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Vidas cambiadas

 

Un cuento escrito desde Argentina por: Maia Ferro Suar

¿Qué harías si tu vida cambiara de un segundo a otro, tan rápido que ni siquiera pudieras darte cuenta en qué momento sucedió?

¿Qué tal si no existiéramos, si nunca hubiéramos nacido? ¿Y si tan sólo jamás hubiésemos sido nosotros, si no hubiéramos conocido el mundo como lo conocemos, si la realidad en la que vives nunca la hubieras vivido?

Nunca te has puesto a pensar qué cosas cambiarías de tu vida. Y si sólo cambiaran las cosas buenas, tu familia, tus amigos, incluso tus problemas se volvieran diferentes.

¿Qué harías? Bueno, a mí si me pasó. Y te diré lo que hice: Nada. Absolutamente nada. Sólo me adapté a ella, tal vez si lo hubiese intentado hubiera podido volver a mi antigua realidad, pero no, no hice nada al respecto. Nunca supe si fue por miedo o si estaba en shock, pero al momento de reconocer si era mi vida o no, me di cuenta del cambio aunque la acepté como propia.

No sé el motivo real por el cual cambió, pero sí acepté esa realidad de alguien más, no me convertiría en el causante, aunque se podría decir en términos vulgares que yo fui quien cambió mi realidad, mi vida, y la convirtió en algo que no era y nunca hubiese sido.

Son esos momentos en los que uno da por perdido todo lo que había logrado, cuando llega la reflexión. Momentos en los que pensamos qué hicimos mal, qué hicimos bien, y qué dejamos atrás, qué extrañaremos y qué no. Sólo en esos instantes nos damos cuenta de lo que era nuestro, de lo que nos pertenecía y de lo importante que eran algunas cosas que jamás volveremos a tener.

Para dejar más en claro esto que trato de explicar, voy a contar mi historia. No es una historia feliz, ni maravillosa, ni terrorífica. Simplemente una historia, en la que tal vez encuentren algo de drama y un aire melancólico.

De más está decir mis datos personales, así como también contar mi niñez y adolescencia, ya que no tienen inferencia en el relato que pasaré a dictar.

Si me hubiesen pedido que contara cómo era mi vida en otra etapa no lo hubiera hecho desde la perspectiva que lo hago ahora. Recuerdo a mi esposa, mis 2 hermosos hijos, mi perro, mi casa, mi auto, mi oficina, lo recuerdo todo y sigo agradeciendo por no haberlo olvidado.  Son pocas y cada vez menos las veces en las que me distancio de mis quehaceres y recuerdo los momentos felices que pasé. La última vez que los ví fue hace cuatro años, una mañana primaveral. Me desperté a las 6am (como era habitual), tomé una ducha mientras mi esposa se levantaba a despertar a los niños. Cuando bajé a la cocina, el desayuno estaba preparado, los niños cambiados y listos para que los lleve al colegio. Besé a mi mujer y me despedí; subí al auto, me abroché el cinturón de seguridad y arranqué. Directo a la escuela cuyo nombre no recuerdo (¡increíble!)

Una vez despachados los niños, sólo quedaba llegar a la oficina y ganar “el pan de cada día” pero en ese habitual recorrido fue donde cambió lo que conocía como “vida”.

Tomé la misma calle por la que transitaba todos los días, lentamente los autos se iban atascando hasta quedar embotellados. Me acomodé y encendí la radio esperando que se descongestionara la situación. Así pasaron 15 minutos y mi paciencia comenzaba a agotarse.

Bajé del auto y pude observar una concentración de gente que tapaba la calle. Al notar que no era una manifestación sino un grupo de conductores varados al igual que yo, me acerqué y pude notar el clásico desorden y bullicio que existe en un accidente. Si, lo era, una tragedia había ocurrido, un Audi negro con vidrios polarizados se había estrellado con el acoplado de un camión de tal forma que ahora se encontraba incrustado en la parte inferior del transporte.

Pasaron dos largas horas hasta que el equipo de rescate logró despegar los vehículos y asegurarse del número de victimas. Afortunadamente el conductor del camión no había sufrido daños graves, pero al llegar a la cabina del conductor del carro negro se reconoció la pérdida de un joven individuo masculino.

Casi irreconocible, por sus heridas generales, yacía en el asfalto el cuerpo frío y tieso de esa pobre víctima, que lucía rodeado de una multitud de gente, entre ellos ahora, grupos de reporteros, paramédicos, conductores curiosos y yo. Mientras, mecánicos especializados sacaron con éxito el resto del Audi, fue entonces cuando divisé su matrícula, primeramente sin importancia, pero en una observación mas minuciosa descubrí por qué me parecía familiar. Sorprendido volví mi vista hacia el cuerpo, buscando hallar su mano. Sí, estaba casado, tenía su anillo en su dedo, exactamente igual que al mío.

Luego de eso, recuerdo haber sentido una sensación de frío que recorría desde la punta de mis dedos hasta el último de los cabellos de mi cabeza. Una simple mirada bastaba para sentir ahora que no estaba allí, del lado del espectador, tampoco era la víctima, sino que era integrante de un tercer lugar. Ya no estaba en mi cuerpo, no sentía, no respiraba y no caminaba como lo hacía materialmente. Todo mi panorama se transformó en energía, eso es lo que era, eso es lo que soy, sólo una energía fuera de su máquina. Dispersa en el aire sin conexión con lo material.

Al ver cómo llevaban los restos que habían quedado de mí, tomé la decisión de seguir junto al cuerpo, con la tonta esperanza de que eso que reposaba inmóvil sobre la camilla cobrara vida y yo pudiera regresar a tal forma. La ambulancia ya no se dirigía hacia el hospital, ahora tomaba otro rumbo e iba directo hacia la morgue más grande de la ciudad. 

Una vez allí me senté en una de las salas a esperar un resultado, un informe, o simplemente la llegada de lo que sería mi nuevo destino. Pero nada pasó, nadie llamó, nadie me buscó y nadie me llevó, me quedé allí, en ese mismo lugar en el que me había sentado, inmóvil, tieso, frío y shockeado, esperando o no, pero me quedé.

Poco después llegó a mis oídos la conversación de dos médicos forenses. Éstos, hablaban del recién llegado, habían podido reconocer su identidad. Al oír su nombre me helé aun más que antes, ese hombre que había fallecido, al cual había acompañado, no era yo. En esos ni en ningún otro de los registros figuraba mi nombre, mi apellido, algo que me identificara, eran solo cuerpos de personas a las que desconocía, gente que no era yo. ¿Cómo era posible que ese paso de lo material a lo espiritual haya sido falso? No estaba loco, en verdad nadie me veía, no existía ya para las personas, era otro más que pasaba “a mejor vida” pero mi cuerpo no aparecía.

Corrí hacia mi casa para poder organizar mis ideas en un lugar que me resultara familiar. Allí estaban mi esposa y mis hijos, muy tranquilos e inadvertidos de lo ocurrido. Dediqué unos instantes a contemplar la escena familiar, triste, por no haber podido disfrutar de eso que me estaba perdiendo, de no haberle prestado atención cuando lo tenía, fue entonces cuando los niños corrieron alegres y eufóricos hacia la puerta… era mi cuerpo, ahí parado, lleno de vida y felicidad, la misma que a mí me faltaba. ¿Era posible lo que estaba pasando?, ¿era real lo que estaba viendo?  Increíblemente era real, mi cuerpo tenía otra energía, una mucho más vital que la que yo le había dado, pero ¿cómo se explicaba que mi cuerpo decidiera desplazarme para tomar otra esencia? ¿Cómo y en qué momento había ocurrido tal atrevimiento? ¿Quién era el responsable de mi despojo, a mí…, de mi cuerpo?

