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Carta abierta a las familias numerosas

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Ahora que pasan, según lo deseo, unas felices vacaciones,  padres y abuelos, rodeados por la corona bulliciosa y alegre de numerosos hijos,  nietos, y en ocasiones demás parentela, hasta completar la gran familia, casi-clan, casi tribu, ahora aprovecho esta ocasión para decirles que ustedes son los realmente importantes en cualquier país, los que engarzan mejor la transmisión de generaciones, la tradición que se hace cambio y progreso, los mejores valores y virtudes de una sociedad humana.

Ríanse ustedes de la propaganda machacona que quiere venderles el timo, con envoltura progresista, de que hay otros tipos de familias, otros tipos de matrimonios y de que tener muchos hijos es ser irresponsables. Todo eso  es rotundamente falso.

Escuchemos a Chesterton cuya sabiduría de la vida y de la familia no envejece: «Todo lo que llamamos moderno ya está anticuado. Todo lo que se llama futurista ya es parte del pasado. Y lo nuevo es todavía demasiado nuevo para que se pueda ver». Pero el matrimonio verdadero de un hombre y una mujer, y la familia verdadera que ese matrimonio forman, y la familia matrimonial de la que proceden, y la que formarán sus hijos, son el cimiento y crecimiento sólido de toda sociedad, no es el Estado ni sus maquinaciones, buenas o malas.

Chesterton sentencia: «Aunque el Estado real es una combinación humana y necesaria, siempre ha sido y siempre será demasiado grande, ancho, torpe, indirecto y hasta inseguro, para ser el “hogar de seres humanos  y de jóvenes que deben ser instruidos en la tradición humana. Si la humanidad no se hubiera organizado en familias, nunca habría tenido el poder orgánico para ser organizada en naciones. La cultura  humana se transmite en las costumbres de incontables hogares; es la única manera en que la cultura humana puede permanecer humana.» Y de esos hogares los más beneficiosos para que cualquier sociedad se mantenga sana, son los hogares con múltiples hijos.

Repito lo que ya escribí en otra ocasión: “Esto no significa nada contra los que tienen solo uno o dos hijos. Tener pocos hijos no siempre es por egoísmo. Cada caso particular, cada persona, es un mundo. Pero sí es cierto que, a nivel de país, son cada vez mas sólidos y numerosos los motivos, experiencias y estudios científicos por los cuales se deben defender y fomentar los matrimonios estables y favorecer además que puedan criar y educar muchos hijos”.

Mi primer aplauso, pues, para todo matrimonio estable y sus hijos. El segundo, más cálido y largo, para los matrimonios que se lanzaron a la intrépida aventura de tener muchos hijos. Mi aplauso y elogio, primero por todas las molestias e impertinencias que han tenido que sufrir, con paciencia y buen humor, de los imbéciles que les tratan de irresponsables. La ignorancia de esa crítica es atrevida y arrogante y su acusación un inmenso error, porque todos los estudios, psicológicos, sociológicos y económicos, coinciden en que la permanencia y progreso saludable de una sociedad depende fundamentalmente de estas familias. «El gobierno  -vuelvo a Chesterton- crece cada día de manera más evidente. Pero las tradiciones de la humanidad soportan a la humanidad; y la tradición del matrimonio es central. Y lo más esencial en ella es que un hombre libre y una mujer libre escogen fundar en la tierra el único Estado voluntario; el único Estado que crea y que ama a sus ciudadanos».

De los divorcios, los emparejamientos inestables y los apareamientos cuasi animales, están a la vista sus frutos mezquinos, ruines, conflictivos, llenos de disputas, violencias y en ocasiones de verdaderos crímenes.

Así que este elogio, defensa y exaltación no es un capricho mío. Es una verdad que actualmente conviene proclamar y subrayar. Hacerlo cuando una poderosa maquinaria política y publicitaria trata de dificultar e incluso destruir el matrimonio verdadero y la generosidad en la procreación y educación de sus hijos.

