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Doctor Lejeune, defensor de la vida humana

Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

En 1948 la Declaración de Ginebra de las Naciones Unidas, mantiene la Ética hipocrática: “los médicos deben respetar y defender toda vida humana desde el momento de la concepción”. Pero en 1969, comienza la campaña de despenalización del aborto en Europa, Francia y Estados Unidos. Con ello, además, se abre la manipulación técnica y legal de la vida prenatal, de los embriones utilizados como cosas, anulando todo la Ética médica anterior. Destacará pronto en la denuncia de esta barbaridad legal, Jerôme Lejeune, médico francés (1926- 1994) descubridor, a los 32 años, de la primera enfermedad humana de causa genética: la Trisomía 21 del síndrome de Down.

En 1962 el doctor Lejeune es “experto en genética humana” en la Organización Mundial de la Salud (OMS). En 1963 descubre otra enfermedad de origen cromosómico: el síndrome “del maullido de gato. Más tarde, descubre el mecanismo de muchas más enfermedades cromosómicas, abriendo así la vía a la citogenética y a la genética moderna. En 1964 es nombrado Director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia y se crea para él, en la Sorbona, la primera cátedra de Genética fundamental. Es así el candidato número uno para el Premio Nobel de Medicina, pero nunca se lo darán.

¿Cuál fue su pecado? Ser un sincero e inquebrantable defensor de la verdad científica y de la vida humana, por encima de honores y de los fuertes intereses políticos y económicos en contra.

El fundamento que dio en defensa de la vida humana está en una verdad científica: desde la fecundación, en el cigoto, con a penas 1.5 mm de tamaño, ya existe un ser humano. Lejeune tuvo la valentía y honestidad intelectual de ser claramente pro-vida frente a la creciente y poderosa marea de las fuerzas pro-aborto.

Tenía otras dos características fuertemente odiadas por la cultura de la muerte: ser católico y ser un buen padre de familia numerosa. Además su insistente defensa de la vida y dignidad de los niños Down y de toda persona con discapacitación genética, también le atrajo la enemistad de los que son partidarios de abortar a esos niños. Se le cerraron puertas científicas y económicas. Se abatieron sobre el toda serie de calumnias y el teléfono de su domicilio sufrió por años una insistente serie de insultos (¡?).       Cuando el Senado de Francia le pide su opinión sobre causas para interrumpir un embarazo, Lejeune, plantea un caso: Tenemos  un matrimonio donde el marido es sifilítico terciario incurable, y además decididamente alcohólico. La mujer está desnutrida y sufre tuberculosis avanzada. El primer hijo de esa pareja muere al nacer; el segundo sobrevive, pero con serios defectos congénitos. Al tercer hijo le ocurre lo mismo y se le suma el hecho de ser infradotado mentalmente. La mujer queda embarazada por cuarta vez. ¿Qué aconsejan ustedes hacer en un caso así?. Un senador socialista dijo que la única solución era practicar un “aborto terapéutico” inmediato. Lejeune hizo un largo y notorio silencio; después dijo: “Señores Senadores, pónganse de pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven”.

En 1971, en el National Institute for Health  (USA) Lejeune explicó científicamente como la existencia de todo ser humano comienza en el cigoto y que por tanto si defendían allí el aborto, “estarían ustedes transformando su instituto de salud en un instituto de muerte”.  Después de esa reunión, Lejeune le mandó un mensaje a su esposa: “hoy perdí mi premio Nobel”.

En 1997, Juan Pablo II, en la Jornada Mundial de la Juventud de París, fue a rezar ante la tumba del que consideró su amigo, que también había sido el primer presidente de la Academia Pontificia para la Vida. En el 2007 se abrió el proceso de beatificación de este doctor, defensor de la vida y “mártir mediático” por defender la verdad científica contra el imperio de las mentiras.

Jerome LeJeune

Doctor Jerome LeJeune

Luis Fernández Cuervo               luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Vida humana: embrionaria e infantil

Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Algunos de mis lectores muestran sorpresa cuando escribo que el defectuoso rol paternal y/o maternal tiene gran importancia en el desarrollo afectivo y sexual de alguno de sus hijos. Yo no invento nada. Ni  en este, ni en ninguno de los temas que trato en mis artículos. Me informo primero y divulgo después lo que dicen las personas, los datos y los hechos seguros.

El tema de hoy es de vital importancia especialmente para los que tienen el derecho y el deber sobre la buena crianza y educación de sus hijos.

Lo que va entre comillas son palabras del médico español Aquilino Polaino-Lorente, con 38 años como profesor universitario, investigador y psiquiatra con ejercicio clínico y Catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense. Es parte de su disertación científica ante el Senado español y coincide con la experiencia de otros especialistas tales como Charles Socarides, Gerard van der Aardweg, Irving Bieber,  Richard Cohen, Sandor Rado, etc.

La persona humana, hombre y mujer, está modalizada sexualmente. Eso tiene una raíz genética que después se abrirá paso a lo largo de toda la vida intrauterina, condicionando la producción de hormonas en la placenta de la madre. Actualmente se considera la placenta un órgano endocrino y no sólo de protección del embrión. Esas hormonas se producen por la placenta de una manera diferente según que el embrión sea masculino o femenino. A la producción hormonal de la placenta le cabe la importantísima competencia de dirigir la diferenciación sexual y cerebral del embrión que está en el claustro materno. Este es un hecho demostrado desde el año 1966.” (…) “Esto significa que el cerebro del embrión se estructura, autoconstituye y configura de modo diverso, según sea varón o hembra, en función del influjo de las hormonas que produce la placenta. Una vez producido el parto, las hormonas ya no dirigirán el comportamiento ni la mayoría de las facultades y funciones de la persona, sino que lo hará el sistema nervioso central, previamente diferenciado.”

