Una Historia Simple

Un cuento desde Argentina de: Ricardo Gómez

El viejo “Jeep” transitaba con desgano las calles de Quilmes ese verano del año 1966. En su interior, los dos hermanos casi no cruzaban palabras. La relación de ambos nunca había sido buena, pero ese último tiempo había incluso empeorado. Casi no hacían cosas en común, salvo esta actividad que los unía parcialmente ese sábado por la mañana. Resultaba casi paradójico que hubieran encontrado el tiempo para llevar a cabo lo que estaban haciendo, cuando, en realidad, no podían verse de frente a los ojos sin sentir un profundo rechazo. Sin embargo, ahí estaban ambos, conduciendo cansinamente por las calles de la ciudad hacia las afueras. El viento que entraba por las ventanillas solo acrecentaba el bochorno que ambos sentían. Para empeorar la situación aun más, Jorge encendió un cigarrillo. Sabía que su hermano no fumaba, pero poco le importaba. Una de sus características era el poco apego que tenía hacia las necesidades ajenas. Sin quitar la vista del camino, Pablo miró de reojo a su hermano, casi estuvo a punto de iniciar otra de esas discusiones que no llegaban a ninguna parte. Se calló la boca, apretó el volante con fuerza, al menos, el aire, aunque caliente, alejaba el humo del cigarrillo. En definitiva, cada cigarro lo acercaba un poco más a la tumba, pensó. No pudo creer las ideas que se le venían a la mente. ¿De dónde saldrían? Por su parte, Jorge trataba de que el humo fuera hacia su hermano, para ver si eso lo hacía despertar de la modorra que tenía. Quizás una discusión lo despertara un poco. Pero nada, Pablo parecía más preocupado por otras cosas. Quizás estaba pensando como explicaría a sus hijos lo que estaba a punto de hacer. Seguramente en el momento oportuno algo se le ocurriría, como siempre sucede. Por el espejo retrovisor miró como venía la carga.

La “carga” era el “Tony” un perro macho, cruza de solo Dios sabe qué clases de perros. Su apariencia era muy similar al famoso “Lassie” aunque sin su “charme” Este no era famoso, al menos no a nivel público, porque para los niños que lo habían criado era el perro más hermoso del mundo. Las primeras diez cuadras del viaje había saltado y ladrado de un lado a otro del vehículo, celebrando el paseo en el que estaba inmerso. Ahora estaba más tranquilo, su lengua asomaba y goteaba profusamente desde su hocico, mojando el piso del coche. Miraba atentamente hacia afuera, debía estar atento ante la posible presencia de otro can en las cercanías. Las veces que eso ocurrió a lo largo del viaje, el Tony arremetió fieramente contra el perro con fuertes ladridos, a pesar de la imposibilidad de acercarse al mismo. Pero ahora parecía haberse cansado. Ya tenía muchos años encima, y su vitalidad había disminuido. Lejos había quedado aquél cachorro que pasaba todo el día corriendo de un lado a otro del parque, haciendo las delicias de los más chicos. Ahora ya estaba más asentado, más tranquilo, sus ladridos eran oportunos y puntuales, justificados, ya no ladraba por cualquier cosa. Casi se podría decir que había madurado, si es que esa capacidad pudiera aplicarse en un simple perro.

Su mirada se perdía en el horizonte que se alejaba de él. Ya llevaban muchos minutos de viaje, como consecuencia su entusiasmo había ido disminuyendo paulatinamente. Miraba las casas, las personas, los árboles. Lo primero que haría al bajar sería ir hacia uno de esos árboles. Su mente simple no pudo notar que la cantidad de arboleda iba aumentando paulatinamente, clara señal de que se estaban alejando del casco urbano. El Tony no poseía esa capacidad para la suspicacia, si la hubiera tenido, hubiera podido desconfiar de esa aparente y por demás extraña generosidad de parte de su dueño, ya que no era común que lo sacaran a pasear un sábado por la mañana. Más raro aun era que los niños no estuvieran allí con él. Si hubiera sido calculador, le hubiera resultado inaudito salir a pasear sin los chicos. ¿Con quiénes jugaría? ¿Quién le tiraría el palito para que él vaya a buscarlo? Los adultos ya no hacían esas cosas, solo se dedicaban a tomar y comer, ya no jugaban con él.

