Ironías de la vida (para solucionar conflictos)

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Un cuento escrito desde Argentina por: Yamila Gómez
 

Hace un año empecé la universidad. Estaba muy ansiosa por entrar en ese mundo, que tantas pruebas difíciles entrega para fortalecer el carácter frente a otro mundo mucho más complicado que es el “mundo real”. Uno aprende muchas cosas que sirven para encarar las vicisitudes de la vida con el mayor éxito posible, a pesar de todo, tratando de no caer en el intento. La universidad me ha ayudado mucho en ese sentido; aunque todo tiene un límite.

Elegí la carrera de Letras e Historia al mismo tiempo, pues me atreví a experimentar el rigor de estudiar ambas cosas sin hundirme en la desesperación; y hasta ahora lo logré. No me considero una chica inteligente ni superdotada, simplemente intento esforzarme en la vida y cumplir con mis obligaciones, eso es todo. Pero con el tiempo fui observando la curiosa forma de actuar de varios seres humanos que, a pesar de pertenecer a la misma especie que yo, se comportaban muy diferentes a mí. De todos los casos, uno fue el que más me inquietó y, por lo tanto, el que más me consternó. Lo sufrí en mi primer año de mi hermosa facultad.

Es normal encontrar personas amigables o desagradables, simpáticas o insufribles, inteligentes o idiotas, porque todos somos diferentes, tanto física como mentalmente. Y aunque cualquiera está consciente de eso, a veces es normal notar que esas diferencias pueden generar roces cuando dos personas no se entienden. A todos nos pasa eso; es parte de la naturaleza humana que debemos aprender a la fuerza para no terminar perdiendo la paciencia, aunque cueste tanto.

Valeria era compañera mía en las clases de historia, y me pareció muy simpática cuando la conocí al hacer un trabajo grupal con ella. Ambas nos presentamos y fuimos conociéndonos poco a poco, estrechando relaciones que con el tiempo fueron derivando en una linda amistad. Aprovechábamos los días libres para salir a pasear por el centro mientras mirábamos ropa y tomábamos algo por ahí, hablando de nuestro futuro e intereses en general. Me contó que tenía novio, y que lo había conocido de la forma más extraña: por Internet. Ella era una ferviente seguidora de la tecnología, y siempre se la podía ver con su celular o su computadora portátil, que eran como sus brazos y sus piernas, las cuales no podían estar separadas de su cuerpo. Al principio no me molestó, pues con su vida podía hacer lo que quisiera, pero llegó un punto en que las cosas se salieron de control.

Cuando llegó el momento de contarle acerca de mi vida, además de otras cosas, le dije casi con orgullo que no tenía novio y que no me molestaba no tenerlo pues nunca me había interesado en ello, confesión a la cual mi amiga reaccionó inesperadamente. Me dijo en tono de reproche que eso no podía ser posible debido a mi gran personalidad, y que debía tener un compañero que me hiciera feliz, a lo cual respondí que no me importaba. Le pedí que no se tomara muchas molestias en ese asunto porque comencé a percibir en ella un deseo casi demente de que yo fuera “como el resto de las chicas de mi edad”, y eso simplemente me molestaba.

Pasaron los meses y muchos pretendientes me llegaban sin que yo los aceptara, y sin que yo los buscara. Mi amiga los había buscado entre su extraño repertorio de amigos para encontrar un posible candidato al que yo pudiera dar mi consentimiento, pero al principio no me había dado cuenta de eso. Sin percatarme de nada hablaba con esos muchachos y caía en la cuenta de que eran todos una decepción, frustrándome al pensar que ya no hubiera hombre que valiese la pena en el mundo. Entonces, para desgracia de mi amiga, mi deseo de ser soltera iba aumentando a pasos agigantados a medida que los candidatos seguían llegando; y así llegó un día en que me cansé.