Es una verdad científicamente analizada y comprobada por muchos que se han especializado en el estudio del matrimonio, la familia y los hijos. Estudios que coinciden con lo que me dice mi experiencia. Las familias mas felices que he conocido, en mi larga vida, son las constituidas por matrimonios estables, fieles hasta la eternidad, y con mas de cuatro hijos; en ocasionas con ocho, diez o mas hijos.

Ya en otra ocasión escribí como para muchos de esos estudiosos, no sólo educan los padres sino que educan y forman más para la vida, los hermanos y hermanas.

Vivimos tiempos donde la ceguera pragmática que padece tanta gente pone el fundamento para el progreso de una sociedad en su economía. En cambio un premio Nóbel de Economía, Gary Becker, piensa que lo fundamental para una buena economía son los matrimonios y sus hijos.

Luis Fernández Cuervo                   luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Nuevo ataque contra la dignidad humana

 Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

El gobierno trabaja en una nueva legislación sobre el Sida. En ella van a estar implicados el Ministerio de Salud, el de Educación, el del Trabajo, el Viceministerio de la Vivienda (¡¿?!), el Programa Nacional de Infecciones de Transmisión Sexual y VIH/Sida, la Asociación Atlacatl, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y unas cuantas ONGs para darle una apariencia cosmética de apoyo civil. De ellos, el Mined será el encargado de  introducir la educación sexual obligatoria en las escuelas y colegios. ¿Qué tipo de educación sexual? La definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) así: La educación acerca del sexo, la sexualidad, el aparato reproductor femenino y masculino, la orientación sexual, las relaciones sexuales, la planificación familiar y el uso de anticonceptivos, el sexo seguro (con preservativo), la reproducción, los derechos sexuales (el aborto) y otros aspectos de la sexualidad humana con el objetivo de alcanzar una satisfactoria salud sexual”. O sea lo de siempre: sexo con quien quieras por el orificio que quieras, con el compromiso que quieras o sin compromiso, pero toma las píldoras si eres mujer, ponte el condón si eres hombre.

¿Presunta finalidad de esta nueva ley? “Evitar el aumento de la población con VIH o Sida en el país”. ¿Ustedes se lo creen? ¿Alguien con inteligencia libre, lúcida y honesta se lo cree? ¿Qué hay de nuevo en esta embestida del imperialismo de la Muerte? Nada, es lo mismo de siempre. Eso es lo que ha llenado el mundo de embarazos no deseados, de abortos, de Sida, de infecciones de transmisión sexual, de crímenes y de infelicidad humana en montones de jóvenes, empujándolos a las drogas y al suicidio.

Otra buena ocasión para que la gente con amor a la verdad, con sentido común y con dignidad humana armen una manifestación masiva de Indignados. ¡Basta ya imponernos su anticultura corruptora! Basta ya de mentiras, de hipocresía, de desprecio a nuestra cultura, de violar el derecho de los padres a la educación de sus hijos según sus principios morales y religiosos! ¡Basta ya de tomarnos por imbéciles, corruptos o degenerados!

¿Hay algún programa que haya tenido éxito en el mundo contra el Sida? Sí, claro que sí. ¿Por qué no proponen ese? Comenzó en Uganda y se ha ido extendiendo a otros países africanos con un sorprendente éxito. También ha tenido éxito en  programas norteamericanos en la misma línea.

En 1991, Uganda tenía el 15 por ciento de su población infectada y en el año 2002 la cifra disminuyó al 5 por ciento. ONUSIDA reconoció que este descenso era “único en el mundo” y añadió que Uganda está consiguiendo un efecto que se podría comparar a la “existencia de una vacuna eficaz en el 80 por ciento”. El programa de Uganda, después, lo han seguido con éxito varios países africanos.