El desarrollo afectivo y sexual es un proceso lento que “está abierto al mundo entorno, al mundo de las relaciones interpersonales; no es una consecuencia ciega y directa que esté determinada por la pura biología. Esto significa que los modelos de exposición social a los que esté expuesto el niño o la niña a lo largo de su desarrollo psicoemotivo van a determinar en algunos casos y a condicionar en todos los casos el desarrollo emocional de la persona. Ese desarrollo emotivo es tanto más denso, más profundo, más radical, más intenso, tiene más carga personalizante en la medida en que estamos en los primeros estadios del desarrollo. Por tanto, en lo que acontece en los ocho o nueve primeros años de la vida, va marcando y configurando lo que será después nuestro talante afectivo. Para ese desarrollo psicoemocional es preciso -hoy se reconoce así- la comparecencia de hombre y mujer como figuras de padre y madre respectivamente.(…)Esto significa que los modelos de exposición social a los que esté expuesto el niño o la niña a lo largo de su desarrollo psicoemotivo van a determinar en algunos casos y a condicionar en todos los casos el desarrollo emocional de la persona”.

De ahí la importancia que tiene lo que los padres viven y enseñan a sus hijos para el desarrollo de una afectividad y sexualidad, psicológica y moralmente sanas. Y ello debe ser  algo radicalmente distinto a la basura ideológica que pretende implantar en todo el mundo el señor Obama con la millonaria propaganda de su “homosexualismo político” y la presión de sus lobbys LBGT.

El tema merece mayores pruebas y precisiones. Por eso espero mostrar, en posteriores artículos, la importancia del matrimonio estable y de la buena paternidad y maternidad para la salud mental de sus hijos y para estructurar una sociedad con menores cargas conflictivas que la nuestra.

 Luis Fernández Cuervo                                 luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Libertad, ateísmo y felicidad

Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Algunos lectores de mi artículo anterior sobre Jean Paul Sartre y su Auto sacramental me preguntan si Sartre murió con su firme ateísmo o si esa obra suya fue una puerta abierta a la luz de la fe. Sólo puedo decirles lo que ya escribí en otra ocasión. El periódico francés Le Nouvel Observateur recogió un diálogo de Sartre con un marxista, pocos días antes de su muerte. Sartre dijo allí: «No me percibo a mí mismo como producto del azar, como una mota de polvo en el universo, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que sólo un Creador pudo colocar aquí; y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios».
Sorprendente declaración. Esas pocas palabras fueron como una bomba para muchos de sus admiradores. Simone de Beauvoir, la que había sido su compañera de vida más habitual, entró en furia y se dedicó, con saña y tesón, a ocultar esa “claudicación”. Norman Geisler, (en The intellectuals Speak out About God, Chicago 1984) recogió la consternación que esa confesión de Sartre produjo en todos sus colegas. El hecho era una noticia-bomba. ¿Por qué no estalló en las mejores páginas de los grandes diarios del mundo?
Que el lector se lo explique como le parezca. A mi no me sorprende. La mayoría de los Medios de Comunicación, críticos implacables contra los  cristianos y sus debilidades, elogian y propagan los ataques de los ateos contra la religión, pero son muy remisos en airear cuando claudican de su ateísmo. No solo en el caso de Sartre. Tampoco figura en muchos espacios de Internet la conversión al catolicismo del Premio Nobel Alexis Carrel; ni de otros muchos ateos ilustres que alcanzaron la fe. Pocos saben que  Albert Camus quería tener fe poco antes de su accidente mortal; ni que el marxista Gramsci, enemigo acérrimo de la Iglesia Católica, enfermo de enfermedad mortal en un hospital, pidió ante el asombro de las monjitas, que le trajeran la imagen del Niño Jesús para besarla. Mucho menos se acepta el hecho de Voltaire retractándose de sus ataques a la Iglesia Católica y muriendo recibiendo la absolución y la unción de enfermos en su lecho de muerte.
Sartre dijo que “el hombre es una pasión inútil”. Y dijo una gran verdad… a medias. Es una pasión inútil y absurda mientras se sostenga que no existe Dios, ni su premio y castigo en la otra Vida. Se puede ser ateo e incluso ganar fama y dinero, mientras el resto de la vida le sonríe. Cara a la muerte, todo triunfo en esta vida –dinero, fama, éxitos, homenajes, monumentos, etc.- son humo y ceniza. ¿Quien se acuerda hoy de Sartre? ¿Quién lo conoce, quien lee sus obras? Un pequeño puñado de eruditos, tal vez, y eso si con ello logran alguna fama y dinero.
Pero vuelvo a la obra “Barioná, el hijo del trueno”. Sartre presenta allí la lucha de Barioná con  su libertad afirmándose contra Dios. Pero, al mismo tiempo, Sartre, interpretando al rey mago Baltasar en esa obra de teatro, anima al ateo Barioná, a que acepte el nuevo sentido y valor que tendría su libertad si reconocía al Niño como el Mesías salvador. Y con eso acierta, porque la libertad auténtica es obediencia a Dios, es amor y servicio a los demás hombres. Rabindranath Tagore, ese gran escritor indio, lo explicaba así: “Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi. que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría.”
Son formas de explicar esa sentencia de Jesucristo que muchos no entienden: “la verdad os hará libres”. La mentira, el vicio, la maldad, siempre esclavizan. Con la Verdad divina –que tiene nombre y realidad muy humanos: Jesús-, viene el amor a los demás  y con ello, la alegría y la felicidad auténticas.