El Tony no podía desconfiar. Ese es un sentimiento que él no tenía. Simplemente estaba disfrutando de ese viaje en la parte trasera del Jeep, viendo como el gris del cemento mutaba poco a poco en el verde que ahora lo invadía todo. Por un breve instante logró dormitar un poco. Últimamente estaba más cansado de lo normal. Se ve que los años estaban afectándolo. Luego se despertó para rascarse, una vieja costumbre. Miró hacia delante, los conductores seguían manejando. No hablaban entre ellos, así que él no quiso interrumpir el silencio que ahora solo era interrumpido por el ruido que las ruedas hacían al aplastar las piedras del camino. Las piedras, otro detalle que su naturaleza canina tan simple e inocente no advirtió. El polvo de afuera se metía en el interior del vehículo persistentemente, invadiéndolo todo. A él no le importaba mucho, pero notó que su dueño cerraba la ventanilla para que la tierra no lo ensucie, aun más.

Poco a poco el Jeep se fue deteniendo. El paisaje era completamente distinto. Los edificios y las casas habían desaparecido, dando lugar a una enorme arboleda que parecía extenderse en el horizonte. No se veían personas, solo ellos tres estaban allí siendo testigos mutuos de lo que pasaba. Algo es demostrable ante la existencia de testigos, razón por la cual lo que ocurriría allí seguramente nunca se conocería. Esta es una historia simple, de las que no llegan a ser grandes titulares históricos, grandes hitos. Nadie sabría jamás lo que estaba aconteciendo allí, porque nadie contaría nunca nada. Los adultos tenemos la habilidad de esconder aquellas cosas que nos molestan, nos deshacemos con facilidad de lo que nos estorba, y nunca rendimos cuentas con nadie.

Los hermanos descendieron del Jeep cada cual por su lado. No hubo palabras. Pablo se dirigió hacia la parte trasera del vehículo y abrió la puerta. El Tony saltó con alegría al ser liberado. Una vez en el suelo se alzó en sus dos patas para saludar y agradecer a su dueño, el jefe de la manada a la que él pertenecía. Pablo no pudo resistir el pasar su mano por la cabeza de ese ser tan simple, pero que tantas alegrías les había dado. El Tony devolvió las caricias con sendas lamidas en su mano, mientras su cola levantaba una genial polvareda. Allí estaban ambos seres, uno humano y otro canino, ambos tan simples y elementales como esta historia. Ambos sin comprender exactamente la magnitud de las cosas que pasan en una vida, aun en la más simple de todas. Pablo no tenía la capacidad intelectual para detenerse a pensar en qué momento se había roto la magia entre el animal y él. No poseía esa capacidad, era solo un hombre simple, bueno, pero elemental. Él mismo venía de una familia en la que siempre se había apostado más por su hermano que por él. Poca capacidad podría tener en hacer profundas evaluaciones sobre las consecuencias de los actos y las decisiones que se toman.

Algo muy dentro de él se conmovió cuando vio a su hermano levantando el asiento del copiloto para sacar el arma que yacía escondida debajo. El último vestigio de humanidad se removió en sus entrañas y le produjo un terrible malestar, y un sentimiento de que aquello se les iba de las manos. Su hermano ya estaba allí, cargando la pistola sin el menor atisbo de remordimiento. Si Pablo era elemental, Jorge era el eslabón perdido. Para él todo lo que lo rodeaba carecía por completo de significado. Nada ni nadie importaba fuera de su propia persona e intereses, por eso había querido acompañar a su hermano, porque en el fondo sabía que el “tierno” no podría hacer lo que había que hacer. Se acercó con paso displicente, como quien hace eso todos los días, y tal vez así fuera. Pablo lo miró y le dijo que quizás solo deberían dejarlo libre, y que el lugar se encargara por ellos. Jorge lo miró con un rictus de asco en sus ojos, como sabiendo de antemano que Pablo no tenía las agallas para hacerlo.

-¿Para esto me hiciste venir?- cuestionó Jorge, moviendo el arma con los brazos abiertos, pidiendo explicaciones.

-El que quiso venir fuiste vos, nadie te obligó. -Aclaró Pablo- ¿No tenías otra cosa que hacer?- Preguntó irónicamente.