En noviembre del 2004, siguiendo el éxito ugandés, la influyente revista médica The Lancet publicó un documento sobre el  consenso mundial firmado por más de 140 autores (incluidos diversos profesores de universidad, presidentes de países y expertos contra el Sida- para promover la estrategia “ABC”: A de Abstinencia, B de Be faithful (ser fiel, fidelidad) y C de Condón, por ese orden. Reservaban el condón sólo para las prostitutas y los miserables que fueran incapaces de vivir la abstinencia o la fidelidad.

El máximo experto en Sida de Harvard, Edward C. Green, dijo: Nuestros mejores estudios muestran una relación consistente entre una mayor disponibilidad de preservativos y una mayor (no menor) tasa de contagios de Sida”.  Nadie pudo rebatirle. Después, en 2009, Green insistió en la revista “First Things”: el Sida se ha reducido en Uganda, Kenia, Haití, Zimbabwe, Tailandia y Camboya, y en zonas urbanas de Costa de Marfil, Etiopía, Zambia y Malawi. Lo común en todos estos sitios es que se había reducido el número de parejas, había aumentado la fidelidad, la monogamia y la abstinencia.

Señores de la OMS y la OPS – que son los que mueven los hilos detrás de este nuevo y turbio montaje-: el PNUD insiste en que el desarrollo debe estar de acuerdo con los valores culturales de cada país. Este es un país mayoritariamente cristiano. Su programa, masivo y obligatorio es decididamente anticristiano. Entonces ¿donde está su respeto a la libertad de creencias y a la democracia?

¿Por qué insisten en programas fracasados? ¿Por qué no recomiendan el ABC? ¿Será porque ese programa hace innecesario el negocio millonario y mundial de anticonceptivos hormonales y condones? ¿Ustedes también participan en ese millonario y sucio negocio? ¿Por qué quieren imponernos conductas que son destructivas de la personalidad y la felicidad humanas?

Luis Fernández Cuervo                           luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Todos me piden cosas

Un cuento de Julio Alfonso, en el recuerdo

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Julio Alfonso

Las paredes me piden pintura. Si miro afuera de mis ojos, las sombras que ha plantado mi vecino penetran sin permiso en los ambientes de casa. Entonces, las paredes también me piden luz. Mis chicos me piden una sonrisa, papá, dale. Complazco la solicitud, aunque no esté en condiciones de sonreír, pues hoy, justamente, el mal humor vino a cobrarme aquella sonrisa que ayer libré sin fondo, cuando fui garante de una alegría tan pasajera como morosa.

Todos me piden algo: los boletines municipales, que pague por los servicios prestados, aunque las ramas de la poda estuvieron procreando nuevos cultivos, hasta que vinieron dos camioneros que, ejerciendo la burocracia del ánimo, sólo retiraron el ramaje, no las bolsas de basura que la desidia de ciertos vecinos dejara para que las ratas los evoquen.

Todos piden: los policías me hacen descender del colectivo y me exigen documento, luego creen saber quién soy. Ese adolescente vestido con ropas ajenas y enormes, vino a ofrecerme una rifa de ayuda para la ‘Villa Vértiz’; dos hermanitas rubias, con los codos y las ganas percudidas, me piden ropa vieja, ‘porque desde ayer somos nueve, mamá está enferma y papá ya no se sabe’.

A uno le gustaría tener pantalón de mil bolsillos nuevos, diarios y mágicos para satisfacer todos los pedidos, pero no. Hasta me dicen ‘usted, que escribe, escríbale a Dios’. Pero no sirve ironizar que la iglesia tiene mail, pero EL no, porque el hambre no entiende intenciones si antes no hubo panza llena, escuela y caricias. Cada pedido tiene en sí una consulta; preguntan, sin decirlo, hasta cuándo ha de durar esta desdicha. Y uno les aclara que no sabe, que estamos en la misma bolsa, que ni bien veamos que el olvido se distrae, iremos en patota a patearle la abulia. Se van conformes, abrazados a un sándwich de pan y queso, el que los lleva hasta la esquina donde viven, no más.

