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Diálogo entre dos bebés en el vientre materno

En el vientre de una mujer embarazada estaban dos criaturas conversando cuando una le preguntó a la otra: 
 
- ¿Crees en la vida después del nacimiento?
 
La respuesta fue inmediata:
 
- Claro que sí. Algo tiene que haber después del nacimiento. Tal vez estemos aquí principalmente porque precisamos prepararnos para lo que seremos mas tarde.
 
- Bobadas, no hay vida después del nacimiento! ¿Cómo sería esa vida?
 
- Yo no sé exactamente, pero ciertamente habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y comamos con la boca.
 
- Eso es un absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer con la boca? Es totalmente ridículo! El cordón umbilical es lo que nos alimenta. Yo solamente digo una cosa: la vida después del nacimiento es una hipótesis definitivamente excluida – el cordón umbilical es muy corto.
 
- En verdad, creo que ciertamente habrá algo. Tal vez sea apenas un poco diferente de lo que estamos habituados a tener aquí.
 
- Pero nadie vino de allá, nadie volvió después del nacimiento. El parto apenas encierra la vida. Vida que, a final de cuentas, es nada más que una angustia prolongada en esta absoluta oscuridad.
 
- Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del nacimiento, pero, con certeza, veremos a mamá y ella cuidará de nosotros.
 
-¿Mamá? ¿Tú crees en la mamá? ¿Y dónde supuestamente ella estaría?
 
- ¿Dónde? En todo alrededor nuestro! En ella y a través de ella vivimos. Sin ella todo eso no existiría.
 
- Yo no creo! Yo nunca vi ninguna mamá, lo que comprueba que mamá no existe.
 
- Bueno, pero, a veces, cuando estamos en silencio, puedes oírla cantando, o sientes cómo ella acaricia nuestro mundo. ¿Sabes que? Pienso, entonces, que la vida real solo nos espera y que, ahora, apenas estamos preparándonos para ella…

(Anónimo)

Fuente

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Con qué ojos miramos

Dos hombres, ambos seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse en su cama durante una hora cada tarde para ayudar a drenar los fluidos de sus pulmones. Su cama estaba junto a la única ventana de la habitación. El otro hombre debía permanecer todo el tiempo tendido sobre la espalda. Los hombres hablaban, durante horas y horas, acerca de sus esposas y familias, de sus hogares, sus trabajos, su servicio militar, de cuando habían estado de vacaciones…
Cada tarde, el de la cama cercana a la ventana, el que podía sentarse, se pasaba el tiempo describiendo a su compañero de habitación las cosas que podía ver desde allí. El hombre en la otra cama comenzaba a vivir, en esos pequeños espacios de una hora, como si su mundo se agrandara y reviviera gracias a la actividad y el color del mundo exterior. Se divisaba desde la ventana un hermoso lago, cisnes, personas nadando y niños jugando con sus pequeños barcos de papel. Jóvenes enamorados caminaban abrazados entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes y viejos árboles adornaban el hermoso paisaje.
Como el hombre de la ventana describía todo esto con todo lujo de detalles, el hombre de la otra cama podía cerrar sus ojos e imaginar tan idílicas escenas. Una cálida tarde de verano, el hombre de la ventana le describió un desfile que pasaba por allí. A pesar de que el otro hombre no podía escuchar a la banda, sí podía verlo todo en su mente, pues su compañero lo representaba todo con palabras muy descriptivas.
Pasaron días y semanas. Un día, la enfermera de mañana llegó a la habitación llevando agua para el baño de cada uno de ellos. Al descubrir el cuerpo del hombre de la ventana, observó que había muerto tranquilamente en la noche mientras dormía. Ella se entristeció mucho y llamó a los compañeros del hospital para sacar el cuerpo. Tan pronto como lo creyó conveniente, el otro hombre preguntó si podría ser trasladado cerca de la ventana. La enfermera estaba feliz de realizar el cambio. Cuando lo hubo cambiado, lo dejó solo.
Lenta y dolorosamente, se incorporó apoyado en uno de sus codos para tener su primera visión del mundo exterior. Finalmente, tendría la dicha de verlo por sí mismo.
Se estiró para mirar por la ventana. Lentamente giró su cabeza y, al mirar, vio una pared blanca. El hombre preguntó a la enfermera qué pudo haber obligado a su compañero de habitación a describir tantas cosas maravillosas a través de la ventana.
La enfermera le contestó que aquel hombre era ciego y que de ningún modo podía ver esa pared, y que quizá solamente quería darle ánimos.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Las voces del silencio