Luis Fernández Cuervo                        luchofcuervo@gmail.com

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Meditación en el bosque

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Estoy en Altavista a dos mil metros sobre el nivel del mar. dominando desde su altura, a la Ciudad de Guatemala, visible allá, muy debajo y al fondo, extensa siembra de edificios blanquecinos sumidos en una tenue neblina azulada. Ya estuve aquí hace varios años. Altavista ha cambiado poco. Yo, bastante. Pero salir, aunque sea con bastón y cojeando, en esta mañana de domingo es cobrar nueva vida. Salgo al jardín. Un sol brillante y una brisa suave. Pura primavera. Y enderezo mis pasos por el camino que lleva a la Virgen de la rosa. Voy entrando, poco a poco en el bosque. Silencio.

Es un silencio envolvente, inmenso. Dios Padre está presente, muy presente, en este silencio. La naturaleza, toda, eleva su canto silencioso, con un silencio que no es tal. La luz, las hojas de la fronda, una mínima brisa hablan, muy quedo, menos que un susurro. Una ardilla se esconde sin ruido. Algún tenue silbido de pájaro. Y conforme avanzo, se va haciendo más presente el suave murmullo del arroyo del fondo. Me asalta el recuerdo de Unamuno y ese cuento suyo, kafkiano, de suave desesperación donde él mismos, Unamuno, camina y camina,  hundiéndose en la niebla sin llegar a su meta (¿un castillo?) mientras el arrollo del fondo murmuraba: “te condenaste por soberbio, Miguel, te condenaste…” Pero hoy, aquí, no hay nada negativo, todo lo contrario: el silencio se expande glorioso y canta, canta muy suave y el arroyo le hace el acompañamiento de fondo en esta silente sinfonía divina.

Me detengo un momento. Escucho y contemplo toda la verde fronda a mi alrededor. Y doy gracias a Dios por su oculta presencia.

Las grandes obras, los grandes momentos de la humanidad, se han hecho en el recogimiento, en soledad y en silencio. Jesús nos da ejemplo. Antes de nombrar a los doce apóstoles  se retira al monte, en oración de soledad y silencio.

El filósofo Martin Heidegger, paseando en soledad por los  intrincados senderos de la Selva Negra, es donde fue tejiendo sus cavilaciones sobre el Ser, el Tiempo y la existencia humana. San Juan de la Cruz, a la vez poeta y santo, en su “Cántico espiritual” nos habla gozosamente de “la música callada, la soledad sonora” de la naturaleza  y donde Jesús, al pasar y mirar esos campos, “con sola su figura// vestidos los dejó de su hermosura.”

Susanna Tamaro nos advierte: Basta con detenerse un instante y observar el mundo de la naturaleza que nos rodea para darnos cuenta de que todo habla de la inquietante gratuidad, fragilidad y belleza de las formas vivientes. Para más adelante señalar el contraste con tanta gente actual: Es difícil, hoy en día, no dejarse atrapar por la fiebre malsana de la prisa. Todos tienen prisa, corren, como si los persiguiera una manada de hienas salvajes. Pero ¿a qué responde esta continua fuga? Es miedo, impaciencia, no querer ponerse a la escucha. Antes que afrontar el vacío, huyo. Con tal de no hacerle frente al silencio, salto.

Sin embargo, el silencio interior es muy necesario. En el silencio surge la oración. Y la soledad, como también señala nuestra amiga Tamaro: es el medio más extraordinario para entrar en intimidad con nosotros mismos. Y paradójicamente, la soledad es también el mejor medio para aprender a comunicarse. Tan sólo conociéndome, es decir, conociendo mi interioridad, puedo hablar a la interioridad del otro.

Amigo lectores: ¿Quieren vivir esta próxima Navidad en toda su significado? Huyan de la prisa y de los compromisos sociales más o menos navideños. Busquen a Dios en el silencio de la naturaleza, ante el sagrario de una iglesia cualquiera donde Jesús nos espera, o ante el pesebre donde el Niño-Dios nos habla con su amor sin palabras.  Después el sentido humano y divino de sus fiestas familiares, hogareñas, cobrará una mayor hondura.

Luis Fernández Cuervo                        luchofcuervo@gmail.com

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¿Quién piensa? ¿El alma o el cerebro?

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

El pasado 22 de abril, la doctora italiana Rita Levi Montalcini,  Premio Nobel de Medicina 1986, cumplió 102 años. Admirable por muchas cosas, entre otras por su defensa de la inteligencia femenina, plasmada en las becas que otorga a niñas africanas para que puedan estudiar.

La doctora Levi Montalcini descubrió en 1942 cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso. La neurociencia de esos años decía que uno nacía con una dotación fija de neuronas y  con los años se iban perdiendo algunas -o muchas, en la atrofia senil- pero que nunca aparecían nuevas neuronas. Sólo en 1986 le reconocieron a la doctora su descubrimiento del nerve growth factor (NGF), factor del crecimiento neuronal, otorgándola por ello el Premio Nobel de Medicina.