Ella también pide, me pide que la recuerde. Le pregunto si sirven para algo los recuerdos, virus del alma que siempre llegan cuando ha sido consumado el error y las fechas virtuosas ya no sirven para nada. Ella lo piensa y me da la razón con su mirada. Es cuando me pide que la olvide, acto de los sentidos que uno ha puesto en funcionamiento desde tiempo ha, aunque nunca se lo dijo. Entonces, ante semejante falsedad, mi ética pide a gritos el relevo urgente de mi decoro, pedido al que uno accede sin resistencia alguna.

Todos me piden algo. Con algunas puedo, otras me resultan imposibles. Hasta la vida me pide cosas: que la viva, que ella no sea una excusa sólo para respirar y escribir (la misma cosa), que cada minuto perdido no se recupera luego, que no hay muchos luego, que las horas tienen huesos muy pequeños que algunos llaman segundos, que éstos son los dueños y las víctimas de todas nuestras desidias. La vida tiene razón, ella sabe, pero marche preso.

Hasta el recuerdo es pedigüeño: me pide que sea el mismo de ayer, ése que ya no existe en los espejos. Yo le doy la derecha, pues, ¿quién es uno para discutir con el recuerdo, tan prepotente como su antagonista, el olvido?

Un día de éstos, yo también pediré cosas: que alguien despinte el paisaje de la pobreza; que nos presenten un balance entre lo esperado y lo ocurrido; que el encuentro con la esperanza que viene no sea codificado, menos aún diferido.

Por ahora sólo escucho pedidos: una vecina pide un escrito ‘que no sea político, amoroso ni nada’ (¡dio justo con el escriba indicado, señora!); Elba me pide que ‘hable’ de los bichitos de luz que ya no existen; mi tía Lita dice que no me olvide del día de las tías; Mónica y Roberto, que me esperan para tomar mate en el barrio Constitución; desde el póster que tengo en una de las paredes de mi taller de escritura, Sábato cruza sus brazos como pidiéndome una definición de estilo, pues ‘hay dos tipos fundamentales de ficción: o se escribe por juego, por entretenimiento propio y de los lectores, para distraer o procurar unos momentos de agradable evasión, o se escribe para buscar la condición del hombre, empresa que ni sirve de pasatiempo, ni es un juego, ni es agradable!’. Está bien, no se ponga sulfúrico, Maestro. Disculpe, usted. Intentaré otra vez desde el inicio: ‘Las paredes me piden pintura… ‘


“…escribo para morir un poco menos,
para fijar residencia en el recuerdo.”
Julio Alfonso

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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No me vengan con perros callejeros

Un cuento de Julio Alfonso, en su memoria

Julio Alfonso

Faltaban tres cuadras para llegar a casa, cuando siento que alguien me sigue. Doblo en la esquina, y mi perseguidor detrás de mi sombra. Faltó esto para girar sobre mis talones y preguntarle qué le sucedía conmigo. Pero los perros, si tienen una virtud, es no decir palabra alguna. Detuve mis pasos, y el animal negro y enorme detuvo los suyos. Nos miramos a los ojos, como Duhalde con Bush. Yo ensayaba posibles nombres y apelativos. Se me ocurrían aquellos que tuvieran que ver con su porte: Capitán -le dije. Pero el ovejero ni se inmutó; sólo movió la cola en señal de ‘frío, frío, chabón’. Lobo, Lobo, fue mi siguiente intento. Pero nada. Entonces pensé, ‘si no es Capitán ni Lobo, éste debería llamarse Negro o Zorro’. Cuando dije ‘Zorro’ comenzó a saltar con euforia de riverplatense, poniendo todo su entusiasmo sobre el nicotismo de mi pecho. No caí al piso gracias a la bondad de un árbol, contra el que me lengüeteó en señal de gracias. Seguí camino a casa, Zorro tras mis pasos, monitoreando mis intenciones (disculpe, Borges, la ineficaz metáfora del neologismo).