Jorge simplemente lo insultó, le gritó que hiciera lo que se le cantara y subió al coche mientras maldecía a todo lo conocido. Pablo miró otra vez al Tony. En esta historia no hay gestos humanizados por parte del perro, con esos ojos que piden perdón por algo que no hicieron. No, esta es una historia simple, uno de esos acontecimientos que involucra a muy pocos, y que seguramente no cambiará el curso de la vida de nadie. Si hubiera sido otra clase de historia, más rebuscada, el perro se habría dado cuenta del abandono del que sería víctima por aquéllos que lo habían alimentado hasta la noche anterior. Si esta fuera otra clase de historia, habría serios pensamientos sobre lo voluble que el humano puede ser al desprenderse de aquello que otrora amó, y su capacidad insólita de dañar a lo más inocente. Pero no, esta es una historia simple. Es la historia de un simple animal, y de unos simples humanos compartiendo y padeciendo las inequidades de la vida.

"le habían tirado un palito, y él debía devolverlo"
"le habían tirado un palito, y él debía devolverlo"

Pero, como casi siempre pasa, alguien está en inferioridad de condiciones, y en esta historia simple es el perro el que lleva las de perder. Pablo no podía eliminarlo, no tenía el coraje para hacerlo, así que decidió dejarlo allí, para que él se las arregle solo. En su mente simple Pablo hacía hincapié en la palabra dejar, y no en la palabra abandonar, esta última más precisa y oportuna para explicar lo que verdaderamente pasaba. Tomó un palito que estaba en el suelo, acto que encendió la atención del Tony mágicamente. Agitó un poco la varita en su mano, mientras el perro se agachaba concentrando su atención en el palito, esperando que su dueño lo lance. Pablo miró por última vez a su perro y lanzó el palo lo más lejos que pudo. El último vistazo que tuvo de él antes de dirigirse al Jeep fue la tierra que levantaba mientras corría para ir en búsqueda del palo. Esa fue la última visión que tuvo, luego de eso subió raudamente al coche, puso primera, y escapó a toda prisa de aquel lugar.

El Tony escuchó el reconocible ruido que hacía la puerta del coche al cerrarse, así que giró para ver qué pasaba. Pudo ver a su dueño subir al vehículo y salir rápidamente del lugar, dejando detrás suyo rastros de polvo y dignidad. Levantó con cuidado el palito, ya que este había caído inoportunamente entre unos cardos, y luego se dirigió hacia el lugar donde había dejado a su dueño. Vio que el auto se marchaba, así que salió corriendo para intentar alcanzarlo. El polvo que el vehículo levantaba les privó a los hermanos de tener que ver ese lastimoso espectáculo. El Tony corrió durante varios cientos de metros, tragando el polvo que despedían las ruedas traseras y esquivando como podía las piedras que volaban despreocupadas por el aire. Pronto tuvo que parar, ya no podía seguir corriendo. Si hubiera sido un cachorro seguiría su paso con más determinación, pero no podía más. En otra clase de historia, aquí el animal hubiera realizado profundos pensamientos filosóficos sobre la condición del hombre, pero no. Es simplemente una historia más, quizás la más simple de todas.

El Tony quedó allí sentado durante un largo rato, tratando de recuperar el aire. Poco a poco el polvo fue bajando, dejando a la vista al animal sentado en una enorme planicie que parecía extenderse hasta el infinito. El can no sabía esto, no estaba preparado para hacer semejante análisis. Sus ojos lagrimeaban profusamente, pero no con el significado que nosotros le damos a las lágrimas, para el Tony era solo el resultado de la gran cantidad de polvo en suspensión que había en el ambiente. Él no tenía la malicia necesaria para resentirse, ni siquiera para sentir odio. Su simpleza lo alejaba en aquel momento de sentir ira, conmoción, sed de venganza o algún sentimiento similar. Se necesita cierta complejidad emocional e intelectual para resentirse, complejidad que el Tony no tenía. Para él lo único demostrable era que su dueño no estaba. Él era un ser de una simpleza pasmosa. Estaba allí, solo, en la hora en la que más calor hacía. Tenía sed, hambre, estaba cansado, pero nada de eso tenía importancia para él. Quizás por no tener una noción tan exacerbada del “yo” solo era consciente de una cosa: le habían tirado un palito, y él debía devolverlo.