Muchas preguntas, y aunque hayan pasado ya cuatro años sigo sin respuestas con la certeza de que jamás las encontraré. Es ahora, en este estado, cuando me sobra el tiempo que me faltaba en vida para rememorar viejos recuerdos de lo que alguna vez tuve y nunca valoré.

Maia Ferro Suar

Fuente

 

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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El Hybrid


Un cuento escrito desde Argentina por: Juan Francisco Varga

“Porque me duele si me quedo

pero me muero si me voy.

Por todo y a pesar de todo, mi amor,

yo quiero vivir en vos”

Despierto desorientado, sobresaltado, ahogando un grito generado en el sueño que estuvo a punto de volverse realidad. Miro a mí alrededor. La televisión está prendida en el canal de siempre, su sonido se entremezcla con el incansable ruido que generan los ríos cloacales, ubicados tras los muros de mi “hogar”.

Me levanto de la cama, abro la puerta, el ruido se hace mas intenso, la fría brisa golpea en mi cara, mezclada con un pestilente olor que me genera nauseas. Como todos los días, me acerco a la orilla, agacho la cabeza y vomito abundantemente. “Es el precio de un buen escondite” pienso. Me lavo la cara, hago mis necesidades básicas en este improvisado y enorme “baño” y vuelvo a mi habitación/casa.

Me tiro sobre la cama, trato de recordar el sueño, sin resultados. Solo resuena en mi cabeza aquella frase, escrita hace tiempo por María Elena Walsh, autora de varios cuentos y canciones de mi infancia, una de mis heroínas en aquellos tiempos.

Pensando en el motivo por el cual esa frase resonó en mis sueños, aparecieron desordenadamente infinitos pasajes de mi memoria, desde la primera vez que toqué un arma, hasta unos meses atrás.

Imágenes muy nítidas, a pesar del tiempo transcurrido, me recordaron el día en que tomé el examen de ingreso, para poder entrar al “Instituto de Educación Infantil en Armamento de Defensa (IEIAD)”. Tenía 10 años entonces y no conocía nada del régimen político que subyugaba, y aún oprime al mundo. Un régimen que, al compararlo con el de 1984, convierte a éste en un gobierno benévolo dentro de todo. Por entonces había solo tres potencias mundiales, surgidas a partir de la conquista del resto de los territorios.

Oceanía, la mas poderosa de ellas, estaba en constante guerra con una y aliada con la otra, cambiando de bandos cada cuatro años, o cuando más le convenía. Regida por “El Gran Hermano”, su política de gobierno fue la del miedo, el odio, la conformidad, la ignorancia. Sus miembros eran vigilados constantemente por unas “telepantallas” que controlaban no solo sus movimientos, sino que también medían sus pulsaciones, no podían leerle la mente, pero adivinaban sus movimientos mediante el estudio de su respiración, entre otras cosas. No recuerdo mucho, pero comparado a como están las cosas ahora, esos eran buenos tiempos.

Oceanía terminó por conquistar a las otras dos potencias, formando una sola potencia mundial llamada “Oceanía Mundial”. Me genera gracia pensar en la creatividad que tuvo el Gran Hermano al pensar el nombre. Tiempo después, el gobierno sufrió un golpe de estado, el líder fue “vaporizado”, en otras palabras, eliminado, no solo del mundo, sino también de la historia. El nuevo dictador conservó el nombre, pero su imagen cambió, en las telepantallas, empezaron a aparecer fotos del nuevo líder, un hombre obeso, con un parche en el ojo y una imponente barba. Llevaba el típico traje militar. Algo irónico, ya que la guerra ya no existía y el mundo se había unificado

Las telepantallas comenzaron a transformarse también. Su enorme tamaño fue disminuyendo hasta convertirse en un simple punto en la pared, que a la vez escondían un completo arsenal de armas, que empleaban apenas detectaban un simple pensamiento en contra del líder. Más de 10 mil millones de personas fueron rápidamente juzgadas y vaporizadas casi instantáneamente gracias a éstas maquinas. El mundo parecía haber vuelto a la paz, el Gran Hermano se sentía tranquilo, pensando que no habría nada que se interpusiera en su interminable gobierno mundial, hasta que nací yo.

Desde que aprendí a leer, a los 4 años, siempre me gustaron las historias de Ciencia Ficción. Todo ese concepto de irrealidad, habilidades imposibles de obtener en el mundo real, poderes sobrenaturales, y la interminable guerra entre los humanos y los “Hybrid” me llamaron la atención. Cada año iba al mercado clandestino y me compraba un nuevo volumen de una secuela de libros llamada “Hybrid vs. Humans”, escrita por María Elena Walsh, quien se había resignado del género infantil, ya que los niños fuimos perdiendo interés en aprender los colores a través de canciones y leer cuentos con moraleja en donde el bien siempre ganaba.

“Hybrid vs. Humans” generó sensación desde su primer lanzamiento. Era una sádica y bélica novela que trataba sobre unas bestias mutantes que actuaban solamente por instinto. Su mayor hobby era simplemente asesinar. Mataban a cualquier ser viviente que se les cruzaba por el camino, exceptuando a los de su misma especie. Eran capaces de correr incontables kilómetros a una insuperable velocidad, atravesar un muro de 5 metros de anchura con un solo golpe del puño, expulsar un liquido viscoso y ácido a través de los ojos, y un sinnúmero de habilidades hasta el momento solo relacionadas con los animales, estas bestias eran una especie de híbridos entre animales y humanos, de ahí su nombre.

El día de mi examen de ingreso, había acabado de leer el sexto volumen de “Hybrid vs. Humans 6”, el volumen final, donde ningún ser humano había sobrevivido y los Hybrid acabaron autodestruyéndose generando una violenta reacción en cadena que aniquiló al universo entero en una explosión catastrófica.

Me sentía sumamente complacido, no solo por el hecho de haber leído seis libros de 3750 hojas cada uno, para un niño huérfano de 10 años de edad suponía una tremenda hazaña, sino que el hecho de que los Hybrid habían ganado la guerra, más allá de su catastrófico final, de una extraña forma me hizo sentir enormemente satisfecho.

El examen me resultó bastante fácil, parecía como si yo hubiera nacido para utilizar armas, lo aprobé con honores. El plan educacional era de siete años, pero yo lo terminé en cinco. Mi transcurso por el instituto no fue para nada sereno. El primer año maté accidentalmente a más de cinco compañeros durante las prácticas matutinas, lo cual me generó varias visitas a la oficina del director, amenazas por parte de los familiares de la víctima y muchas advertencias de expulsión por parte de las autoridades.

Los siguientes años, cometí muchísimos asesinatos mas, pero ya no eran meros accidentes. Cada chico o chica que me golpeara, molestara o simplemente me mirara mal, a la semana terminaba en la morgue. La mayoría de las veces no me descubrían, pero cuando lo hacían, quedaban muy asombrados por la meticulosidad con la que planeaba los homicidios y por ésta razón, nunca me expulsaron.

Ocurrió a los 15 años, días después de la graduación, cuando lo descubrí. Fue como un sueño hecho realidad.

Me encontraba en la plaza central de la ciudad, festejando con mis compañeros el haber terminado los estudios. Él me empujó. Mi enemigo de toda la infancia, el único que, por alguna razón que nunca acabé por comprender, no maté. Sentía la necesidad de enfrentarme cara a cara con él. Y el momento había llegado.

No reaccioné rápido, por lo que me desplomé en el piso como una bolsa de papas. Pero con la misma rapidez con la que me caí me levanté, me dirigí hacia él, mirándolo directamente a los ojos. Frené la marcha a un solo metro de distancia. No dijimos ni una palabra y nos mantuvimos así durante un buen tiempo. Entre nosotros solo había odio, un odio inexplicable.