Una vez terminada su gestión, no me olió más, como diciendo: a falta de mejor calidad y analizando la coyuntura socioeconómica de estos tiempos de pobreza irrepetible, no vienen mal segundas marcas (hay perros que arman bastante bien las frases de sus discursos políticos, ¿vio?).

Cuando llegué a casa, toqué timbre para darle una sorpresa a ella. ‘¿Vos también hacés bromas, como la Bullrich? -dijo mi mujer – ¿Y el monstruo ése?’. Le contesté que no era un monstruo, sino un ovejero cruzado con gliptodonte. Pero ella se fue a la cocina, porque ‘hoy no estoy para el humor fino. Además, se me quema el tuco’.

Tomé por el pasillo del costado y fuimos al patio trasero. Los chicos, al ver a Zorro, exclamaron: ‘papá ¡nos compraste un petiso!’. Hube de hacerlo ladrar para que enmendaran ese concepto. El animal ‘se comía todo’, lo duro, lo blando, lo triste. Tenía una virtud; no escondía los huesos, los masticaba.

La primer noche que pasó en casa estuvo tranquilo; en la segunda lloró en forma permanente. Pensé: mañana, ella me hace un escándalo. Pero no, floreció el instinto maternal: pobrecito, debe extrañar. ¿Y si lo dejás salir? Tal vez encuentre el rumbo perdido’. Entonces lo llevé a la vereda, ocasión en que los vecinos guardaron los abuelos por temor a que Zorro los deglutiera, como hicieron algunos tipos con el PAMI. El animal comenzó rastreando el piso. Luego autografió dos hermosos tilos antes de doblar en la esquina. Fue cuando lo perdí de vista. Llegó la tarde y el perro no volvía. Se armó la noche y Zorro sin aparecer. ‘Habrá hallado los olores queridos’ -filosofó ella.

Esa noche soñé que Zorro horadaba puertas con sus pezuñas, ladrando con fuerza. Soñaba, también, que mi mujer me daba codazos para despertarme. Pero no era un sueño. Cuando abrí, Zorro saltó, poniendo sus enormes patas sobre mi pecho. No caí de espaldas gracias a la enorme lámpara de pie. El animal había regresado muerto de hambre, de frío y afecto. Uno de mis chicos preguntó por qué abandonan perros en la calle. Hay gente que no puede mantenerlos -le dije-. Entonces salen a buscar comida junto a otros que les pasan bichitos y otras costumbres.

Cierto día oímos la voz de un locutor diciendo: ‘Se desea conocer paradero de ovejero alemán negro. Responde al nombre de Zorro’. Luego dieron números telefónicos.

Quedaron en venir ‘mañana, por la tarde’, ¡justo que yo tenía un impensado compromiso…!

Los días que no trabajo me asomo a la vereda y miro los pibes jugar a la pelota en la calle. Pero, qué bien la toca el chiquito aquél; cómo la ‘mata’ con el pecho el hijo de Parisi; qué bien le pega el gordito tres dedos.

Al terminar el picado entré a casa porque ‘está listo el mate, viejo. Hoy estrenamos yerbera, azucarera, mate y bombilla, ¿viste?’. Era el regalo que nos dejó un señor de auto y corbata porque le devolvimos el perro, un ovejero que aquella tarde creyó ver en mí una segunda marca.

Julio Alfonso

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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No te mueras nunca

Un cuento de Julio Alfonso, en su memoria

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Noé, el último patriarca antediluviano, estuvo cincuenta y dos años construyendo el arca, esperando que todo el mal del Mundo se solucionara, que los hombres pudieran hallar la verdad. Por ese motivo su demora en terminar el navío. Está haciendo tiempo, diríamos hoy. Pero cierto día llegó la orden de Dios, cuando decidió destruir la Tierra con un diluvio, ordenando a Noé que colocara en el arca su familia y una pareja de cada especie animal. Entonces, ante el mandato de Dios y al comprobar que el diluvio ya era impostergable, Noé dio fin a la construcción del arca. Esta tenía tres pisos. En el primero iban los animales salvajes; en el segundo nivel, todas las aves, y en el piso tercero se podían ver los reptiles. Todas las especies, en organizado dimorfismo sexual.