En su extraordinaria obra autobiográfica, “Confieso que he vivido”, el gran poeta chileno Pablo Neruda, premio Nóbel de literatura, nos cuenta la anécdota del poeta andaluz Pedro Garfias, uno de los muchísimos artistas, intelectuales y obreros que debieron abandonar España tras la Guerra Civil y el triunfo de las fuerzas franquistas antidemocráticas.

Pedro Garfías

Pedro Garfias vino a dar en condición de exiliado a un castillo escocés. El dueño del castillo se la pasaba viajando y el poeta vivía prácticamente solo en ese inmenso castillo. Para hacer más soportable su soledad, acostumbraba ir todas las noches a la taberna del pueblo cercano y, como no hablaba ni una palabra de inglés ni ninguno de los clientes sabía algo de español, pasaba las horas en silencio sobre su cerveza, rumiando nostalgias y recuerdos. Una noche, cuando ya era hora de cerrar y se estaban marchando todos los clientes, el tabernero le hizo una señal de que se quedara todavía un rato. Le sirvió y se sirvió una cerveza y así estuvieron un largo tiempo, uno junto al otro comunicando hondamente sus silencios. Durante varios días prosiguieron este ritual de profunda comunicación, hasta que un día, Garfias no pudo contener el torrente de palabras que le brotaban desde el alma y le contó sus problemas al tabernero, quien, sin entender las palabras, estuvo escuchando y asintiendo emocionado. Cuando terminó el poeta, el tabernero asomó al amigo con palabras extrañas a los rincones más ocultos de su alma. Y siguieron durante varios días escuchándose sin entenderse, o mejor, entendiéndose más allá de las palabras, fraguando una amistad más fuerte que las barreras del idioma. Garfias consiguió visa para marcharse a México, y la noche anterior a su partida estuvieron tomando y despidiéndose en palabras desconocidas hasta que la mañana dio unos tímidos golpes en la ventana. Años más tarde, el poeta andaluz le confesaría a Neruda:

“Nunca entendí una sola palabra de lo que él me contaba, pero cuando lo escuchaba, siempre estuve seguro de que lo comprendía. Y sé que cuando yo hablaba, él también entendía lo que trataba de expresarle”

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Se enseña lo que se es

Cuentan que, en cierta ocasión, San Francisco de Asís invitó a un fraile joven a que le acompañara a la ciudad para predicar. Se pusieron en camino y estuvieron por un buen rato recorriendo las calles de la ciudad saludando con cariño a las personas que encontraban. De vez en cuando, se detenían para acariciar a un niño, consolar un anciano, ayudar a una señora que volvía del mercado cargada de bolsas. Al cabo de un par de horas, Francisco le dijo al compañero que ya era hora de regresar al convento.

-Pero, ¿no vinimos a predicar? –preguntó el fraile con extrañeza. Francisco le respondió con una sonrisa muy dulce:

-Lo hemos estado haciendo desde que salimos. ¿Acaso no viste cómo la gente observaba nuestra alegría y se sentía consolada con nuestros saludos y sonrisas?