El resto se acumuló a nuestro alrededor, a una distancia prudente. El silencio era tan denso que se volvía audible durante cortos períodos de tiempo. El viento sopló, y nos dio la señal.

La pelea comenzó, pero duró menos de lo que cualquiera se pudo imaginar. Una piña directa y un ágil movimiento. Respondí audazmente con un gancho al estomago. En mi mente ya tenía toda la pelea figurada. El gancho lo haría agacharse del dolor inevitablemente, lo cual me permitiría encajarle un buen rodillazo en la nariz. Levantaría la cabeza, y recibiría una oleada de ganchos en el mentón y piñas en los cachetes.

Sin embargo, ocurrió algo que cambió el curso de mi vida definitivamente.

Como había previsto, el golpe gancho le pegó en la panza y lo hizo agacharse, pero penetró, literalmente, en su estómago. Se escucharon varios gritos ahogados provenientes de los curiosos que observaban. Nadie podía ver mucho, y por eso en ese preciso momento no hubo una gran reacción. Sólo yo y mi enemigo podíamos observar, ambos atónitos, lo que estaba ocurriendo. No reaccionamos al instante, se nos detuvo el tiempo parcialmente, lo que estaba pasando no era algo normal, nada concebible por una simple mente humana.

Por mi brazo derecho, comenzó a correr un pequeño hilo rojo que, al llegar a mi codo, se fue acumulando hasta formar una gota de considerable tamaño que se soltó de mi piel y se desplomó, dejando una buena mancha, en el piso de cemento.

Casi instantáneamente alrededor del brazo que tenía penetrado en su estómago, comenzó a fluir abundantemente una morbosa mezcla de sangre y ácido estomacal que al hacer contacto con el piso, salpicó a todos los espectadores e hizo un tremendo ruido.

Se volvieron a escuchar gritos, pero éstos no eran meros gritos ahogados. Las mujeres estallaron con fuertes alaridos de miedo mientras que los hombres no se contuvieron y chillaron de igual forma. La mitad de los espectadores se dispersó desesperada mientras que el resto se mantuvo inmutable, perturbados por la escena.

El pánico y la sorpresa me recorrieron todo el cuerpo. Casi instantáneamente extraje el brazo del agujero violentamente, lo que generó un torrente de sangre que impactó contra mi abdomen. El piso se encontraba inundado de sangre. Él se derrumbó en el suelo, salpicando. Estaba muerto.

Emprendí la corrida. Lagrimas en los ojos. El corazón me latía muy fuerte. Me sentía agitado y confundido. Iba tan concentrado en el miedo que sentía dentro de mí que no noté que estaba corriendo a una velocidad inimaginable. Atravesé varios miles de kilómetros en cuestión de minutos. Me escondí en la primera cueva que encontré en medio de una zona deshabitada, y permanecí allí durante unos días.

Pasé días y noches sin dormir, dando vueltas por el interior de la cueva, golpeando las paredes, provocando miniterremotos y un colosal aumento en el tamaño de la caverna. Hasta que un día, la respuesta llegó a mi, en forma de sueño. Soñé con mis padres, a quienes nunca vi en vida.

Mi padre fue el último Hybrid. Se enamoró de mi madre, una simple mortal, rompiendo toda ley establecida. Se escondieron en la misma cueva donde me encontraba alojado, y allí fue donde nací. Poco después ambos fueron asesinados, y yo heredé su legado.

Desperté precipitado, transpirando. No parecía posible, pero a la vez, era la única explicación. Ese día lo comprendí. Soy un Hybrid, en todo sentido de la palabra, mitad sangre humana y mitad Hybrid puro. Un “Hybrid Híbrido”.

Al mismo tiempo, escuché un sordo ruido que provenía desde la entrada. Instintivamente comencé a cavar en dirección contraria. Me escapé.

Desde ese entonces, mi vida se convirtió en algo muy monótono. Me resguardaba en el primer escondite que hallaba, durante unas pocas semanas. Me encontraban. Yo escapaba, causaba un par de estragos en las distintas ciudades y luego me volvía a esconder. Mientras tanto iba adquiriendo las distintas habilidades que caracterizan a un Hybrid.

Mis pensamientos son interrumpidos. Oigo un sordo ruido, similar al que oí ese día en la cueva. Me incorporo sobre la cama. Ruido potente. La puerta vuela, acompañada por el negro humo de la explosión, en dirección a mi cabeza. La sorpresa de este hecho me impide reaccionar, por lo que el objeto me golpea directamente en la sien. Se apagan las luces, escucho pesados ruidos de botas acercándose. Unas palabras mal pronunciadas atraviesan mis oídos, no las comprendo. No escucho nada más.

Me despierto, totalmente encadenado con fuertes cadenas de titanio. Trato de moverme pero no lo logro. Se enciende una luz cegadora, a la cual me cuesta acostumbrarme. Entra un hombre vestido de negro, manteniéndose en la poca sombra de la habitación. Me mira directamente a los ojos. Los suyos resplandecen reflejando el brillo de la lámpara. Esa mirada, me parece haberla visto en algún lado. La cabeza me taladra con un dolor intenso.

Se acerca, surge de entre las sombras. El pánico de apodera de mi rostro. Es Él.

— Tanto tiempo — comenta sin emoción alguna, sin cambiar la seria expresión de su rostro. Está sin remera. Lo hizo a propósito. Abarcando casi toda la panza, puedo visualizar una horrible cicatriz. Casi adivinando mis pensamientos, la señala con el dedo índice. Su expresión es de odio, la misma expresión que presentaba su rostro el día de nuestro enfrentamiento.

— ¿Te acuerdas? — su voz se quiebra repentinamente. Un penetrante escalofrío recorre mi espina dorsal. Trato de decir algo, pero de mi boca no sale absolutamente nada.

— ¿Pensaste que había muerto, no? — pregunta. Espera una respuesta. No logro articular ni siquiera una letra. Consigo, con mucha dificultad menear la cabeza verticalmente.

— Te equivocaste. — Regresa el tono serio a su voz — El Gran Hermano me curó. Desperté semanas después del hecho, desnudo, dentro de un tubo cristalino lleno de un extraño líquido verde, inhalando oxígeno a través de un aparato de respiración artificial. Mi panza se encontraba sin cobertura, rodeada de nanobots ocupados en reparármela lentamente. Nunca supe donde me hallaba específicamente, ya que meses mas tarde me desperté en la IEIAD, dentro de la Sala de Entrenamiento, con una pesada arma en mis manos y una foto tuya de tamaño real enfrentándome. — Su voz se quiebra nuevamente — Instintivamente comencé a disparar, hasta acabar todas y cada una de las balas. Lo comprendí. Juré buscarte hasta las más recónditas regiones del planeta, y vengarme.

— Pero… — comienzo a hablar, sin saber bien que voy a decir.

— ¡Pero NADA! — me interrumpe. Sus ojos lagrimean pero su expresión no es de tristeza, es de odio, ira y furia. Su voz se vuelve colérica. — Mira, te diré lo que te voy a hacer. Me di cuenta que con matarte no bastaría, no me generaría el suficiente placer. Simplemente voy a torturarte dolorosamente, todos los días. No podrás escapar de aquí pero, si lo llegas a lograr, ¡Morirás! — De su boca surge una repentina y sutil sonrisa — Si. Como lo escuchaste. Hemos logrado desarrollar un arma que, con un simple disparo, te aniquilará. La fortaleza está rodeada de guardias que dispararán a cualquier ser vivo que se les cruce por en medio una vez activada la alarma.