Según estudiosos del tema, en el libro ‘Apocalipsis de Noé’ (o ‘Libro de Noé’, del que se conservan algunos fragmentos), se puede deducir que las tareas del patriarca eran por demás agotadoras. Debía recorrer varias veces al día los pisos de la barca para verificar si todo estaba en orden o para solucionar cualquier contratiempo; ya sabemos el carácter que ostentan las fieras; el gárrulo que provocan las aves, o el silencio letal que ostentan ciertos reptiles. Alguna leyenda dice que en una de sus habituales recorridas por el navío, Noé percibió serios problemas en el segundo piso del arca; graznidos, agudos piares y chirridos en son de guerra lo sobresaltaron. No con cierta calma, sino prescindiendo totalmente de ella, el patriarca escaló hasta el segundo piso. Ahí pudo advertir que todas las aves se veían nerviosas, enemistadas y hambrientas. Denotaban su disgusto con agudos sonidos que herían los tímpanos del patriarca y su familia. Todas las aves pedían algo, ya fuese comida, agua, espacio. El extenso viaje las había puesto en el colmo de la impaciencia. El abastecimiento de comida no fue solución para calmar la angustia y el hastío de tan largo viaje. Tampoco sirvió de mucho que Noé les dijera que ellas pertenecían a una raza privilegiada, que el Señor había resuelto permitirles sobrevivir al diluvio para que de ahora en más pudieran vivir y procrearse hasta la eternidad. En eso estaba Noé cuando de pronto, en el rincón más oscuro de la nave, descubre a un ave silenciosa, un ave que no se adhería a la garulla general. Era el ave Fénix. Ésta se veía inmutable y silenciosa en su rincón, alejada de toda protesta. Entonces Noé se acercó al ave inmensa, roja y callada para preguntarle: ‘¿Por qué tanto silencio, ave Fénix? ¿Por qué no pides cosas como las otras?’. Fue cuando el ave Fénix contestó desde su humildad, tan grande o más que su enorme cuerpo: ‘No pido cosas para no molestar, Señor. Usted está muy ocupado’. Entonces el patriarca dijo aquello que siglos después haríamos nuestro: ‘No te mueras nunca, nunca’.

Desde entonces, esa ave que nació de la tradición judía, que luego pasó por Egipto, que sobrevoló Grecia y se instaló en la cultura romana, sigue renaciendo ejemplos desde sus cenizas, como aquello que no ha perdido sus valores, como un ser humano que se inmola para salvar la moral de lo que ama, como un país que tiene tres pisos sociales que debemos nivelar entre todos antes que alguien ordene un castigo, un diluvio social como única solución.

Ojalá que los fuertes vientos del Norte (o la impaciencia de las sufridas sudestadas), no se lleven lo único que nos queda después del derrumbe de los últimos años: nuestras propias cenizas. Desde ellas debemos resurgir luego del Apocalipsis de nuestra economía. Y ojalá tengamos la inmensidad moral de aquél ave mitológica, para molestar lo menos posible a quienes trabajan en rever y solucionar los problemas enquistados en nuestra mitología Nacional, males que sólo tienen solución ética y política.