Rita Levi Montalcini

Cuando esta doctora dice que la jubilación destruye los cerebros, que con eso la gente se abandona, mata su cerebro y se enferma, yo estoy de acuerdo; eso es lo que se ve cada día en tanta gente. Por eso ella recomienda: “mantén tu cerebro ilusionado y activo, hazle funcionar y nunca degenerará.”  Ahí  algo suena mal. ¿Mantén ilusionado tu cerebro, o tu persona? Comienzo a tener una desazón que va aumentando porque esta doctora siempre habla del cerebro como si eso fuera todo el yo en las personas. Mi desazón se hace descontento total cuando ella afirma que “discernir entre el bien y el mal es el más alto grado de la evolución darwiniana”. Y entonces me acuerdo de Sir John Eccles, (1903-1997) también Premio Nobel de Medicina 1963, por sus trabajos en el mecanismo iónico de las sinapsis cerebrales. Eccles niega ese darwinismo diciendo “si lo que se pretende es reducir las características humanas a «emergencia», se trata de un materialismo reduccionista pseudocientífico e inaceptable: la ciencia no proporciona ninguna base para esa doctrina”. Después añade con fuerza: “El materialismo es una superstición”.

Levi Montalcini parece tener su espíritu aprisionado en ese materialismo cerebrizado. Eccles está de acuerdo con ella en que “el cerebro es un sistema abierto, que se puede educar y cultivar mediante el aprendizaje, llegando a ser enormemente creativo” pero añadiendo enseguida que “el sujeto humano es algo más que la simple materia: es alguien con deseos, planes, esperanzas. La creatividad de la imaginación no puede ser reducida a las funciones cerebrales ni puede ser interpretada únicamente en términos fisiológicos y la inteligencia no es una secreción de la masa cerebral”

Para aclarar ese dilema de si es el alma o es el cerebro el que piensa, es cuestión de volver a las causas aristotélicas: eficiente, instrumental, material, formal y final y estar de acuerdo también con la medicina psicosomática y la antropología filosófica actual que ven al ser humano  como una estrechísima interrelación entre alma y cuerpo: somos un cuerpo espiritualizado o mejor dicho un espíritu corporizado.

Si pienso, si decido, si me comunico con los demás, soy yo (causa eficiente) quien hace todo eso, pero lo hago con mi cuerpo y muy en especial con mi cerebro (causa instrumental y material) y lo exteriorizo con palabras -habladas o escritas- y movimientos (causa formal) queriendo un fin, una comunicación, una meta social (causa final).

A la doctora Levi, con toda simpatía, le diría: cuando usted, contra el parecer de su papá, decidió no casarse y dedicarse por entero al estudio en investigación del cerebro ¿quién decidió eso? ¿Usted, o su cerebro? -Fue usted, amiga mía; tras una  reflexión inteligente, fue suya la decisión, libre y valiente, contra la opinión de su papá y de su educación paternalista y anticuada. Y lo que en usted admiro, es el alto desarrollo de su espíritu, de su personalidad, de su carácter, también de su valor científico, pero sobre todo admiro su altruismo con esas niñas africanas, porque el amor tampoco es una secreción cerebral, sino la esencia de la vida.

Luis Fernández Cuervo               luchofcuervo@gmail.com

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Amor biológico entre la madre y el hijo en gestación

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

La naturaleza es discriminativa entre la mujer y el varón. Dota al cuerpo de ella de mayores dignidades, misterios y premios biológicos que al cuerpo de él. Y eso es muy justo porque el cuerpo de la mujer está conformado por la naturaleza –o sea, por Dios- para una altísima función que ningún varón podrá nunca ejercer: la maternidad. Tal vez por eso viene, como todo lo muy valioso, con garantía de ser nuevo, sin estrenar: el himen. Eso tiene sentido porque el cuerpo de la mujer está preparado para ser “el santuario” donde nace la vida humana. Y es revelador que “útero” y “templo oculto” se escriban con el mismo ideograma en el lenguaje tradicional japonés.

No todas las mujeres deben tener hijos, pero todos, mujeres y hombres, debemos conocer los premios que la naturaleza otorga a la maternidad. La gestación y el parto, y más si es algo ocurrido varias veces, influye decisivamente en  el enriquecimiento de la personalidad femenina y en su salud.

Ninguna mujer que haya tenido hijos, contraerá cáncer de endometrio. Todas las que haya dado lactancia natural a sus hijos, tendrán un riesgo muy bajo de sufrir de cáncer de mama. Y la biología de la fecundación, gestación y alumbramiento va descubriéndonos poco a poco la maravilla del dialogo de amor biológico entre la mujer y el hijo que crece y se desarrolla dentro de ella. Algo que se plasma en una finísima e intrincada red de amor bioquímico con intercambio de mensajes hormonales, celulares y moleculares, a cual mas asombrosos.

Escribí hace años un artículo sobre la maravilla del diálogo de amor “biológico” entre la mujer gestante y su hijo embrionario. Conforme vamos conociendo mas detalles de esta especialísima simbiosis es justo pensar que la naturaleza imita al arte.