 “Porque me duele si me quedo

pero me muero si me voy”

La frase vuelve a resonar en mi mente. Pero esta vez la comprendo.

— Me dolerá si me quedo, pero moriré si trato de irme. — pienso en voz alta.

— Exacto — me responde fastidiado y divertido a la vez. Cierra la puerta de un golpe. Angustiosa oscuridad. Silencio Absoluto. Ni el mas mínimo rayo de luz se anima a penetrar en la habitación, lo cual me sumerge en eso, una desesperante y angustiosa oscuridad. Comprendo mi situación. Pero necesito encontrar una solución ¡YA! Comienzo a llorar. Este es mi fin.

“Por todo y a pesar de todo, mi amor,

yo quiero vivir en vos”

Abro los ojos excesivamente. Ahora lo comprendo, todo. Esta frase siempre me pareció romántica. “Mi amor”, algo obvio. Pero no. Tiene un mayor significado, y ahora lo puedo vislumbrar. Es amor, si, pero un amor mas generalizado y a la vez mas enfocado. Amor, a la patria, al mundo, al planeta que me vio nacer, a la gente que me conoce y a la que no. La que me quiere, la que me odia, la que es indiferente hacia mí. Amor a la naturaleza, que me alimentó y protegió gracias a sus cuevas y refugios naturales, pero a la vez me lastimó, con sus erupciones volcánicas, tormentas eléctricas, etc.

Amo esto, el país en que vivo, el único que existe. Y “yo quiero vivir en él”.

Aparecen en mi mente las imágenes del último capitulo de “Hybrid vs. Humans”. Recuerdo todo lo ocurrido momentos antes de la gran explosión. En el libro nunca se mencionó su causa. Pero ésta apareció en mis recuerdos, tan intensamente como si ya lo hubiera vivido. En ese momento supe exactamente que hacer.

Yo quiero vivir en este mundo, pero si obligatoriamente tengo q irme, ME LO LLEVARÉ, junto con todo y todos los que habiten en él.

Cierro los ojos, y concentro mis pensamientos en acumular energía. Mi temperatura corporal aumenta considerablemente, a tal punto que las cadenas comienzan a derretirse paulatinamente como si fueran queso en un microondas. Empiezo a temblar súbitamente, el color de mi piel varía, cambia de tonalidad a cada segundo, los temblores aumentan gradualmente. Ya estoy libre de las cadenas pero aun sigo encerrado en ésta habitación.

La oscuridad se vuelve luz, que a su vez se convierte en oscuridad. El aire se vuelve irrespirable, y a la vez lo puedo respirar.

Aún con los ojos cerrados, poco a poco aparecen las imágenes en mi cabeza de distintas partes del mundo, afectadas por terremotos, huracanes, tsunamis. La gente, desesperada corre de un lado a otro sin dirección alguna, pensando simplemente en intentar sobrevivir. Pero no lo logran, poco a poco todos los seres humanos son arrasados por lava volcánica, casas derrumbadas, etc.

El mundo entero comienza a temblar al unísono. Un terremoto de 30 grados en la escala de Richter. Algo imposible para la mente humana, pero que está ocurriendo en este mismo momento.

La piel se desprende de mi cuerpo. Por entre las rendijas que van dejando empiezo a  emanar una luz cegadora, amarilla.

El núcleo de la Tierra se sobrecalienta. Mi cuerpo ya no es un cuerpo. Se ha convertido en luz, y solo eso.

Ya no hay gravedad. Pedazos de corteza terrestre vuelan por los aires, penetrando paulatinamente en la infinidad del universo. El núcleo emana una luz aun más cegadora.

Ya no hay Tierra, propiamente dicha. Solo un enorme “agujero negro” de color amarillo. Toda oscuridad es absorbida por éste. El universo ahora es un simple vacío de luz.

 “Porque me duele si me quedo

pero me muero si me voy.

Por todo y a pesar de todo, mi amor,

yo quiero vivir en vos”

Logré mi cometido.

Me dolió, me morí, yo vivo en el mundo, el mundo vive en mí.

JuanFra Varga  juan_fran_cisco_21@hotmail.com

Cuento ganador del 2º puesto en el concurso literario María Elena Walsh para alumnos secundarios de la Escuela Normal 4. La consigna era escribir un cuento a partir de un fragmento de la escritora:

“Porque me duele si me quedo

pero me muero si me voy.

Por todo y a pesar de todo, mi amor,

yo quiero vivir en vos.”

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Lágrimas del recuerdo

Un cuento escrito desde Argentina por: Maia Ferro Suar

Recuerdo llorar frecuentemente, hacer habitual la sensación de tristeza sobre mis mejillas rosadas e hinchadas. Recuerdo descargar mi ira con llantos de tristeza y pesares melancólicos… sí… lo recuerdo.

Pero qué son, sino sólo recuerdos. Tan viejos y lejanos que ya ni mi memoria conserva rastros de tragedias, sólo la amarga melancolía mezclada con la dulce y penumbrosa tristeza. Sólo hoy eso me queda, el recuerdo de un llanto, de un grito de auxilio desesperado pero vacío, casi mudo sólo para no alertar a nadie.

Ese velo húmedo que lleva consigo el dolor y trae calma, no es más que un vago recuerdo cuando esa sensación tan profunda a veces se hace presente, como una alucinación. Pero ni eso reconforta a una vieja que agoniza, no de dolor, sino de pena. Que ahoga tan atroces momentos vividos en una simple y vulgar copa de vidrio, esperando que en el fondo de esa copa esté la felicidad que tanto anhela, que lejos se ha marchado, joven de esta prematura viuda que desea lo que todos temen: EL FIN.

Pero ¿qué es la muerte sino el final de nuestra vida natural y el comienzo de una vida espiritual, donde la paz es alcanzada y aquello que alguna vez nos provocó algún mal ya no nos afecta?

Grandes tierras me someten, infinidad de paredes gigantescas y frías como la nieve me encierran. Sentada en el vacío del trono que el rey más noble ha llamado a realizar.

Una vida de lamentos y sólo un barniz de uñas para tapar las llamas ardientes en la inmensa chimenea, y nada más que media botella del whisky más deseoso para esperar el último susurro del reloj.

Sin lágrimas que llorar, sin palabras que decir, sin perdones a quien pedir, sólo me queda el arrepentimiento y el dulce sabor de la última pregunta:

¿Qué tan grande será la pelea en la que se disputará mi inmensa fortuna?

Sólo hipócritas en el pasado, maridos de adorno, y un solo objetivo: reencontrarme con quien me hizo olvidar todo recuerdo de alguna lágrima derramada… mi único amor.

Maia Ferro Suar

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Piratas de mi Mundo


……Un cuento escrito desde Argentina por: Juan Francisco Varga

–¡JuanFra! – entran unos agentes a mis aposentos.

–¡Esperen! – los interrumpo. – ¡Dale, dale! ¡Vamos! ¡Dispará! – Grito, dejándome llevar por la emoción – ¡Si! ¡Al fin! ¡Gané!

Me doy vuelta y miro a mis colegas con un gesto de satisfacción. Ellos me devuelven el gesto sonriendo nerviosamente, como no entendiendo nada.

Vuelvo a mirar la pantalla. En grandes letras góticas y amarillas, el monitor me dice: “GAME OVER” y agrega abajo con letra mas pequeña: “Has Ganado”. Hago clic en siguiente, chequeo mis puntuaciones, sonrío, “Al fin, el Número 1”. Todo eso en letras amarillas y fondo negro. El juego me hace acordar a los taxis que siempre veía en las calles de Buenos Aires, cuando aún vivía allí. Siguiente, siguiente, un par de veces mas, y luego cierro el juego.