El último de los chicos que tuvo la oportunidad de conocerme fue el blanco de todas mis frustraciones, que descargué al no saber qué estaba pasando en realidad en torno a esa situación. Me contó finalmente que era conocido de Valeria y que ella le había pasado mi número de teléfono para iniciar esa charla, y que, sin quererlo, se había terminado enamorando de mí. De ambas declaraciones, sólo escuché la primera. Grité como una loca y maldije en todos los idiomas a mi amiga por haberle confiado a ese chico la historia de mi vida. Me ensañé con el pobre muchacho, que en realidad no tenía la culpa, pero que en mi inusual ataque de rabia fue el único disponible para recibir mis dardos envenenados. Nunca más lo volví a ver; seguramente pensó que era una neurótica. Es lo normal de la primera impresión: es la única.

Tuve que esperar todo el fin de semana para encarar a mi amiga en la facultad y reprenderla por su mala actitud, cuando di con la noticia de que se había ido de viaje por una semana a Bariloche, y no tuve más opción que esperar paciente y pensar en mis estudios. Aproveché ese breve tiempo para relacionarme mejor con mis otros compañeros y preguntarme acerca de las cosas que no entendía, por lo que ese período me había parecido uno de los mejores, realmente. Uno de mis compañeros de la facultad de Letras terminó siendo muy amigo mío y, por algún motivo que no entendía, y que aún sigo sin entender, le tenía mucha más confianza que a mis otros amigos. Preferí no cometer el mismo error que antes, pues siempre detesté cometer los mismos errores, y no le conté mucho de mi vida, sólo lo necesario para comenzar una relación sin problemas. Él era bastante comprensivo conmigo y se mostraba muy simpático ante mí, a pesar de que muchos pensaban que tenía un carácter muy fuerte y complicado, cosa que me pareció extrañamente agradable. Creí una contrariedad la posibilidad de que pudiera enamorarme de él, pero como esas cosas empiezan siendo un simple capricho, no le di mucha importancia y seguí mirándolo con ojos de amiga.

Un día de esos salimos juntos y fuimos a tomar unos helados, aprovechando el inicio de la primavera. El día estaba muy cálido y la brisa soplaba con monotonía, brindando un ambiente relajador para quien respirara de aquel fresco aire tan florecido. Fue idea suya intercambiar nuestros números de teléfono para aclarar cuestiones académicas y arreglar otras salidas como esa, a lo cual no me opuse y acepté con cierta emoción. Había aprendido a tomarle cariño, pero no quería abusar de ello. Para sorpresa mía, mi mirada se encontró bruscamente con la de mi amiga, Valeria, que estaba sentada frente a nosotros con un chico; seguramente se trataba de su novio. Me miró y sonrió triunfalmente, levantándose del banco donde se encontraba de una forma que me erizó la piel y los nervios. Mi amigo notó la repentina preocupación en mi rostro y le pedí disimuladamente que me llevara a otro lugar antes de que fuera demasiado tarde, pero ya no había forma de irme: ella se puso frente mío y me saludó. Noté su felicidad al llamarme por mi nombre, pero en el fondo noté una expresión con la cual quería decirme “¡te lo dije!”.

Ese día en la universidad me persiguió incesantemente tratando de sonsacarme información acerca de mi amigo, a lo cual me negué olímpicamente pero sin conseguir su rendición. Tenía el asunto metido entre ceja y ceja y me resultó imposible guardar la calma y tenerle paciencia, por lo que le dije con enfado que sólo se trataba de un amigo. No dudó en preguntarme su nombre, jurándome que sólo le bastaba saber eso para sentirse satisfecha; entonces se lo dije, porque estaba harta de ella y, sin pensar en las consecuencias, me aparté de su presencia para hablar con otra compañera.

Al pasar una hora hasta el cambio de materia me había dado cuenta de que me faltaba el celular, y no recordaba dónde lo había dejado. Me preocupé y aproveché los minutos libres para buscarlo y preguntar si alguien lo había visto, cuando escuché a Valeria decir que lo había dejado en su pupitre. Me acerqué a ella y le agradecí, disculpándome además por haberle hablado mal ese día. Se limitó a sonreírme y fui a sentarme, revisando mis mensajes y viendo que todo estaba en orden. Una compañera se acercó a mí y apoyó una mano en mi hombro, hablándome por lo bajo en un tono confidente: “Vale te estuvo usando el celular” No supe qué pensar al respecto.