Varios días después la vida transcurría su curso como de costumbre. Los dos hermanos callaron todo lo ocurrido, incluso ya habían conseguido un pequeño cachorrito para calmar a los niños. Aquel sábado del incidente no había sido sencillo para ellos. Despertarse y no encontrar al Tony era algo nuevo, y las preguntas y las lágrimas llovieron a raudales. Los adultos demostraron su enorme capacidad para confabular, inventar, engañar y hacer como que nada había pasado. El Tony simplemente se había ido con su familia, así de simple es la vida para algunos. Los tres niños que habitaban la casa escucharon con atención las mentiras, pero solo los dos menores, de 8 y 11 años, pudieron medianamente creer lo que les contaban. La niña mayor, de 13 años, intuyó que la realidad no era tal cual se la estaban contando. Íntimamente tuvo miedo de preguntar. Si no se está seguro de soportar la respuesta, es mejor no realizar la pregunta.

Pero ese día, bajo el calcinante sol de enero, la vida de todos allí, particularmente de los niños, tomaría un giro inesperado. Debido al calor reinante era usual tomar mate en el patio, ya que dentro de la casa era imposible estar. Allí estaban, unos tomando mates con biscochos, otros jugando a las cartas, y los niños en la pileta de lona con el nuevo cachorro, cuando la escena de esta historia tan simple se oscureció y todo se tornó inexplicable, casi como si fuera un film de Fellini.

El grito lo dio la niña, Cristina, de 13 años. El alarido erizó la piel de los que estaban a su lado, y solo pudieron verla salir corriendo dejando detrás de ella litros de agua. Los otros niños se asustaron, y tan solo atinaron a verla correr. Años más tarde, esta escena se vería confusa en el recuerdo de los niños. Cristina recordaría haber visto en la puerta del frente al Tony llegar arrastrándose. Recuerda haber salido corriendo para abrirle la puerta de reja. Puede ver con claridad que, en efecto, era el Tony el que yacía en la entrada mientras, aun habiendo pasado muchos años lo recuerda, su corazón latía con fuerza inusitada. También recuerda la impresión que le produjo ver las terribles heridas que el perro tenía, seguramente como consecuencia de algunas peleas sufridas en su regreso a casa. Se puede ver arrodillándose ante el perro, tocándolo y sintiendo algunos huesos casi sin piel. Se ve a si misma frenándose ante la imagen de ese animal que, supuestamente, estaba felizmente viviendo con los suyos. La comprensión de lo ocurrido cayó sobre su alma con la contundencia de lo verdadero. Recuerda a los otros niños acercándose por detrás, recuerda los gritos de los más chicos, asustados por la sangre y lo flaco que el animal estaba. Recuerda, nubladamente, a su madre mirando a su padre como diciéndole: “no hacés nada bien, ni siquiera esto” Recuerda la voz de algún mayor pidiendo que “alguien lleve a los chicos adentro”. Aquí se nubla un poco, no recuerda claramente quién la levanta de los brazos y la lleva arrastrando hacia la casa. Hay gritos, chicos que lloran, que preguntan por qué el Tony está así, la imagen de su padre viniendo del fondo con una pala de punta, todo se torna confuso.

Esta es una historia simple, de esas que no cambiarán la vida de nadie. Es una historia de seres simples, con carencias, con debilidades. Para los niños que vivieron esa experiencia, la vida sería distinta a partir de ese día. El concepto que habían tenido de los mayores cambiaría radicalmente a partir de ese momento. La vida de esos chicos tomaría cursos distintos y variados. Encontrarían muchas personas en sus vidas que los educarían de una u otra forma, pero ese día de ese verano del año 1966, el Tony, que llegó con sus últimas fuerzas a su casa con un palito en el hocico, les enseñó la lección más simple y más importante de todas.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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4 thoughts on “Una Historia Simple

  1. …simplemente conmovedor Ricardo!…y eso que hace mucho tiempo, casi ya ni recuerdo, que algo o alguíen me conmueva de alguna manera. Yo espera otro final, viendo como están las cosas hoy en día: “Pensaba que Pablo y el Tony dejarían al hermano…”
    Pablo…digo; Alfredo!

    1. Gracias, Alfredo. Hubiera sido preferible ese final, es cierto. Lo que no dije es que este cuento está basado en una historia real que nos tocó vivir a mis primos y a mi en Quilmes. Con algunas variaciones literarias, desde luego, pero el hecho pasó de verdad.
      Gracias por tu comentario, saludos a la familia!

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