Hoy día la ciencia no permite separar lo biológico de una persona del resto de su humanidad. La gestación pone al hijo en relación con el mundo interno de su madre, pero también con el exterior de la vida de ella. Le llegan, a su través, sonidos, olores, emociones, etc. Así comienza a impregnarse del entorno familiar. Será el hogar y el amor de sus padres y hermanos los que terminarán de prepararle para la vida.

En ese dialogo de amor biológico entre madre e hijo, si la fecundación  ha sido natural, la madre acepta tolerar lo que el hijo lleva que no es de ella, sino del padre. La madre no rechaza al hijo como si fuera algo extraño; tampoco lo reconoce como sólo una parte de su cuerpo. El hijo le presenta, biológicamente, a su padre y entonces toda una red bioquímica actúa para mantener esa tolerancia de la madre para su hijo intrauterino. Cada embarazo sucesivo favorecerá esa mutua aceptación inmunitaria. En cambio, cuando la generación ha sido en un laboratorio, no hay ese diálogo  de amor molecular entre madre e hijo. Entonces el hijo es un injerto extraño a la madre y lo rechaza. Por eso es tan difícil la anidación del embrión engendrado in vitro y transferido a una madre uterina, que no lo engendró.

Pero, ¿qué decir del microquimerismo maternal con que los hijos agradecen a su mamá el haberles traído a la vida? Investigaciones muy recientes muestran que los órganos de la madre siguen conteniendo, por años, células embrionarias de los hijos que tuvo, células que, por ser inmaduras, son pluripotenciales, pueden transformarse en células maduras de diversos tejidos. Y ya se ha comprobado, como ejemplos, que actúan en la regeneración del dañado miocardio de su madre y que impiden también la aparición en la mamá del cáncer papilar de tiroides.  

Bueno sería que todos los varones reflexionáramos sobre ello para tratar con mayor respeto y admiración a todas las mujeres, especialmente cuando han sido dignificadas con  el prodigio  biológico de la maternidad.

Luis Fernández Cuervo               luchofcuervo@gmail.com

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La salud de la mujer, y del hombre

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Aparecen con frecuencia, en los diarios, noticias de como van aumentando los casos de cáncer de mama y de cérvix (cuello del útero) en las mujeres de nuestro país. También ocurre en otros países de América Latina y de Europa. Sin embargo me sorprende que nunca se diga a qué se debe ese aumento. ¿Sólo ignorancia? ¿Complicidad con el negocio? En este tema, como en otros muchos, nunca se quiere llegar al fondo.

Pero los médicos debemos decir la verdad, porque la salud física de las mujeres es importante para toda la sociedad. De ella depende, muy en especial, la salud física y moral de nuestro país, de todo un pueblo.

La experiencia de mis largos años trabajando como patólogo y la bibliografía científica mas rigurosa demuestran que hay una estrecha relación entre el uso de anticonceptivos hormonales y el aumento mundial del cáncer de mama. También entre los abortos provocados y ese tipo de cáncer. Una mujer puede padecer de ese cáncer sin haberse provocado abortos ni haber usado anticonceptivos hormonales. Sí, pero el aumento mundial de esta patología se debe en gran medida a los abortos provocados y al uso de  esos anticonceptivos. Si no se le da fuerte publicidad es porque el negocio de los anticonceptivos es supermillonario, y porque la presión política para instaurar la legalización del aborto en todos los países es cada vez más agobiante.

Algo de esto se entiende si se sabe que la glándula mamaria de las mujeres, cuando no hay un embarazo de por medio, es como un árbol en el invierno europeo. Hay ramas pero no hay ni hojas, ni flores, ni frutos. Cuando se instaura un embarazo, comienza el maravilloso diálogo hormonal y tisular entre madre e hijo y es el hijo el que hace cambiar el cuerpo de la mujer hasta aspectos finos cada vez más conocidos y maravillosos. Uno de ellos es que sea el pequeño embrión quien gobierna el cambio de las mamas de su madre para que ocurra en ellas su primavera y su verano, para que se desarrolle toda la parte secretora, porque él, el pequeño dictador, sabe que va a necesitar alimentarse de la leche que produzcan esas glándulas cuando lleguen a la plenitud de mamas lactantes.

Cuando cesa la lactancia, esas glándulas ya han cubierto su función, y lentamente vuelven a su situación de reposo, donde solo serán de nuevo una serie de conductos vacíos. Todo eso es lo natural, pura ecología humana.

En cambio, toda alteración hormonal, cuando mas brusca y artificial sea –y el aborto provocado y los anticonceptivos hormonales lo son- repercutirá en las glándulas mamarias alterando su desarrollo o involución naturales, produciendo, casi siempre, lesiones de mastopatía fibroquística que son lesiones precancerosas.

Nunca olvidaré un caso. Fue en Córdoba. Mi jefe me pasó unas láminas de una biopsia de mama, de una chica de 14 años. A él le pareció cáncer. Tenía una mastopatía fibroquística con unas atipias celulares muy prominentes. No era cáncer todavía, pero le faltaba poco. –Averigua –le dije- si está tomando algún tipo de anticonceptivos hormonales. ¡Pero si solo tiene catorce años!- me respondió. Yo sonreí e insistí: -El caso es tuyo, averigua. Averiguó y sí, estaba tomando algún tipo de anticonceptivo hormonal. Esa vez se salvó de la extirpación de una de sus mamas. Qué fue de ella después, nunca lo supe.