En la pantalla ahora aparecen el “Reproductor Windows Media” y el “Windows Live Messenger”. En la barra de tareas están minimizadas varias ventanas titilando en naranja. Me disculpo con mis amigos en el Chat por no atenderlos, “estaba ocupado” les escribo. Cierro el Messenger. Abro el reproductor de música. En la pantalla ahora aparece lo que estaba escuchando. “Música que vale la pena” pienso y sonrío. Las palabras “PORTA”, “ABRAM”, “ISUSKO & SRBV”, “ZPU” y “JUANFRA” se apoderan de la lista de reproducción en la parte de “Autores”. En el “género”, las palabras dominantes son “RAP” y “HIP HOP”. Cierro el reproductor. Cierro un par de ventanas del “Mozilla Firefox”. Apago el ordenador. Me saco los auriculares de la cabeza y, por fin, me dispongo a hablar con mis compañeros.

–Listo, disculpen chicos, ¿qué necesitaban?

Ellos, que se habían quedado inmóviles viendo lo que yo hacía, tardaron un poco en reaccionar.

–Ah, si. Señor JuanFra –dicen, por fin –Necesitamos su ayuda. Ha llegado información clasificada sobe unos piratas informáticos.

–¿Otros más? –Pregunto furioso –¿Para eso me interrumpieron? Lo hice miles de veces. ¿Es que todavía no aprendieron cómo encargarse de ellos?

Me levanto de mi cómodo sillón algo molesto. Acompañé a los agentes hasta una habitación, en donde se encontraba la computadora del FBI y, junto con ella, la información sobre estos piratas.

Me siento en el sillón, enfrente a la computadora. Poco a poco fui recobrando el confort que sentía unos minutos antes. Antes que nada, me pongo los auriculares, abro el reproductor y, abriendo mi lista de reproducción, presiono “PLAY”. Me siento conforme. Ahora estoy en mi territorio. Abro en “Mis Documentos” la carpeta “Robos Informáticos” y dentro de ella estaba el archivo: “Piratas Informáticos 2010”

Leo en voz alta lo que dice:

“Persiguen a piratas informáticos que robaron u$s 70 millones. Se dice que envían virus troyanos a sus victimas, con los cuales les roban las contraseñas de sus cuentas bancarias”

Sonrío mientras lo leo. Yo ya sabía todo eso. Es la única forma eficaz de robar bancos en estos tiempos. Además, en mi juventud, ya había utilizado este método un par de veces así que, por lógica, sé las ventajas, pero también las debilidades de éste método.

–Fácil –dirijo la mirada a mis colegas –Solo tengo que encontrar los troyanos, en las computadoras de las víctimas– digo, haciendo unos cuantos clicks y tecleos –Luego, hay que encontrar la procedencia de estos virus y, para eso, rastreo las IP por las cuales han sido enviados– ya estaba mareando a mis compañeros, que me miraban extrañados

–Listo. Ahora solo tengo que ver a qué computadoras pertenecen estas IP, y donde se encuentran – agrego, con unos rápidos tecleos y varios clickeos –Ya está. Aquí tienen las direcciones. Solo vayan y arréstenlos.

–Gracias –fue lo único que pudieron responder los agentes, no entendiendo nada de lo que había hecho–

Cierro todo, excepto el archivo en donde dejé las ubicaciones de los delincuentes.

Vuelvo a mi habitación. Enciendo la PC. Me dispongo a seguir con lo mío. Luego de unos clicks, en la pantalla aparece “Counter Strike 3.0”

JuanFra Varga  juan_fran_cisco_21@hotmail.com

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Ironías de la vida (para solucionar conflictos)

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Un cuento escrito desde Argentina por: Yamila Gómez
 

Hace un año empecé la universidad. Estaba muy ansiosa por entrar en ese mundo, que tantas pruebas difíciles entrega para fortalecer el carácter frente a otro mundo mucho más complicado que es el “mundo real”. Uno aprende muchas cosas que sirven para encarar las vicisitudes de la vida con el mayor éxito posible, a pesar de todo, tratando de no caer en el intento. La universidad me ha ayudado mucho en ese sentido; aunque todo tiene un límite.

Elegí la carrera de Letras e Historia al mismo tiempo, pues me atreví a experimentar el rigor de estudiar ambas cosas sin hundirme en la desesperación; y hasta ahora lo logré. No me considero una chica inteligente ni superdotada, simplemente intento esforzarme en la vida y cumplir con mis obligaciones, eso es todo. Pero con el tiempo fui observando la curiosa forma de actuar de varios seres humanos que, a pesar de pertenecer a la misma especie que yo, se comportaban muy diferentes a mí. De todos los casos, uno fue el que más me inquietó y, por lo tanto, el que más me consternó. Lo sufrí en mi primer año de mi hermosa facultad.

Es normal encontrar personas amigables o desagradables, simpáticas o insufribles, inteligentes o idiotas, porque todos somos diferentes, tanto física como mentalmente. Y aunque cualquiera está consciente de eso, a veces es normal notar que esas diferencias pueden generar roces cuando dos personas no se entienden. A todos nos pasa eso; es parte de la naturaleza humana que debemos aprender a la fuerza para no terminar perdiendo la paciencia, aunque cueste tanto.

Valeria era compañera mía en las clases de historia, y me pareció muy simpática cuando la conocí al hacer un trabajo grupal con ella. Ambas nos presentamos y fuimos conociéndonos poco a poco, estrechando relaciones que con el tiempo fueron derivando en una linda amistad. Aprovechábamos los días libres para salir a pasear por el centro mientras mirábamos ropa y tomábamos algo por ahí, hablando de nuestro futuro e intereses en general. Me contó que tenía novio, y que lo había conocido de la forma más extraña: por Internet. Ella era una ferviente seguidora de la tecnología, y siempre se la podía ver con su celular o su computadora portátil, que eran como sus brazos y sus piernas, las cuales no podían estar separadas de su cuerpo. Al principio no me molestó, pues con su vida podía hacer lo que quisiera, pero llegó un punto en que las cosas se salieron de control.

Cuando llegó el momento de contarle acerca de mi vida, además de otras cosas, le dije casi con orgullo que no tenía novio y que no me molestaba no tenerlo pues nunca me había interesado en ello, confesión a la cual mi amiga reaccionó inesperadamente. Me dijo en tono de reproche que eso no podía ser posible debido a mi gran personalidad, y que debía tener un compañero que me hiciera feliz, a lo cual respondí que no me importaba. Le pedí que no se tomara muchas molestias en ese asunto porque comencé a percibir en ella un deseo casi demente de que yo fuera “como el resto de las chicas de mi edad”, y eso simplemente me molestaba.

Pasaron los meses y muchos pretendientes me llegaban sin que yo los aceptara, y sin que yo los buscara. Mi amiga los había buscado entre su extraño repertorio de amigos para encontrar un posible candidato al que yo pudiera dar mi consentimiento, pero al principio no me había dado cuenta de eso. Sin percatarme de nada hablaba con esos muchachos y caía en la cuenta de que eran todos una decepción, frustrándome al pensar que ya no hubiera hombre que valiese la pena en el mundo. Entonces, para desgracia de mi amiga, mi deseo de ser soltera iba aumentando a pasos agigantados a medida que los candidatos seguían llegando; y así llegó un día en que me cansé.