Al otro día se acercó a mí con una sonrisa pícara, diciéndome que había encontrado el número de teléfono de mi amigo. Abrí bien los ojos y fruncí el ceño, preguntándole de dónde lo había sacado, tratando de mostrarme indiferente. Me dijo que lo había encontrado por Internet, y que pretendía saludarlo después de habérmelo contado, cosa que me pareció una pérdida de tiempo, pues me estaba dando cuenta de que no tenía ningún tipo de escrúpulo en cuanto a mi vida personal. Le dije con cierta ironía que me parecía extraño el hecho de que él mostrara información de ese tipo en la red, pero ella se mostró bastante confiada con su respuesta a pesar de que no decía nada que refutara mi idea. Decidió mandarle un mensaje y contarle de quién se trataba, iniciando así una conversación en la cual yo terminé involucrada.

La miré con impotencia mientras ella sonreía con deleite ante las cadenas de mensajes que le llegaban, comentándome con una naturalidad tan desagradable lo que escribía acerca de mí y lo que recibía acerca de él, que mi cabeza comenzó a saturarse de la rabia. Bajé la cabeza tratando de buscar algo que me calmara o me apartara de aquella vergonzosa situación, pero cada vez me sumía más en ese sentimiento tan sucio que es el odio. En un momento me preguntó si pasaba algo conmigo, con una voz más frustrada que preocupada, cuando no pude contener más mis sentimientos y levanté la vista, clavando mi mirada sobre la suya y con los puños cerrados sobre el pupitre. No sé que habrá sentido ella en aquel momento cuando la miré así, pero pude notar cierto miedo en sus ojos, lo cual me incentivó a descargar mi ira contra ella. Le arrebaté el celular de sus manos con decisión, lo miré con falsa curiosidad y luego lo tiré contra la pared que estaba detrás de ella, haciéndolo pedazos. Mi amiga gritó al escuchar el fatal impacto y giró la cabeza para observar su querida tecnología dispersada por el suelo en incontables fragmentos. Creí propicio el momento para decirle con mi voz más natural y una dulce sonrisa: “ahora estoy mucho mejor.”

Nunca me reprochó por lo que hice ese día, y hasta tuve la suerte de no verla nunca más en la universidad. Desde ese momento todos me felicitaron por haber librado a todo el curso de una pesadilla incontrolable, y tomaron como una hazaña heroica el hecho de romper el celular de la persona que les molestaba. Es más, día por medio podías encontrar al conserje barriendo desechos de celulares de los pasillos y cursos más revoltosos, como si se estuviera deshaciendo de envoltorios de caramelos o chocolates. Por mi parte nada cambió; seguí estudiando tranquilamente, tratando de evitar problemas con las personalidades más indeseables del ser humano.

Uno aprende a lidiar con ese tipo de personas a lo largo de la vida, pero a veces resulta tan difícil que todo lo que sabés no sirve para nada. Cuando pensaba que todos los problemas se arreglaban con las palabras, descubrí que la sana violencia terminó siendo mi último recurso. Ironías de la vida, tal vez.

Yamila Gómez

Ricardo Gómez ricardomardel@yahoo.com.ar

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2 comentarios en “Ironías de la vida (para solucionar conflictos)

  1. El cuento me hizo recordar cierta vez en que el matón y el molestón de mi clase se acercó a mi con el afán de complicarme la existencia y yo, en un movimiento casi automático le dí una especie de manotazo veloz a su carpeta que llevaba bajo el brazo y la carpeta se deslizó por todo el patio de punta a punta a medida que sus hojas se desprendían y quedaban tendidas por el suelo. Pensé que era mi fin, sin embargo, pese a que él era más corpulento y fuerte que yo, se limitó a recoer su carpeta y nunca más me molestó.

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