Sólo es posible educar valores si uno lucha y se esfuerza por construirlos en su propia vida. Con frecuencia, hablamos de valores, proponemos valores, mostramos valores, reflexionamos valores, pero no los enseñamos porque no los vivimos, porque no nos comprometemos a encarnarlos en nuestro actuar cotidiano. Padres y maestros deben plantearse, con humildad y con responsabilidad, ir siendo modelos de vida para sus hijos y alumnos, de modo que estos los perciban como personas comprometidas en su continua superación. Sólo podrá enseñar valores el que se esfuerza por enseñárselos a sí mismo, el que lucha por levantarse de sus debilidades y se compromete día a día a ser mejor. En una cultura y un mundo donde niños y jóvenes son bombardeados con propuestas de modelos huecos, narcisistas y vanos, donde la plenitud se degrada a mero consumir y aparentar, necesitamos transformar profundamente los actuales centros educativos si queremos realmente incidir en la formación de los alumnos. De meros lugares de enseñanza e instrucción o depósitos de niños y de jóvenes mientras sus padres trabajan, los centros educativos deben concebirse como espacios para practicar, vivir y desarrollar los valores que se consideran esenciales para el individuo y la colectividad. Por ello, deben entenderse y asumirse como comunidades de vida, de participación democrática, de diálogo, trabajo y aprendizaje compartido. Comunidades educativas que rompen las absurdas barreras artificiales entre escuela, familia y sociedad, en las que se aprende porque se vive, porque se participa, se construyen cooperativamente alternativas a los problemas individuales y sociales, se fomenta la iniciativa, se toleran las discrepancias, se promueve y se practica día a día y en todas las instancias y momentos la solidaridad y el servicio. Educar valores implica que cada maestro y profesor entiende y asume que no es sólo docente de una determinada área o materia, sino que fundamentalmente es maestro de humanismo, que su función va mucho más allá de transmitir conocimientos o preparar a los alumnos para que pasen con éxito una serie de pruebas y de exámenes. Educar, una vez más, es formar personas, cincelar corazones, abrir horizontes y caminos de vida plena y estimular con el ejemplo y la palabra a caminarlos. No olvidemos nunca que si bien uno explica lo que sabe o cree saber, UNO ENSEÑA LO QUE ES.
(Tomado de “En casa con Dios”)

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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El viaje de la imaginación

“Si soñamos conque vamos a volar, pronto empezarán a brotarnos las alas. Volaremos algún día” Fernando Savater
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Julio Verne, uno de los escritores favoritos de los jóvenes, ha nutrido con sus novelas las fantasías de millones de adolescentes en todo el mundo. Armando José Sequera nos recuerda que, desde muy niño Julio Verne soñaba con el mar, con emprender largos viajes de aventuras. De hecho, cuando sólo tenía once años de edad, una mañana se escapó de su casa a galope tendido, se fue hasta el puerto de la ciudad más cercana y se embarcó como grumete en “La Coralie”, un navío que partía rumbo a la India. El joven aventurero no pudo llegar muy lejos: En la primera escala que hizo el barco lo estaba esperando su padre, un exitoso abogado que había decidido, sin importar para nada lo que pensara su hijo, que Julio continuara la tradición familiar y fuera abogado como él y como también lo había sido su padre, el abuelo de Julio. Para cortar por lo sano el afán aventurero del niño y castigar la osadía de haber huido de la casa, Julio fue castigado a una dieta forzada de sólo pan y agua durante diez días y a recibir catorce azotes con un látigo delante de toda la familia. Cuando llegó a la mitad de los azotes, el padre detuvo el castigo y le preguntó:

-¿Prometes no viajar más que con la imaginación?

El que luego sería uno de los escritores más admirados y leídos en todo el mundo, tuvo que responder que sí, que en adelante sólo viajaría con su imaginación. Y Julio Verne dio rienda suelta a su fantasía y creatividad. Su extraordinaria imaginación fue guiando su pluma y una tras otra fueron naciendo 65 novelas que él mismo bautizaría como “Viajes Extraordinarios”. Desde su escritorio francés, se adentró por las selvas del Orinoco, dio la vuelta al mundo, penetró al centro de la tierra, recorrió el fondo de mares y océanos y hasta se trepó a la luna adelantándose cien años a los viajes espaciales.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Valoramos las apariencias

Cuentan que en un concurso para imitar a Charles Chaplin tomó parte el propio actor, y quedó tercero.