El cáncer del cuello de la matriz (cérvix uterino) está producida por contagio sexual con un varón que porta el virus del papiloma humano. Cuanto antes comience la relación sexual de una mujer y cuantos más sean sus compañeros sexuales, mas boletos llevará  en la rifa cuyo premio es  desarrollar ese tipo de cáncer. ¡Mala lotería.!

Durante mi trabajo en Chile recibía muchas biopsias de cérvix con cáncer. La edad de esas pacientes oscilaba entre los veintitantos y treinta y tres años. Volví a España poco antes del primer gobierno socialista. Las biopsias con cáncer de cérvix eran pocas y la edad de esas mujeres solía ser de cuarenta y tantos años. Llegó la modernidad socialista… y observé con tristeza como dos jóvenes enfermeras de mi servicio, casadas, rompían su matrimonio buscando nuevos amores. Una de ellas estuvo a punto de morirse de una peritonitis aguda por un dispositivo uterino perforado; la otra, padeció pronto una infección sexual de algún tipo. Y en mi trabajo, aumentaron las biopsias de cérvix con cáncer y de mujeres cada vez más jóvenes. Ese fue uno de los precios de esta liberación sexual, estúpida y perjudicial.

¿Y la salud de los hombres…? Pues diré que la culpa de que las mujeres contraigan Sida y otras infecciones sexuales graves, muchas veces no es culpa de ellas, sino de la  pésima salud sexual y moral de los hombres, de la infidelidad de sus maridos.

Luis Fernández Cuervo                 luchofcuervo@gmail.com

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El sentido común y sus enemigos

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

¡Pobre de aquel profesor de mi colegio si viviera todavía! Era muy sensible a los disparates de cualquier alumno y cuando alguno decía o escribía alguna tontería exclamaba: ¡Falta de sentido común… que es el menos común de todos los sentidos! ¡Pobre de él si todavía viviese, tendría que estar gritando su cantinela todo el santo día!

La gente insensata, unos por superficialidad, otros por mimetismo, muchos por pereza mental, otros por fanatismo ideológico, el caso es que proliferan, reinan en la opinión pública y desgobiernan en el poder público. Y no sólo en nuestro país; es una epidemia globalizante. Unas veces me hacen reír o sonreír, otras me preocupa, pero no demasiado, porque la verdad y la realidad siempre terminan triunfando de todos los disparates, incluso de los peor intencionados y mejor financiados.

Cuando Aristóteles escribió que el hombre es más que hombre se refería a que hay algo divino en los seres humanos que tira de ellos hacia arriba y les puede llevar a la excelencia, a la sabiduría. Los medievales estuvieron de acuerdo, solo que a eso lo llamaron santidad, donde la excelencia del espíritu humano se enriquece con la Gracia divina.

Ahora, con una enorme falta de sentido común, muchos quieren renegar de la naturaleza y de la ética universal y pretende que vivamos hacia abajo, hasta animalizarnos, cosa imposible, porque el animal tiene la dignidad de cumplir siempre su chip implantado por la naturaleza. Si el hombre no aspira a la santidad, se frustra y termina siendo un demonio, un cerdo, o una bola de grasa.

Pero no quiero ponerme trágico. Veamos primero los más ilusos de los insensatos: los amigos de los eufemismos. Son aquellos que consideran que lo malo no está en la realidad, sino en los nombres. Son los que están siempre dispuestos a llamar “no videntes” a los ciegos, “de tercera edad” a los viejos, “trabajadoras del sexo o de la calle” a las prostitutas y “liberación u orgullo sexual” a la lujuria de cualquier tipo, incluyendo la contra natura. Dentro de esta fauna no faltan los ultras que pretenden que no se llame mascotas a un perro, gato o cualquier otro animal, sino “animales de compañía” o fauna feliz “con un humano de compañía”.

Sin sentido común están los que legislan para que todo mascota no padezca de soledad, ya sea chucho o pececito dorado (no sé si ateniéndose a la vieja división de macho y hembra o con inclusiones mas progresistas), cosa que al parecer ya es ley en algún país desarrollado económicamente, pero subdesarrollado… en sentido común. En esos países, que tanto se preocupan de evitar la soledad de las mascotas, en cambio  la soledad humana suele ser frecuente y aterradora, con la consabida borrachera, en solitario, de todo fin de semana. Borracheras silenciosas, vergonzantes, cívicas y limpias, que solo las detectan los que recogen el lunes, entre la basura, las botellas vacías de whisky, de vodka o de ginebra.

Insensatos son también los que progresan hacia atrás, como los cangrejos y piden que la escuela sea mixta, cuando toda la pedagogía moderna aboga por la educación diferenciada. Están las mujeres enemigas de la maternidad a base de píldoras y derecho al aborto, cuando el feminismo de vanguardia aboga por la maternidad, la regulación de la natalidad por métodos naturales y el valor del trabajo en el hogar.

Dejo aparte a comunistas que siguen con Lenin diciendo que “si los hechos no nos dan la razón, peor para los hechos”. Prefiero señalar a los progres que viven de estereotipos del pensamiento políticamente correcto,  a los que creen en los ovnis, el triángulo de las Bermudas, la invasión de extraterrestres, las profecías de Nostradamus, etc. También a los que piden extender los Derechos Humanos a los grandes Simios  y a la ultraizquierda verde que defiende los derechos de las plantas y de las gallinas quemando gallineros o fotografiándose desnudas para defender la piel de focas, zorros, osos y chinchillas; y a los que propagan la adoración de la Madre Tierra (Gea, Gaia o Pachamama) ¡Yyyy… la lista es interminable!

