son la prueba de su avance. Su única fuente de gozo y desdicha está en su interior, en su capacidad para mantenerse conectado o no con su fuente central, con su Yo Superior.

egoista

La energía amorosa del Yo Superior no cesa de actuar sobre el ego, de mil maneras, intentando disciplinarlo. Sin embargo, aquí está nuestra dificultad; nos afligimos por pequeñeces, murmuramos ante pequeñas pérdidas o dificultades. Todas las experiencias y problemas diarios se nos presentan con el propósito de que tomemos consciencia de algo específico, todo cuanto nos sucede es lo mejor que nos puede suceder ahora para nuestra evolución. El Yo Superior está preparando el camino para acercarnos a él, sin embargo, no lo reconocemos y nos sentimos desdichados, discutimos, renegamos de nuestra mala suerte o destino y nos volvemos negativos en nuestra actitud. El Yo Superior no derrocha nada, todo lo que hace llegar a nuestras vidas tiene significado. El motivo detrás de todas las acciones del Yo Superior es destruir nuestro hombre temporal, cincelándonos diariamente para nuestro desarrollo. El quiebre del ego es el camino de la paz interior, el camino de los frutos gozosos, pero también es un camino manchado con la sangre de muchas heridas, producto de la destrucción del caparazón, el que incluye todo lo que pertenece al hombre exterior: opiniones, maneras, astucia, amor propio, todo.

El trabajo de observación y aumento de consciencia para construir al yo unificado es la parte más dura y larga, la que requiere de gran perseverancia y paciencia con nosotros mismos, por nuestra ignorancia y numerosas recaídas. Si bien no se debe dejar nunca de luchar, en cualquier parte del camino es posible ser tocados por la gracia, la transformadora energía del Yo Superior que se ha apiadado de nuestros esfuerzos. Por lo tanto, si nunca antes nos hemos dedicado atentamente a la obra de nuestra propia unificación, intentémoslo, diciendo, desde lo más profundo, «Señor, hágase Tu voluntad», sin condiciones, sin reservas.

En ocasiones pasan muchos años y algunas personas permanecen aparentemente sin cambio alguno. Esto sucede porque ciertos individuos tienen emociones, deseos o pensamientos muy fuertes o intensos. No se dan cuenta del trabajo que está siendo realizado, ven solamente que los hombres o las circunstancias se les oponen, que lo que los rodea es demasiado difícil, que tienen mala suerte, que los otros son los culpables. Nuestra principal tarea es la toma de consciencia de que precisamente eso es lo que las dificultades u obstáculos tratan de mostrarnos: que vamos cuesta arriba en el camino de evolución. Si no lo logramos, seguiremos teniendo ese mismo tipo de dificultades, y aún en mayor grado, hasta que comprendamos lo fútil, lo vano de esas ocupaciones. De hecho, es nuestra escasa comprensión, nuestra minúscula consciencia, lo que nos mantiene aparte del Yo Superior, ignorantes de nuestra identidad profunda.

El otro gran impedimento para la doma del ego es el amor propio, que también es miopía, pues es la visión exclusiva y separatista del ego; es decir, buscamos con desesperación una moneda en el camino mientras en nuestro propio jardín hay un gran tesoro enterrado que ni siquiera intentamos encontrar. Recordemos que la única razón para toda mala interpretación, todo mal humor, todo descontento, es que secreta o abiertamente amamos sólo a nuestro ego, que es una dura cáscara; y el objetivo de una cáscara es mantener algo separado, aislado, aparte, de la verdadera vida. Así, planeamos formas para escapar del sufrimiento y los problemas, y muchas veces los problemas aumentan debido a nuestra búsqueda de un camino para escapar, lo que sólo demora aún más la liberación. Pero no podemos huir de nosotros mismos por mucho tiempo.

Cada uno de nosotros tiene mucho de su naturaleza centrada en su ego, Nuestra única esperanza es que este ego pueda ser sometido. Este es el camino de aquellos que crecen y sirven a la evolución. Todo lo demás es relativo en su valor. La doctrina no sirve gran cosa ni tampoco la teología o el ritual. Un conocimiento meramente intelectual de los diversos textos sagrados no vale de mucho cuando el ego permanece intacto. Solamente la persona a través de quien el Yo Superior puede manifestarse es de verdadera utilidad, pues puede vivir en la luz, en la claridad no deformada por el prisma del ego, que hace multicolor lo blanco y temporal lo eterno.

María Maya
Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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