Un rey le contaba a un sabio sufí lo extraordinariamente buenos y generosos que eran sus súbditos.

-Estás muy equivocado –le dijo el sabio-. La gente de tu reino actúa de acuerdo a las apariencias. Le dan muy poca importancia a los hechos, que son los que demuestran espíritus grandiosos.

Al oír esto, los cortesanos se pusieron bravos y le rogaron al rey que no hiciera caso a ese falso sabio.

-Majestad, ellos dirán lo que quieran, pero en este mundo vil, todo funciona al revés: la persona más preciosa no vale nada, y la persona que no vale nada es la más preciosa.-Demuéstramelo –dijo el rey-. Si no lo haces, mandaré que te corten la cabeza por decir cosas falsas y descabelladas.

El sabio sufí invitó al rey a que se disfrazara como una persona común y así dieran una vuelta por la ciudad. Llegaron al mercado y el sabio sufí le insinuó al rey que pidiera un kilo de cerezas que habrían de servir para salvarle la vida a un enfermo muy grave. Fueron inútiles las súplicas del rey. El comerciante, cansado de argüir con él, lo echó del lugar y le dijo que si no se iba pronto lo sacaría a palos.

-Las cosas que tiene que oír uno en la vida –mascullaba el comerciante-. ¿Acaso tengo cara de idiota? Estos mendigos miserables ya no saben qué inventar para engañarlo a uno.

El rey estaba a punto de revelar su identidad, cuando el sufí se lo llevó afuera. Caminaron un buen rato y llegaron a las orillas de un río que corría crecido con las aguas del deshielo. En un descuido, el sufí le dio un empujón al rey que cayó al agua. Empezó a gritar pidiendo ayuda, pero aunque se acercaron muchos curiosos atraídos por sus gritos, nadie hizo nada. Ya estaba a punto de ahogarse, cuando un mendigo, el más harapiento de la ciudad, se lanzó al agua y lo salvó. Entonces el sufí se acercó al rey que temblaba de frío y de indignación, y le dijo:

-¿Viste cómo era cierto lo que yo te dije? Cuando tú, que eres la persona más valiosa del reino, pediste un kilo de cerezas para salvar la vida de un enfermo, no obtuviste nada y hasta estuviste a punto de que te partieran la cabeza a golpes. En cambio, este mendigo, que supuestamente es la persona que menos vale en tu reino, ha expuesto su vida por ti y te ha salvado. No son las apariencias las que cuentan, sino los hechos.

Vivimos la vida como una actuación. Cada día se nos impone con mayor fuerza la cultura de la apariencia, del qué dirán. Regalamos por cumplir, por no quedar mal, porque todos lo hacen, no por agradar. Manejados por la publicidad y las propagandas, compramos no lo que necesitamos, sino lo que el mercado necesita que compremos. El mercado crea incesantemente nuevos productos y la televisión se encarga de convertirlos en necesidades. Hablamos sin pensar lo que decimos, vivimos rutinas, compramos propagandas. Decimos que nos divertimos mucho en la fiesta porque se espera que digamos eso, que nos gustó mucho la película publicitada que todo el mundo dice que es muy buena, aunque nos hayamos aburrido soberanamente al verla. Aplaudimos porque todos lo hacen; sonreímos, sin saber por qué, cuando todos lo hacen. En breve, cada día son menos las personas que se atreven a vivir, a ser dueños de su propia vida: la mayoría son vividos por los demás: el televisor, las costumbres, las modas, el qué dirán… Tratamos a los demás de acuerdo a su aspecto. Nos sentimos crecidos cuando podemos ver o dar la mano a un ídolo de la canción, a un personaje famoso, sin importar si es un soberano egoísta, o un cretino, esclavo de su imagen y su fama. Por otra parte, despreciamos y nos alejamos de los pobres, los humildes, a quienes vemos con frecuencia como amenazas. Necesitamos una educación que enseñe a ver la realidad, más allá de las apariencias. Una educación capaz de ver a cada alumno con los ojos de Dios.
(Tomado de “En casa con Dios”)