El último de los chicos que tuvo la oportunidad de conocerme fue el blanco de todas mis frustraciones, que descargué al no saber qué estaba pasando en realidad en torno a esa situación. Me contó finalmente que era conocido de Valeria y que ella le había pasado mi número de teléfono para iniciar esa charla, y que, sin quererlo, se había terminado enamorando de mí. De ambas declaraciones, sólo escuché la primera. Grité como una loca y maldije en todos los idiomas a mi amiga por haberle confiado a ese chico la historia de mi vida. Me ensañé con el pobre muchacho, que en realidad no tenía la culpa, pero que en mi inusual ataque de rabia fue el único disponible para recibir mis dardos envenenados. Nunca más lo volví a ver; seguramente pensó que era una neurótica. Es lo normal de la primera impresión: es la única.

Tuve que esperar todo el fin de semana para encarar a mi amiga en la facultad y reprenderla por su mala actitud, cuando di con la noticia de que se había ido de viaje por una semana a Bariloche, y no tuve más opción que esperar paciente y pensar en mis estudios. Aproveché ese breve tiempo para relacionarme mejor con mis otros compañeros y preguntarme acerca de las cosas que no entendía, por lo que ese período me había parecido uno de los mejores, realmente. Uno de mis compañeros de la facultad de Letras terminó siendo muy amigo mío y, por algún motivo que no entendía, y que aún sigo sin entender, le tenía mucha más confianza que a mis otros amigos. Preferí no cometer el mismo error que antes, pues siempre detesté cometer los mismos errores, y no le conté mucho de mi vida, sólo lo necesario para comenzar una relación sin problemas. Él era bastante comprensivo conmigo y se mostraba muy simpático ante mí, a pesar de que muchos pensaban que tenía un carácter muy fuerte y complicado, cosa que me pareció extrañamente agradable. Creí una contrariedad la posibilidad de que pudiera enamorarme de él, pero como esas cosas empiezan siendo un simple capricho, no le di mucha importancia y seguí mirándolo con ojos de amiga.

Un día de esos salimos juntos y fuimos a tomar unos helados, aprovechando el inicio de la primavera. El día estaba muy cálido y la brisa soplaba con monotonía, brindando un ambiente relajador para quien respirara de aquel fresco aire tan florecido. Fue idea suya intercambiar nuestros números de teléfono para aclarar cuestiones académicas y arreglar otras salidas como esa, a lo cual no me opuse y acepté con cierta emoción. Había aprendido a tomarle cariño, pero no quería abusar de ello. Para sorpresa mía, mi mirada se encontró bruscamente con la de mi amiga, Valeria, que estaba sentada frente a nosotros con un chico; seguramente se trataba de su novio. Me miró y sonrió triunfalmente, levantándose del banco donde se encontraba de una forma que me erizó la piel y los nervios. Mi amigo notó la repentina preocupación en mi rostro y le pedí disimuladamente que me llevara a otro lugar antes de que fuera demasiado tarde, pero ya no había forma de irme: ella se puso frente mío y me saludó. Noté su felicidad al llamarme por mi nombre, pero en el fondo noté una expresión con la cual quería decirme “¡te lo dije!”.

Ese día en la universidad me persiguió incesantemente tratando de sonsacarme información acerca de mi amigo, a lo cual me negué olímpicamente pero sin conseguir su rendición. Tenía el asunto metido entre ceja y ceja y me resultó imposible guardar la calma y tenerle paciencia, por lo que le dije con enfado que sólo se trataba de un amigo. No dudó en preguntarme su nombre, jurándome que sólo le bastaba saber eso para sentirse satisfecha; entonces se lo dije, porque estaba harta de ella y, sin pensar en las consecuencias, me aparté de su presencia para hablar con otra compañera.

Al pasar una hora hasta el cambio de materia me había dado cuenta de que me faltaba el celular, y no recordaba dónde lo había dejado. Me preocupé y aproveché los minutos libres para buscarlo y preguntar si alguien lo había visto, cuando escuché a Valeria decir que lo había dejado en su pupitre. Me acerqué a ella y le agradecí, disculpándome además por haberle hablado mal ese día. Se limitó a sonreírme y fui a sentarme, revisando mis mensajes y viendo que todo estaba en orden. Una compañera se acercó a mí y apoyó una mano en mi hombro, hablándome por lo bajo en un tono confidente: “Vale te estuvo usando el celular” No supe qué pensar al respecto.

Al otro día se acercó a mí con una sonrisa pícara, diciéndome que había encontrado el número de teléfono de mi amigo. Abrí bien los ojos y fruncí el ceño, preguntándole de dónde lo había sacado, tratando de mostrarme indiferente. Me dijo que lo había encontrado por Internet, y que pretendía saludarlo después de habérmelo contado, cosa que me pareció una pérdida de tiempo, pues me estaba dando cuenta de que no tenía ningún tipo de escrúpulo en cuanto a mi vida personal. Le dije con cierta ironía que me parecía extraño el hecho de que él mostrara información de ese tipo en la red, pero ella se mostró bastante confiada con su respuesta a pesar de que no decía nada que refutara mi idea. Decidió mandarle un mensaje y contarle de quién se trataba, iniciando así una conversación en la cual yo terminé involucrada.

La miré con impotencia mientras ella sonreía con deleite ante las cadenas de mensajes que le llegaban, comentándome con una naturalidad tan desagradable lo que escribía acerca de mí y lo que recibía acerca de él, que mi cabeza comenzó a saturarse de la rabia. Bajé la cabeza tratando de buscar algo que me calmara o me apartara de aquella vergonzosa situación, pero cada vez me sumía más en ese sentimiento tan sucio que es el odio. En un momento me preguntó si pasaba algo conmigo, con una voz más frustrada que preocupada, cuando no pude contener más mis sentimientos y levanté la vista, clavando mi mirada sobre la suya y con los puños cerrados sobre el pupitre. No sé que habrá sentido ella en aquel momento cuando la miré así, pero pude notar cierto miedo en sus ojos, lo cual me incentivó a descargar mi ira contra ella. Le arrebaté el celular de sus manos con decisión, lo miré con falsa curiosidad y luego lo tiré contra la pared que estaba detrás de ella, haciéndolo pedazos. Mi amiga gritó al escuchar el fatal impacto y giró la cabeza para observar su querida tecnología dispersada por el suelo en incontables fragmentos. Creí propicio el momento para decirle con mi voz más natural y una dulce sonrisa: “ahora estoy mucho mejor.”

Nunca me reprochó por lo que hice ese día, y hasta tuve la suerte de no verla nunca más en la universidad. Desde ese momento todos me felicitaron por haber librado a todo el curso de una pesadilla incontrolable, y tomaron como una hazaña heroica el hecho de romper el celular de la persona que les molestaba. Es más, día por medio podías encontrar al conserje barriendo desechos de celulares de los pasillos y cursos más revoltosos, como si se estuviera deshaciendo de envoltorios de caramelos o chocolates. Por mi parte nada cambió; seguí estudiando tranquilamente, tratando de evitar problemas con las personalidades más indeseables del ser humano.

Uno aprende a lidiar con ese tipo de personas a lo largo de la vida, pero a veces resulta tan difícil que todo lo que sabés no sirve para nada. Cuando pensaba que todos los problemas se arreglaban con las palabras, descubrí que la sana violencia terminó siendo mi último recurso. Ironías de la vida, tal vez.

Yamila Gómez

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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Mi peor caso


……Un cuento escrito desde Argentina por: Juan Francisco Varga

Ya han pasado meses desde el caso de la señora Stevens.

Estoy cansado. Aburrido. No hay nada que hacer. Parece que el crimen se ha dormido, y eso me molesta. La policía está sin trabajo. Las personas caminan tranquilas por las calles, despreocupadas. Y yo, trato de lidiar con mis alumnos de 7º grado. Se creen que ya son adultos, que pueden hacer lo que quieren. Los diarios, casi vacíos, solo imprimen noticias de política, de economía y eso. Cosas que ya a nadie les interesan.