Puestos así, prefiero quedarme con Groucho Marx y su definición de la política como “el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Cuando dice que “el matrimonio es la principal causa de divorcio” o “debo confesar que nací a una edad muy temprana”, eso parecería falta de sentido común, cuando en realidad es muestra de un peculiar sentido del humor. Pero cuando aquella progre española sentenció que “mientras mi hija y una hormiga no tengan los mismos derechos, vamos mal” no estaba imitando a Groucho; hablaba en serio. Y desgraciadamente también hablaba muy en serio, doctoralmente, aquel  sabio local cuando dijo que “si el cielo estuviera nublado, no se verá el eclipse solar; pero si no hubiera nubes, sí se verá”.

 

Luis Fernández Cuervo                          luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Matrimonio, familia y economía

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

En mi anterior artículo recogía esa sabia e ingeniosa definición del matrimonio que hacia el insigne escritor inglés del siglo pasado, Gilbert K. Chesterton, cuando decía que el matrimonio es “el único Estado voluntario; el único Estado que crea y que ama a sus ciudadanos.” Y si se entiende bien, entonces se comprende lo que dice Gary Stanley Becker, Premio Nobel de Economía en 1992 sobre la familia matrimonial con sus hijos.

Para Becker, la familia es el fundamento de la economía. Para afirmar esto, Becker parte de tres conceptos y principios básicos de la economía: 1.- Los agentes económicos: personas y organizaciones  que intercambian bienes entre sí para obtener beneficios. 2.- El lugar donde se realiza ese intercambio: el mercado. 3.- Los factores de producción (tierra, trabajo y capital) con los que se elaboran esos bienes que los agentes necesitan. Pero Becker piensa que hay un cuarto factor de producción de mayor importancia que los tres anteriores: el capital humano y lo entiende como todas aquellas habilidades y cualidades humanas que la persona tiene al nacer, que va acumulando durante la vida y que contribuyen a que “realice su trabajo de manera más eficiente, aumentando su productividad.”

Los economistas dicen que una sociedad busca utilidades crecientes, máximas, y un bienestar a lo largo del tiempo. ¿Como se incrementa la riqueza? Mejorando cada año los procesos generadores, de producción e intercambio. Y aquí entra la familia, según este premio Nobel, porque “la familia realiza una gran inversión en capital humano”. La hacen los padres en sus hijos, en salud y educación, por ejemplo. La inversión es muy grande –dice Becker- pero desde el punto de vista económico, el beneficio para los padres es muy bajo. Nadie más la haría sino los padres, ni siquiera el gobierno. De hecho, esta inversión implica una renuncia a otros bienes materiales (vehículos, viajes, etc.). En palabras de Becker, los padres realizan todo eso porque son “altruistas” y le dan un valor superior a ese altruismo que a cualquier otro bien.

Y la segunda afirmación rotunda de Becker es que “La sociedad no crece ni se desarrolla si no invierte en capital humano”. Pero ese capital humano debe tener alta calidad profesional, cívica y moral. Y explica que si no hubiera papás interesados en el bienestar de sus hijos, no se hubiera dado un desarrollo económico como el que se dio en Estados Unidos cuando a mediados del siglo pasado muchos padres enviaron a sus hijos a las universidades, haciendo serios sacrificios afectivos y económicos. Esto posibilitó, según Becker, ese pujante desarrollo porque el capital humano fue óptimo.

También dice que los hijos son una de las razones por los que una pareja desea casarse y que desde la perspectiva económica los hijos son bienes durables para los padres aunque de pequeños “no producen nada”, pero en el futuro sí lo harán. Por eso afirma que es necesario que los matrimonios tengan hijos porque eso es lo que garantiza el crecimiento económico prolongado de un país. Y añade que sólo con familias numerosas se podrá resolver el problema de pobreza en el mundo.

Que el aumento de  población favorece el crecimiento económico ya lo habían demostrado otros dos Premios Nobel de Economía: Simon Kuznets (P.N.1971) y F.A. von Hayek (P.N.1974). También el magno trabajo de Julian Simon en sus dos libros: “Populations Matters (1990) y “The Ultimate Resource (1996). Pero lo importante, sobre todo para los hispanoamericanos con una estructura matrimonial y familiar tan deleznable, es el aporte de Gary Becker cuando insiste no solo en el número de hijos, sino en el desarrollo de su “valor económico” dentro del ámbito familiar  de matrimonios estables.

Por eso no se recata en calificar el divorcio como una lacra económica y social. ¿Por qué busca divorciarse una persona –se pregunta y contesta Becker- Porque ve en ello un beneficio. ¿Pero en realidad lo es? Y el juicio de este economista es negativo: el divorcio produce serios daños, tanto en individuos (principalmente los hijos) como en la sociedad y  en el Estado porque, cuando la pareja se separa, tienen que destinarse nuevos recursos (casa, luz, teléfonos, etc.) antes ya asignados con eficiencia.

¿Qué diría Becker del valor económico de nuestra sociedad? ¿Qué diría de una serie de hijos procreados por machos irresponsables en varias mujeres después abandonadas?… No necesitamos que nos lo diga. Basta hojear los periódicos y contar los delitos y asesinatos de cada día. De hogares desechos, de padres irresponsables, el fruto, con frecuencia, está a la vista: hijos delincuentes.