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Las manos más hermosas

 

 

Alberto Durero fue un afamado pintor y grabador alemán, sin duda alguna el representante más genial del Renacimiento en el norte de Europa. Hombre de un profundo humanismo, gozó durante su vida de gran prestigio y popularidad. Entre las obras que más gustan a la gente y que han sido reproducidas en millones de copias, se encuentra sus “Manos Orantes”. Esta es su historia:

Alberto Durero y Franz Knigstein eran dos jóvenes amigos que luchaban contra toda adversidad por llegar a ser artistas. Como eran muy pobres y no tenían ningún mecenas que los ayudara, decidieron que uno de ellos estudiaría arte y el otro buscaría trabajo y sufragaría los gastos de los dos. Pensaban que, cuando el primero culminara sus estudios y ya fuera un artista, con la venta de sus cuadros podría subvencionar los estudios del compañero. Echaron a suerte para decidir quién de los dos iría primero a la universidad. Durero fue a las clases y Knigstein se puso a trabajar. Durero alcanzó pronto la fama y la genialidad. Después de haber vendido algunos de sus cuadros, regresó para cumplir su parte en el trato y permitir que Franz comenzara a estudiar. Cuando se encontraron de nuevo, Alberto comprobó dolorosamente el altísimo precio que había tenido que pagar el compañero. Sus delicados y sensibles dedos habían quedado estropeados por los largos años de duro trabajo. Tuvo que abandonar su sueño artístico, pero no se arrepintió de ello, sino que se alegró del éxito de su amigo y de haber podido contribuir a ello. Un día, Alberto sorprendió a su amigo de rodillas y con sus nudosas manos entrelazadas en actitud de oración. De inmediato, el artista delineó un esbozo de la que llegaría a ser una de sus obras más famosas “Manos Orantes”.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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El amor, ese tesoro escaso

Escribe desde El Salvador: Luís Fernández Cuervo

Luis Fernández Cuervo

Mañana, día de los enamorados, el amor, etc. Pero vivimos tiempos de egoísmo y placer. Por lo tanto… ¿enamorados? Pocos. ¿Enamoriscados, encaprichados? Muchos y por poco tiempo. Amor es la palabra más prostituida en nuestros días. Con ella se puede significar cualquier cosa,… menos el amor. Y sin embargo el amor auténtico es lo más necesario de nuestra  vida y de la verdadera felicidad.

Yo creo en tres amores que pueden llamarse, con  toda excelencia,  AMOR. Uno, el más alto, el que por vocación divina, renuncia a todo lo que Dios le pida. El otro, el amor conyugal entre un hombre y una mujer, unidos en fidelidad matrimonial para toda la vida y aceptando los hijos que nacen de su amor –no de su cálculo- como un don, como un regalo, nunca como una carga. El tercero es el amor de los padres, a veces prefiriendo morir para salvar la vida de sus hijos.

El psiquiatra español Enrique Rojas llama a “las revistas del corazón”  los cómics de los mayores. “Sus lectores –dice-, mujeres y hombres, las devoran. Y aunque no lo parece, ejercen un enorme influjo negativo en dos aspectos: crean un modelo de mujer y de hombre epidérmico, superficial, light, inconsistente; y, por otra parte, estimulan la tendencia inconsciente a copiar esos modelos rotos (…) Una de las grandes educaciones por hacer es la educación sentimental. ¿Quién la hace, dónde se explica, en qué universidades se habla de esto? Nos encontramos muchísima gente preparada en el terreno profesional, con grandes fracasos sentimentales porque no conocen la gramática de la vida conyugal y afectiva.”