Mientras salgo de la escuela veo que hay mucho revuelo ahí fuera, se escuchan las sirenas de la policía y unos tiroteos. “Que raro”, sonrío, ese sonido me reconforta, hacia tiempo que no escuchaba algo así. Eso me llena de vigor, así que empiezo a correr hacia el lugar de los hechos. No queda muy lejos, solo un par de cuadras.

Llego, me tomo un respiro. Veo a mi alrededor, me sorprendo, me asusto, me enojo, me… me lleno de varios sentimientos a la vez. Todo confort del cuál estuvo lleno hasta unos pocos minutos atrás desaparecieron. ¿La razón? Lo que veía a mí alrededor. Una masacre. Una verdadera masacre de película. Los cadáveres, junto con la desolación, eran los personajes principales. Yo, y dos patrullas de policía que acaban de llegar, los únicos personajes vivos.

Nunca había visto algo así en toda mi vida. Salgo de ahí. Mi instinto de investigador ha desaparecido. Normalmente me habría quedado a investigar el lugar, los cadáveres, etc. Pero esta vez lo único que quiero es alejarme de este horrible paisaje.

Llego a mi casa, ya adentrada la noche, abrumado. Me tiro en la cama y lo único que quiero hacer es olvidar todo aquello. Apago las luces, me duermo. Me despierto, me vuelvo a dormir. Me vuelvo a despertar, me agarra insomnio. Me levanto, ceno, me acuesto. Espero, no duermo, amanece. Me levanto, desayuno, prendo la televisión, la apago.

“Rutina, te odio” pienso “Tengo que resolver ese caso, antes de que termine por atormentarme”

En la estación de policía hay más actividad que no hubo en los últimos cuatro meses juntos. Me pregunto por qué. Voy directamente a indagar sobre la masacre del día anterior. El jefe de policía me evade y le pide a uno de los oficiales que me atienda. “Debe estar muy ocupado” pienso.

Me dan los detalles del acontecimiento:

“Robo de banco en pleno horario laboral. 50 millones de dólares extraídos del establecimiento. Alrededor de 20 victimas mortales y 10 gravemente heridas. Cinco delincuentes involucrados, armados con metralletas y escopetas. Tres sospechosos arrestados e interrogados. Todos han confesado ser los autores del crimen. Afirman haber sido contratados, pero se niegan a decir dónde está el dinero, dónde consiguieron las armas y quién los contrató. No lo saben, recibieron el encargo y el pago, dicen, en sus hogares mediante un mensajero encapuchado”.

–Hemos allanado los hogares de estos delincuentes. Encontramos las armas empleadas en el crimen. Además, encontramos los cheques de $200.000 con los que habrían sido pagados. – añade el oficial, algo nervioso.

– Esta persona debe ser alguien muy inteligente. No dejó ninguna pista sobre su paradero. – comento yo. Recuerdo mi último caso, y añado: – O eso parece. ¿Me deja ir a revisar los hogares? –

– Emm…– El oficial duda – OK, pero debe ir acompañado por un oficial de la policía. –

– ¡Soy parte de la policía! – Me sobresalto – ¡Usted solo hágame la orden para que yo pueda ir! –

_Ok, ok… – el oficial se aleja, dudando. Parece que lo asusté.

Me despido de todos y me voy para mi casa. Para mañana la orden estará lista. Y podré llegar al fondo de todo esto. No cometeré el mismo error dos veces. Lo aprendí en mi ultimo caso: “A veces, las pistas fundamentales están donde la policía menos se lo espera, y por donde siempre suelen pasar por alto”

Creo que, al empezar a investigar esa atrocidad, mi mente se tranquilizó así que, esa noche dormí como un bebé.

Me levanto totalmente revitalizado. Me siento un hombre nuevo, esta noche me hizo recuperar todas mis energías. ¿Por qué? No se.

Me dirijo a la comisaría para pedir mi orden de allanamiento. Pero en el camino algo me llama la atención. Me encuentro en la escena del crimen, la misma escena, pero sin las victimas esparcidas por todas partes. El mismo escenario que el otro día ignoré, ahora me llamaba la atención. No sé si soy yo, pero en el aire hay un olor a combustible impresionante. En medio de la calle, veo de donde proviene. Justo en medio de la carretera hay un charco de gasolina, del cual sale un fino rastro que, seguramente, la policía debió haber ignorado por completo. Me dispongo a seguirlo ya que, debido a lo que dormí esa noche, estaba lleno de energía lista para ser utilizada.

Llevo caminando por estas desiertas calles quien sabe por cuánto tiempo. Toda la energía que tenia resguardada se vio agotada al instante debido al intenso calor que tengo que aguantar.

Justo cuando estoy a punto de desistir, justo cuando mi cuerpo está a punto de rendirse, veo donde termina el rastro. El vehiculo, que seguramente se había quedado sin gasolina debido a la perdida que tenia, ingresó al estacionamiento a recargar… o eso creo.

El rastro no sigue desde ese punto. Extrañamente, el rastro de gasolina finaliza en uno de los puestos de carga, en donde hay una gran acumulación del combustible. Solo hay una razón para ello y tengo que confirmarla.

Entro al local, hablo con uno de los que atienden y le pregunto:

– ¿Ha visto usted esa pérdida de gasolina que tenía uno de sus clientes? –

– ¿Que perdida? No, no he visto nada. – El hombre mira hacia el lugar y exclama – ¡No, que desastre! ¡¿Quien va a limpiar eso ahora?! ¡No pienso hacerlo yo! –

Éste está fingiendo. Lo noto en su tono de voz, y en su expresión. Le sigo la corriente:

– Así que, ¿no sabe quien pudo haber sido el dueño del auto que perdía? –

– No, no tengo ni idea – Se apresura a responder el muchacho.

– ¿Cómo que no sabe? ¿Cómo es posible que el rastro se termine ahí, sin que alguien le haya hecho unas modificaciones al auto? – Decido presionarlo – Quiero que me responda con la verdad. Puedo recurrir a recursos más drásticos para obtener las respuestas que quiero. – Meto la mano en el bolsillo del jean, fingiendo buscar algo.

– ¡Bueno, bueno! – Teme por su vida – Me sobornaron para que repare la pérdida y para que no diga nada. Por favor no me delate, me pagaron, pero también me amenazaron. –

– No hay problema – lo tranquilizo – Esto queda acá entre nosotros. Solo dígame todo lo que sabe. –

– En realidad no sé mucho, solo lo que cualquier persona en mi lugar podría saber. –

– Eso también me sirve. –

– Ok. Era un coche patrulla, el cual conducía un oficial de policía, que llevaba a otros cinco individuos encapuchados y armados hasta los dientes. –

– ¿Así que los “hombres de la ley” ahora se pasaron para el otro lado? – Bromeo – Y… ¿sabe a donde se dirigían? –

– No me lo dijeron, pero los escuché hablar de un galpón al final de la calle, unos cuantos kilómetros al sur. –

“¡Ni loco vuelvo a caminar!” pienso.

– ¿No me puede conseguir algún medio de transporte? – le digo, mientras retiro un par de billetes del bolsillo – Me sería de mucha ayuda. –

– Le consigo un remis ahora mismo – Los ojos del hombre se abrieron como platos al ver los billetes. Cómo se nota que hace mucho que no le pagan el sueldo – Espéreme un segundo. –

No tardó ni dos minutos.

– Ya está llegando, señor. –

– ¡Gracias por tu ayuda! ¡Te lo mereces! – le digo mientras le entrego un par de billetes de $50.