Sólo el matrimonio natural, fiel y perenne hasta la muerte y su amor generoso en la crianza y educación de sus hijos es la piedra angular de la economía y del progreso en armonía y paz social. Lo contrario es pura cultura de la muerte, para nuestro país y para cualquier país, aunque produce beneficios económicos y políticos para la mafia del Nuevo Orden Mundial.

Luis Fernández Cuervo                                   luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Carta abierta a las familias numerosas

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Ahora que pasan, según lo deseo, unas felices vacaciones,  padres y abuelos, rodeados por la corona bulliciosa y alegre de numerosos hijos,  nietos, y en ocasiones demás parentela, hasta completar la gran familia, casi-clan, casi tribu, ahora aprovecho esta ocasión para decirles que ustedes son los realmente importantes en cualquier país, los que engarzan mejor la transmisión de generaciones, la tradición que se hace cambio y progreso, los mejores valores y virtudes de una sociedad humana.

Ríanse ustedes de la propaganda machacona que quiere venderles el timo, con envoltura progresista, de que hay otros tipos de familias, otros tipos de matrimonios y de que tener muchos hijos es ser irresponsables. Todo eso  es rotundamente falso.

Escuchemos a Chesterton cuya sabiduría de la vida y de la familia no envejece: «Todo lo que llamamos moderno ya está anticuado. Todo lo que se llama futurista ya es parte del pasado. Y lo nuevo es todavía demasiado nuevo para que se pueda ver». Pero el matrimonio verdadero de un hombre y una mujer, y la familia verdadera que ese matrimonio forman, y la familia matrimonial de la que proceden, y la que formarán sus hijos, son el cimiento y crecimiento sólido de toda sociedad, no es el Estado ni sus maquinaciones, buenas o malas.

Chesterton sentencia: «Aunque el Estado real es una combinación humana y necesaria, siempre ha sido y siempre será demasiado grande, ancho, torpe, indirecto y hasta inseguro, para ser el “hogar de seres humanos  y de jóvenes que deben ser instruidos en la tradición humana. Si la humanidad no se hubiera organizado en familias, nunca habría tenido el poder orgánico para ser organizada en naciones. La cultura  humana se transmite en las costumbres de incontables hogares; es la única manera en que la cultura humana puede permanecer humana.» Y de esos hogares los más beneficiosos para que cualquier sociedad se mantenga sana, son los hogares con múltiples hijos.

Repito lo que ya escribí en otra ocasión: “Esto no significa nada contra los que tienen solo uno o dos hijos. Tener pocos hijos no siempre es por egoísmo. Cada caso particular, cada persona, es un mundo. Pero sí es cierto que, a nivel de país, son cada vez mas sólidos y numerosos los motivos, experiencias y estudios científicos por los cuales se deben defender y fomentar los matrimonios estables y favorecer además que puedan criar y educar muchos hijos”.

Mi primer aplauso, pues, para todo matrimonio estable y sus hijos. El segundo, más cálido y largo, para los matrimonios que se lanzaron a la intrépida aventura de tener muchos hijos. Mi aplauso y elogio, primero por todas las molestias e impertinencias que han tenido que sufrir, con paciencia y buen humor, de los imbéciles que les tratan de irresponsables. La ignorancia de esa crítica es atrevida y arrogante y su acusación un inmenso error, porque todos los estudios, psicológicos, sociológicos y económicos, coinciden en que la permanencia y progreso saludable de una sociedad depende fundamentalmente de estas familias. «El gobierno  -vuelvo a Chesterton- crece cada día de manera más evidente. Pero las tradiciones de la humanidad soportan a la humanidad; y la tradición del matrimonio es central. Y lo más esencial en ella es que un hombre libre y una mujer libre escogen fundar en la tierra el único Estado voluntario; el único Estado que crea y que ama a sus ciudadanos».

De los divorcios, los emparejamientos inestables y los apareamientos cuasi animales, están a la vista sus frutos mezquinos, ruines, conflictivos, llenos de disputas, violencias y en ocasiones de verdaderos crímenes.

Así que este elogio, defensa y exaltación no es un capricho mío. Es una verdad que actualmente conviene proclamar y subrayar. Hacerlo cuando una poderosa maquinaria política y publicitaria trata de dificultar e incluso destruir el matrimonio verdadero y la generosidad en la procreación y educación de sus hijos.

Es una verdad científicamente analizada y comprobada por muchos que se han especializado en el estudio del matrimonio, la familia y los hijos. Estudios que coinciden con lo que me dice mi experiencia. Las familias mas felices que he conocido, en mi larga vida, son las constituidas por matrimonios estables, fieles hasta la eternidad, y con mas de cuatro hijos; en ocasionas con ocho, diez o mas hijos.

Ya en otra ocasión escribí como para muchos de esos estudiosos, no sólo educan los padres sino que educan y forman más para la vida, los hermanos y hermanas.

Vivimos tiempos donde la ceguera pragmática que padece tanta gente pone el fundamento para el progreso de una sociedad en su economía. En cambio un premio Nóbel de Economía, Gary Becker, piensa que lo fundamental para una buena economía son los matrimonios y sus hijos.

Luis Fernández Cuervo                   luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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