El doctor Rojas sabe de qué habla porque tiene publicados varios libros sobre el amor, con múltiples ediciones, y muy especialmente sobre el amor matrimonial. Por eso dice: “Educar en la ternura significa un sí a la vida afectiva y a la vida sexual, que se complementan; si se les quita la delicadeza en el modo de mostrar afectividad, se les da un golpe terrible y todo queda reducido a un cuerpo a cuerpo. La sexualidad es un lenguaje del amor. Hoy, en muchos casos, la relación sexual no tiene afectividad; son relaciones sólo de apasionamiento. A una edad en la que el sexo pide paso y se le da, si no logra enfocarse y orientarse de manera adecuada, el resultado es dramático. La sexualidad, a diferencia de otras parcelas de nuestro patrimonio psicológico, debe educarse, de no hacerlo, uno vive con un tirano dentro que obliga, empuja y arrastra a una conducta degradante. A eso se le puede llamar amor, pero eso no es amor.”

El amor verdadero exige sacrificio, renuncias, tanto el amor a Dios como  el amor matrimonial o  el amor de los padres a sus hijos. Y cada uno de esos amores exige que se construya día a día, que se cuide, que se perfeccione, que se reinvente si es necesario.

La anticultura imperante inclina a lo contrario, a lo placentero, lo gratificante con el mínimo esfuerzo. Son ligazones sin heroísmo, sin fidelidad ni compromisos para siempre. Son como golosinas de supermercado: comprar, usar, consumirla, cambiarla por otra nueva y botar el envoltorio: las promesas. ¿Eso es felicidad, eso es amor? No lo es; por eso cada vez la convivencia social se hace más difícil, más conflictiva. El remedio: educar en el amor conyugal y fortalecer la institución social del matrimonio.    

Yo espero que, según lo prometido bajo palabra de honor, los diputados de la Asamblea Legislativa ratifiquen ya las reformas que robustezcan en la Constitución la institución del matrimonio -unión conyugal entre un hombre y una mujer-  y también instauren legalmente los derechos del niño a tener una mamá y un papá. Es profundamente perjudicial seguir fomentando todo lo que destruye el matrimonio y la ley natural universal.

Fortalezcamos la cultura del amor y de la vida; rechacemos la anticultura del egoísmo y de la muerte.

Luis Fernández Cuervo                     luchofcuervo@gmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Qué hacer con lo que tenemos

El 18 de noviembre de 1994, Itzhak Perlman, el violinista, entró al escenario para dar un concierto en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center en la ciudad de Nueva York.

Si alguna vez ustedes estuvieron en un concierto de Perlman sabrán que para él llegar al escenario es un pequeño logro. Tuvo polio cuando fue niño, tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas.
Verlo cruzar por el escenario dando un paso por vez, costosa y lentamente,  es una visión asombrosa. Camina penosa, pero majestuosamente, hasta que llega a su silla. Entonces, se sienta lentamente, pone sus muletas en el suelo, afloja los  sujetadores de sus piernas, coloca un pie hacia atrás y extiende el otro hacia adelante, luego se inclina y levanta el violín, lo pone bajo su mejilla, hace una señal  al director y comienza a tocar.

Esa noche, como siempre, la audiencia estaba acostumbrada a este ritual. Ellos permanecieron sentados mientras él hacía su trayecto hasta la silla. Permanecieron reverentemente silenciosos mientras se aflojaba los sujetadores de sus piernas, y esperaron hasta que estuviera listo para tocar.

Pero esa noche algo anduvo mal. Justo cuando él terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Se pudo escuchar el ruido, sonó como un tiro atravesando el salón.

No había equivocación sobre lo que ese sonido significaba. No había tampoco dudas sobre lo que él tendría que hacer. Los que estaban allí esa noche pensaron para sí mismos:

-”Tendrá que levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, levantar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para encontrar otro violín o para encontrar otra cuerda para el suyo”.