Julio Alfonso

Platón, la Diosa y las curitas

Un cuento de Julio Alfonso, en su memoria

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De las muchas tareas que en la cocina se realizan, pocas son tan gratas e impregnadas de suspenso como hervir leche. Pelar papas requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir un tomate al medio. Lo reconozco, no soy necio. También sé que cortar cebollas es una tarea que linda con las lágrimas. Todos los trabajos en la cocina son importantes -que quede establecido-, pero ninguno como hervir leche. Se me dirá que no es necesario el hervor, que Pasteur (1857) dejó establecido que la fermentación se debe a micro emprendimientos de gérmenes en desarrollo. Está bien, pero, por favor; no se me quite el beneficio bien ganado de la ignorancia, así como el derecho de estancarme en el tiempo, atributo que sólo era patrimonio de algunos políticos y que ahora está al alcance de casi todos. En esa tarea estaba (no la de política estanco, sino hirviendo leche) cuando alguien golpea la puerta de casa. Abro y aparece un señor de traje y corbata blandiendo un paquete de curitas. Antes que promocionara su mercancía alcancé a decirle ‘espere un momento, buen hombre, tengo el fuego encendido’. ‘La Diosa Vesta’, dijo el hombre. Cerré la llave del gas y regresé donde aguardaba el vendedor. No con cierta amabilidad, sino careciendo parcialmente de ella, le pregunté con voz de bajo: ¿Me pareció o Ud. me proclamó Diosa? El hombre -sin bajar el brazo que enarbolaba curitas- contestó ‘No, señor. La Diosa Vesta, como es de conocimiento público, tenía a su orden las Vestales, jóvenes bellas y castas que Zeus, por entonces capo del Olimpo, había encomendado cuidar el fuego, pues era creencia que si éste se extinguía terminaba la vida. ¿Aclarado?’. ‘Perdón por la intromisión -dijo un vendedor de ajos que se ubicó detrás del otro ambulante-; si mal no recuerdo, esas niñas cumplían esa tarea hasta los treinta años. Luego, al ser reemplazadas por jóvenes doncellas, quedaban en libertad’. El de las curitas respondió sin mirarlo: ‘Descartes también solía opinar sobre ese tema. Decía que entre la tierra y el cielo existía una estación llamada fuego’. ‘Claro -refutó el de las restras- ¡cualquier alumno de EGB lo sabe! ¡El hombre se refería al infierno, según mi saber!’. ‘Los agnósticos no pensaban así -retrucó el de las curitas-. Además, disculpe, pero está Ud. muy confundido; una cosa es la filosofía y otra su sabiduría de bachillero’. El señor de los ajos sintió el impacto y dijo: ‘Cualquier chabón sabe que la filosofía es la contemplación reflexiva del Universo, así como mi sabiduría es el conocimiento de la verdad, la ciencia absoluta adquirida por la reflexión, señor pórfido’. Desde su palidez, el vendedor de curitas levantó su voz como para ser oído por todo el vecindario, que a esta altura de la discusión alentaba a su preferido sobre tribunas compuestas de mesas, sillas, inodoros en condición de trueque y banquetas colocadas en la vereda: ‘¿Sabe qué cosa es usted? Un positivista, eso es, un discípulo de Augusto Comte’. ‘Peor es lo suyo -replicó el otro-; usted es ¡platónico! Lo supe desde que lo vi. Es como algunos gobernantes: buscan la República abstracta, la urbe donde no existan los artesanos y se expulse a los poetas. Esa era su filosofía del bien común: beneficio para unos pocos’. ‘¿Y qué me cuenta de Nietzche -dijo el otro mirando de soslayo a su barra brava-, cuando dice que hay un poder superior al poder, el deseo de poder?’. Sus hinchas lo ovacionaron arrojando papelitos al aire. Luego aparecieron las pancartas. Yo, cerré la puerta. Aún así oía gritos como ‘Sócrates, Platón, un solo corazón’ o la tribuna contraria con cánticos como ‘se siente, se siente, los racionalistas están calientes’. Luego todos se fueron llevando consigo su pasión de multitudes. Yo encendí la hornalla y me dediqué a hervir leche, cosa que me apasiona. Pelar papas requiere cierto grado de concentración que no ostenta partir un tomate al medio, lo reconozco, no soy necio. También sé que cortar cebollas es una tarea que linda con lo culinario-trágico, como si comer, en estos días, tuviera el costo de las lágrimas.

Julio Alfonso