Me acerco a la esquina y empiezo a contar los autos que pasan por la calle, para pasar el tiempo. Inútilmente, con suerte pasaron dos o tres autos, y no porque el remis haya llegado rápido, sino porque la calle parecía un “desierto urbano”. Después de media hora, llega el remis haciendo una gran polvareda por la velocidad a la que venía. Me subo, le doy las indicaciones, y me dispongo a pensar en cuál será el siguiente paso.

Llegamos mas rápido de lo que me esperaba. Le pago el viaje al chofer, le deseo suerte y me encamino hacia el galpón del que me habló el joven de la estación de servicio.

Se había largado a llover, y yo no me había dado cuenta solo hasta que me bajé del remis. El paisaje cambió, de un momento al otro, de un ambiente árido y desolado, a otro húmedo, lluvioso y, a mi parecer, más lindo. Ya casi no siento las piernas, pero podré caminar por unos minutos más.

El portón del galpón esta entreabierto, temo que haya alguien vigilando, pero confío en mi habilidad para escabullirme y esconderme entre los objetos, así que me adentro en el oscuro lugar. Es una fábrica abandonada. Todavía están las viejas maquinas, totalmente oxidadas, y el techo, bastante agujereado. El ambiente es bastante sombrío, se escucha el sordo ruido de las gotas de lluvia al penetrar por los agujeros del techo, también se escuchan los truenos y el escalofriante ruido que hace el viento. Es el lugar ideal para hacerle una broma pesada a alguien y pegarle tal susto que el pobre se muera de un infarto. No puedo evitar soltar una pequeña risita al pensar en eso, lo cual, desgraciadamente, despierta a unos perros guardianes que se encontraban durmiendo en una esquina del galpón.

Ambos perros se levantan y, al verme, automáticamente abren la boca, dejando ver sus blancos y afilados dientes dentro. Por desgracia, las malas noticias no terminan ahí, mis piernas pierden totalmente el equilibrio y caigo al suelo arrodillado. Eso me estremeció. Dos perros rottweiler contra un hombre totalmente desarmado y casi sin fuerzas. Pienso “este es mi fin” esperando las fatales mordidas que me llevarían directamente a la muerte. Los perros atacan y, para mi sorpresa, lo único que siento en ese momento es el horrible hedor del caliente aliento de los perros respirándome en la cara.

Había cerrado los ojos, para no ver el fin. Los abro, veo, en frente mío están los dos perros, mirando y respirándome en la cara. Una gran cadena los mantuvo atrapados, impidiéndoles avanzar mas. Me alivio. Me había salvado.

Noto algo diferente en la cara de esos feroces perros. Parecen tristes. Lentamente me acerco, con miedo de que reaccionen inesperadamente. No lo hicieron. Me dan confianza. No sé por qué pero, de un momento a otro, pasé de tenerles miedo a sentir compasión.

Los acaricio. “Son mas mansos que una oveja” pienso. Me generaron tanta lástima que, antes que nada, me dispongo a liberarlos. No me costó mucho encontrar donde estaban enganchadas las cadenas y, con un caño que encontré por ahí, empiezo a propinarle unos buenos golpes a la reja. Después de unos minutos, logro romper las cadenas. Los perros, que estaban mirándome fijamente mientras trabajaba, se dirigen hacia mí en un veloz galope que me sorprende. Su expresión cambió drásticamente. Ahora, los dos perros se abalanzaron hacia mí con una felicidad inexplicable. Empezaron a lamerme, expresando su gratitud. Luego me sueltan, y empiezan a juguetear con tanta euforia, que esa escena me conmovió. No pude evitar las lágrimas. Entendí que todo ser vivo, incluso los animales y las mascotas, necesitan gozar de libertad. Esto me hizo casi olvidarme de para qué había venido.

Reacciono. “Pueden volver en cualquier momento” pienso. Tengo que apresurarme.

Inspecciono rápidamente el lugar, encuentro lo que estaba buscando. El auto, lo aparcaron al fondo del depósito. Ingreso en él. Reviso todo. Sonrío. He encontrado pruebas. Ahí estaba todo. El oficial fue tan tonto, que dejó su insignia junto con su arma y su gorro de policía. Puedo hacer investigar esto, y encontraré al culpable.

Salgo del galpón apurado. Miro a mi alrededor y grito: “¡Soy un estúpido!”

Dejé que el remis se fuera, así que ahora no tengo medio de transporte. Sin pensarlo empiezo a caminar bajo la lluvia, la cual todavía no ha terminado.

Lo bueno es que, por más que llueve, hace bastante calor. Así que tranquilo me dirijo a mi casa con las pruebas y, obviamente, los perros. Éstos me siguieron desde que los solté, siempre jugueteando.

Después de caminar durante horas, no se cuantas, llego a mi casa. Subo las escaleras, casi sin fuerzas. Entro a mi departamento, dejo las pruebas arriba de la mesa y me voy a la cama, sin pensar en nada. Los perros se acuestan en los sillones y en la alfombra. No me importa. Estoy destrozado. Lo único que quiero es dormir.

No se durante cuanto dormí. Puede que un día, puede que más. Lo único que sé es que me desperté enfermo, con una gripe horrible que pesqué durante la lluvia.

Escucho el teléfono pero no reacciono. No me levanto. “Que conteste el contestador automático” me desintereso.

Sigo descansando en mi casa, hasta que me curo, no sé cuanto tiempo pasó.

Dejo los perros en mi casa y voy a la estación de policía. Allí, todo se había calmado. Ya nadie le daba importancia a la masacre. Ya habían arrestado e interrogado a los otros dos fugitivos. Obtuvieron las mismas respuestas. Juzgaron y condenaron a los delincuentes a cadena perpetua y, “a otra cosa mariposa”.

Nadie me presta atención. Ni siquiera quieren analizar lo que encontré. Dicen que no tiene sentido, que ya está todo arreglado. Desilusionado, mientras salgo del lugar, un oficial que había sospechado algo parecido a lo mío, accede a investigar la procedencia de estas pistas.

Los resultados son más de lo que esperé. Los objetos no pertenecían a cualquier oficial.

Pertenecieron al jefe de policía. “¡Ah! ¡Por eso era que me evadía!” Hay que arrestarlo.

– El jefe está ocupado – dice el guarda de la oficina.

No nos importa.

Irrumpimos en el despacho, arrestamos al jefe, y lo interrogamos.

– ¡Lo único que quería era que la policía tuviese algo de actividad! Estaba muy aburrido. ¡No había nada para hacer! –

Me sorprendo, justo en eso estaba pensando yo cuando la masacre ocurrió.

– Pero esa no es la forma, podrías haber enviado a los policías junto con usted a hacer servicio comunitario o algo por el estilo. –

– No es lo mismo. Yo quería persecuciones, enigmas, misterios. ¡Y me habría salido con la mía de no ser por usted y sus estúpidos perros! –

Me río. Esa frase me hizo acordar a una serie que veía cuando era niño, y con la cual me interesó el tema de la investigación. “Scooby Doo” era ese programa. “Me habría salido con la mía de no ser por ustedes, y su estúpido perro” me puse melancólico.

– Pero no lo hizo, así que ahora, usted se va a la cárcel, y yo a mi casa a descansar – disfruté al decir eso.

La policía se queda sin jefe. Lo primero que hacen los oficiales es ofrecerme el cargo, el cual acepto con alegría. “¡Al fin! Nunca más lidiaré con esos irrespetuosos alumnos. Ahora si podré empezar a vivir como quiero”.

Feliz y conforme con el resultado me voy a mi casa. Cuando llego a la casa, me reciben los perros con una gran alegría, moviendo la cola.

Shaggy, Scooby, a dormir. A partir de mañana, empezaremos una nueva vida.

JuanFra Varga                  juan_fran_cisco_21@hotmail.com

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