Pero él no hizo esto. En su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente. La orquesta comenzó, y el tocó desde el punto en el que se había detenido. ¡Y tocó con tanta pasión, tanto poder y tanta pureza como ellos nunca lo habían escuchado antes!

Por supuesto, todo el mundo sabía que era imposible interpretar un trabajo sinfónico con solo tres cuerdas, pero esa noche Itzhak Perlman rehusó saberlo. Se lo podía ver modulando, cambiando, recomponiendo la pieza en su cabeza. En un punto eso sonó como si estuviera sacando el tono de la cuerda que se había roto, y extrayendo nuevos sonidos de ellas que nunca habían dado antes.

Cuando terminó, hubo un impresionante silencio en el salón, y entonces la gente se levantó y lo aclamó. Hubo un extraordinario aplauso proveniente de cada rincón del auditorio. Estábamos todos de pie gritando y animando, haciendo todo lo que podíamos para demostrar cuánto apreciábamos lo que acababa de hacer.

El sonrió, se secó el sudor de sus cejas, detuvo su inclinación para aquietarnos y luego dijo, no con presuntuosidad sino en un tono reverente, pensativo, sereno:

-”Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es descubrir cuanta música puede uno hacer con lo que aún le queda”.

itzhak perlman

En ciertas ocasiones la vida nos quita sin permiso alguna cuerda. Es probable que nos tome algún tiempo calcular cómo seguir adelante con la aparente carencia, pero una vez hecho el cálculo, quizás nos vaya mejor sin esa cuerda. Hacer música y hacer vida quizás sean cuestiones muy similares. Este hombre podría haberse enojado con la vida por ser tan injusta, podría haberse ido a su casa luego de suspender la presentación, pero no hizo nada de eso. Puso a prueba su propia maestría, y consiguió la mejor noche de su vida.

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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El andinista

El andinista

Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo una escalada bastante complicada, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él  había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás, así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esa empinada montaña.

Hasta que en un momento determinado, quizás por un mal cálculo, quizás porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener la cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeando suavemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.

Pasó toda su vida por su cabeza y, cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizás la soga se había quedado colgada de alguna amarra…si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.

Miró hacia arriba pero todo era ventisca y la nieve cayendo sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado a su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.

Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse ere infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podría subir a buscarlo antes de que pasara la nevisca y, aun en ese momento, ¿cómo sabrían que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco?

Pensó que, si no  hacía algo pronto, ése sería el fin de su vida. Pero ¿qué hacer?

Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó una voz. Una voz que venía desde su interior que le decía “suéltate”, “déjate caer, no seas bobo, ¿no ves que así no puedes seguir?”, y sintió que la voz insistía “suéltate….suéltate”.

Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía. Y la voz insistía “suéltate”, “no sufras más”, “es inútil este dolor, suéltate”. Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aun, mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que sin lugar a dudas le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.

Cuenta la leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvamento encontró al escalador muerto. La mano la tenía totalmente congelada aferrado a su soga… a menos de un metro del suelo. Si se hubiese soltado hubiese podido regresar por su propio pie al refugio, pero no lo hizo por temor a perder su vida.

A veces tenemos la tendencia a aferrarnos tenazmente a las cosas que nos rodean, ya sean materiales o las personas de las que nos rodeamos. Creemos que asiendo con fuerza a alguien o a algo lo conservaremos y lo seguiremos haciendo propio. Nos aferramos a ideas que, aunque gastadas cual fría soga, nos dan la ilusión de perdurabilidad. Creemos que aferrándonos a esos vínculos que nos dañan nos salvaremos de la muerte. Pero en ciertas ocasiones tenemos que soltarnos. Hay veces en que esa soga nos impide ver un mundo nuevo, un mundo en donde podríamos ser mejores personas, y no ese congelado ser que cuelga como un pelele aferrado a sogas e ideas vetustas.

“En tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje se adueñarán del futuro, mientras que aquellos que creen saberlo todo estarán bien equipados para un mundo que ya no existe” Eric Hoffer

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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